La voz – Brecha digital

La voz

Tres veces campeón del mundo, símbolo del islam negro y del movimiento contrario a la guerra de Vietnam, Muhammad Alí fue el más político de los boxeadores. Dos de los mejores narradores del periodismo anglosajón, Norman Mailer y Gay Talese, perfilaron su figura. Uno lo muestra en el cenit de su carrera. El otro busca, debajo de los escombros del final, al menos una brasa de aquel fuego.

Muhammad Alí en Zaire / Foto: página oficial Muhammad Alí

Su voz chillona se metía directamente en los tímpanos. Los Estados Unidos de su tiempo no sabían qué hacer con esos sonidos que al desafiar las frecuencias más altas del espectro audible, agudos y claros, desafiaban a un país donde la segregación racial seguía siendo una realidad. La voz de Muhammad Alí no entraba laboriosa, casi gentil, como un taladro que dijera sus verdades al estilo del reverendo Martin Luther King Junior, sino que se clavaba como un aguijón y ahí se quedaba, retumbando en la membrana del oído interno de quienes no querían escucharlo, con la insolencia de su amigo Malcolm X, líder del islam negro estadounidense. Como si aquella célebre ocurrencia de su entrenador no se hubiera referido solamente a la combinación de sus ágiles piernas y sus fuertes brazos. Alí se movía como una mariposa y picaba como una abeja, dice la frase repetida hasta el tedio en estos días de epitafios grandilocuentes. Limitar la metáfora al espacio comprendido entre las cuerdas de un ring es simplificar una personalidad llena de propósitos de grandeza. Alí no aguijoneaba sólo con sus puños.

Cuando murió, el viernes 3, en Arizona, hacía 30 años que aquella voz había prácticamente enmudecido y que su rostro, expresivo y –según el propio Alí– bello, era una anticipada máscara mortuoria que se quedaba petrificada mientras los brazos –esos brazos que le habían permitido llegar cuatro centímetros más allá que otros boxeadores de su talla y mantener alejados a peleadores mil veces más peligrosos que Mike Tyson– se movían sin control por culpa de un agujero en la corteza cerebral.

El boxeador que se transformó en un símbolo del orgullo de los negros estadounidenses en los tiempos combativos de los Panteras Negras y la marcha del millón de hombres era mucho más blanco de lo que la leyenda ha elegido recordar. En especial cuando está deprimido –porque el rey exultante se deprimía con frecuencia– “su pálida piel adquiere el color de un café con agua lechosa y sin crema”.

Así lo encuentra Norman Mailer en la primera página de su libro El combate. Podría ser el mejor trabajo periodístico jamás escrito sobre pugilato, si no lo superara otra obra del propio Mailer, también sobre Alí, pero menos conocida. En la cima del mundo es un conciso y contundente reportaje sobre la derrota de Alí ante Joe Frazier en 1971 donde el escritor combina el vuelo literario con sus conocimientos técnicos sobre boxeo y la psicología de los pesos pesados. Cualquier vidrio tratado con nitrato de plata y amoníaco puede volverse un espejo. Mailer lo sabe y vierte la dosis justa sobre esa pelea hasta que logra que el lector, aun el menos interesado en ese deporte, pueda ver alguna parte de sí mismo reflejada en esos dos boxeadores que luego de algún golpe violento “se levantan de la lona, resistiéndose a la dulce atracción de las vertiginosas catacumbas de la pérdida de la conciencia”.

En El combate Mailer escribe sobre el enfrentamiento de octubre de 1974 contra George Foreman, al que Alí llevó al corazón de las tinieblas para recuperar en África la corona mundial de los pesos pesados que le habían quitado por negarse a ser cómplice de la guerra de Vietnam. Al volverse objetor de conciencia Alí deja atrás los límites de la lucha por la igualdad racial para abrazar bajo su ala casi todo el espectro del 68 estadounidense.

Mailer llevaba tres décadas lidiando con el peso de haber escrito Los desnudos y los muertos, y todavía tenía la resaca de haber ganado el Pulitzer con Los ejércitos de la noche, un libro de no ficción sobre el movimiento pacifista. Su obsesión por ese entonces era cómo abordar lo que consideraba “la esquizofrenia del alma americana”, una dualidad, una coexistencia entre lo peor y lo mejor que, en su opinión, alcanzaba una de sus expresiones más diáfanas en la actitud del resto de Estados Unidos hacia los negros. Amor y odio. En aquel tiempo más odio que amor. Algo de eso había explorado en su ensayo existencialista sobre los inicios del jazz, “The White Negro”, pero sería el boxeo, y en especial su inmersión africana para la pelea de Alí contra Foreman, lo que le daría el marco para explorar explorándose.

LA GLORIA. Si Alí era la voz, Foreman era el silencio. Se aislaba en esa cápsula aunque estuviera en medio de una multitud. Ese era su carisma. Foreman, dice Mailer, “estaba en comunión con una musa”. Y esta musa, al igual que Foreman mismo, “era también profunda; una prima lejana de la belleza: la musa de la violencia en toda su complejidad”.

Aunque Mailer no puede evitar simpatizar con Foreman, es un partidario tan decidido de Alí que llega a hacer equilibrio, borracho, en los balcones sin baranda de su habitación en el séptimo piso del hotel donde está alojado. No es un gesto gratuito. Tiene desde hace años la cábala de ponerse en peligro la noche antes de una pelea, para que los hados ayuden a su preferido. Es el susurro de Mailer al oído de la Fortuna. No vaya a ser que también ella, y no sólo los poderosos de la tierra, se haya irritado con los gritos de aquel Prometeo.

En la guerra psicológica que precede al combate, Alí llama a Foreman el “Blanco”. Foreman, que había agitado una pequeña banderita de Estados Unidos en el ring al ganar su medalla olímpica años atrás y que había advertido, en una entrevista, “a mí que no me hablen mal del sistema estadounidense”. Así que aunque Foreman fuera mucho más negro que Alí, y aunque el entorno de Alí fuera mucho más blanco que el de Foreman, Alí lo llamaba, en público y en privado, el Blanco. Y gritaba delante de los periodistas refiriéndose a un Foreman ausente: “Te voy a dar una patada en el cristiano trasero, maldito blanco agitador de banderas”.

Es que la carrera de Alí desbordaba tensión racial. “Yo voy a ser el Kissinger negro”, decía el boxeador. Y nadie le hacía notar la contradicción entre su prédica y las políticas de Kissinger, porque todos entendían lo que quería decir. Como en un paciente entrenamiento o en un táctico recostarse contra las cuerdas para cansar a su rival antes de salir al furibundo contraataque –de ese modo le ganaría a Foreman en el octavo round en África y recuperaría su cetro–, la dimensión política de Alí, en palabras de Mailer, “estaba tejiendo un enorme saco de arpillera lo suficientemente grande como para cubrir la Tierra. Cuando lo terminara, introduciría al mundo en ese saco y se lo echaría a la espalda”. Alí, a pesar de estar lleno de contradicciones, como cuando apoyó a Ronald Reagan, era la esperanza de los suyos.

Pero entonces llegó el Parkinson y lo puso fuera de combate.

EL DERRUMBE. Veintidós años después de aquella pelea en Zaire, actual República Democrática del Congo, otro maestro del periodismo, el neoyorquino Gay Talese, muestra el ocaso del ex campeón durante una visita a Cuba. Su trabajo aparecerá en 1996 en Esquire (la misma revista que en abril de 1968 había publicado la icónica portada del campeón atravesado por media docena de flechas, como si fuera un nuevo san Sebastián) y luego se recogerá en dos antologías: El silencio del héroe y Retratos y encuentros.

Talese, autor de “Frank Sinatra está resfriado”, uno de los mejores reportajes de todos los tiempos, no era ajeno al boxeo. Ya en 1964 había cometido la audacia de publicar el soliloquio de un boxeador después de perder un combate. No era ficción sino periodismo. Podía hacerlo porque se trataba de un púgil al que había seguido durante toda su carrera y sobre el que escribiría 37 artículos: Floyd Patterson, un boxeador al que Alí había llamado “Tío Tom” por sus declaraciones conciliadoras con los blancos.

Pero Alí en Cuba era un desafío de otro calibre. ¿Cómo meterse en la mente de un ex campeón locuaz que ahora casi no habla? Talese se trasladó a La Habana para acompañar un viaje en el que Alí encabezaba una delegación que llevaba suministros médicos en contra del bloqueo estadounidense. El clímax sería el encuentro de Alí con Fidel Castro.

Talese dialoga en todo el texto con el recuerdo que el lector tiene del campeón, y de ese modo pone al Alí del final a dialogar con el Alí que supo ser. En la memoria colectiva del lector estadounidense está grabado que uno de sus gritos de guerra en el vestuario, antes de cada pelea, era “Vamos a bailar esta noche”. Así que Talese no tiene que recurrir al patetismo para mostrar cómo se ha descascarado el coloso. Cuenta el modo en que se ayuda de otro integrante de su séquito, un obeso guionista, para levantarse del asiento y bajar los escalones de un ómnibus. “Cuando la portezuela del autobús se abre, Greg Howard se mueve hacia adelante desde su asiento y agarra por los brazos y los hombros a Muhammad Alí, que pesa 106 quilos, y lo ayuda a ponerse en pie; y cuando Alí consigue bajar hasta el peldaño de metal, se da la vuelta y se extiende hacia dentro del bus para tomar los brazos y antebrazos del robusto guionista.” Una rutina que repiten varias veces al día durante toda una semana, mientras “a Alí no se le escapa que algunos pasajeros encuentran sumamente divertido este pas de deux. Aunque cansado, una parte del Alí político sigue siendo un comediante que se debe a su público. En otro momento, ante una figura grotesca de madera que ve en un local de artesanías, susurra algo al oído de uno de sus amigos y éste, como si fuera su intérprete, incorpora el espíritu de Alí y grita en una carcajada el nombre de un viejo rival “¡Joe Frazier!”.

Luego viene el encuentro con Fidel. A su modo, dos estridentes silencios. “Alí callado, Castro aislado en su isla”, dice Talese, que resalta el desconcierto de Fidel ante la inmovilidad facial y la falta de palabras del ex boxeador. Entonces Talese sigue al anfitrión, que disimula su incomodidad dejando de mirar a su invitado y hablando con la esposa de Alí. Hablan del clima. Del frío, de la nieve. Todas las palabras que se dicen en los diálogos del artículo son triviales, sólo los silencios que intercambian Alí con Fidel son significativos, y así lo resalta la prosa de Talese. Por ejemplo cuando la narración se deja sorprender, y sorprende al lector, con un gesto de Alí que ha tomado por sorpresa a todos los presentes: un puño que sale, trabajosamente, hacia la mandíbula de Fidel. Los fotógrafos saltan para tomar la foto y el lector salta hacia atrás, hacia la vibrante sucesión de golpes que leyó en el libro de Mailer, hacia la proverbial velocidad de Alí, y agradece que Talese le recuerde que ahí sigue el campeón, sólo que en cámara lenta.

Talese no se sustrae a Fidel. Escribe su admiración con sutileza. Por ejemplo en una frase sobre el calzado del líder cubano: “sus botas de puntera cuadrada, que no tienen raspaduras y brillan suavemente, sin el inmaculado pulimiento de un criado”. ¿Puede pedirse una mejor descripción del deseo de una sociedad sin clases? Así, cuando Talese introduce al campeón amateur de los pesos pesados Teófilo Stevenson y repite el archiconocido tópico del combate que se perdió la historia por no haberlos emparejado nunca en un ring, lo hace con un tono donde se intuye, en la entrelínea, que Talese está lamentándose por lo que se perdió la arena política por no haber emparejado antes a Fidel con Alí.

Pero la solemnidad no dura. Alí, que estando en su apogeo hacía trucos de magia, como nos muestra el libro de Mailer, aquí también, pese al Parkinson, saca un pañuelo rojo de la manga y lo hace desaparecer entre sus dedos. El hecho fascina a Fidel, que pide que le enseñe cómo hacerlo. Al final de la noche lo acompañará al ascensor, y la última imagen que nos dará Talese será un Castro que se queda pensativo mirando el pulgar falso que le ha regalado Alí.

El autor no arriesga poner en palabras lo que piensa Fidel en ese momento. Nos deja la ilusión de que puede ser algo parecido a lo que está pensando el lector. Que el enmudecido campeón no ha dejado de bromear. Que aunque su rostro parezca la carcasa de un cerebro muerto, ahí está esa bengala con la que Alí, náufrago en el más oscuro de los océanos, todavía grita “estoy acá”.

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Identikit

Cassius Marcellus Clay Junior nació en Louisville, Estados Unidos, el 17 de enero de 1942. Fue medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960. Le temía a las tormentas y a los aviones. Casi nunca a los otros boxeadores, salvo a Sonny Liston. Pero se sobrepuso a ese temor y lo derrotó en 1964 volviéndose, con 22 años, campeón mundial de los pesos pesados. Al otro día de esa pelea anunció que se había convertido al islam y que abandonaba su “nombre de esclavo” y asumía el de Muhammad Alí.

En abril de 1966 lo despojaron de su licencia y su título por negarse a ir a la guerra de Vietnam. “El Vietcong nunca me llamó negro”, dijo entonces. Recuperó su corona en 1974, cuando venció a George Foreman, en Zaire. La perdió con Leon Spinks en 1978 y la recuperó ese mismo año frente al mismo boxeador. Se retiró definitivamente en 1981 y tres años después fue diagnosticado con la enfermedad de Parkinson. Se casó cuatro veces y tuvo nueve hijos. Murió el 3 de junio de 2016 en Arizona. n

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El fracaso del gonzo

Mailer no fue la única leyenda del periodismo presente en Zaire. También estuvieron Hunter S Thompson, de la Rolling Stone, y George Plimpton, de Sports Illustrated. Para entonces Thompson ya había pasado un año con la pandilla de motociclistas Los Ángeles del Infierno, ya había publicado la serie de reportajes que serían la base de su libro Miedo y asco en Las Vegas y, sobre todo, ya había escrito “El Derby de Kentucky es decadente y depravado”, un artículo que se acepta como el punto de partida del “periodismo gonzo”, ese subgénero que es al oficio lo que el Lsd a la psicología de la percepción: un sacudón de la coctelera del punto de vista. No en vano se bautiza con la palabra que usaban los irlandeses para nombrar al último borracho que podía mantenerse de pie mientras los demás irlandeses borrachos habían dado con sus huesos en el piso. Tenía, por lo tanto, una leyenda que cuidar. Así que mientras Alí y Foreman se sacaban chispas en el ring, Thompson se quedó haciendo la plancha en la piscina del hotel con un cóctel en cada mano. Ni siquiera su fértil imaginación logró tirarle un salvavidas para que esa cobertura no fuera un fracaso.

La fama que precedía a George Plimpton le exigía mayor sobriedad. A fin de cuentas la cuerda de Plimpton no era la descontrolada soledad gonza de Thompson sino el esforzado entrenamiento para sudar los temas sobre los que reporteaba. En un tiempo en el que parecía que cada quien había inventado su propio subgénero, Plimpton era el demiurgo del “periodismo participativo”. Su celebridad radicaba, por ejemplo, en haberse entrenado con un equipo de fútbol americano o con uno de hockey sobre hielo para saber –y contar– qué es lo que se siente ahí dentro. Así que tuvo la entereza de no ceder a la influencia de su disruptivo compañero de banco y produjo un disfrutable texto sobre el combate –que es también una jugosa bitácora sobre las andanzas de sus colegas en Zaire– que puede leerse en su libro El hombre que estuvo allí. Pero una cosa es medirse con Thompson y otra con Mailer. Plimpton no logra superarlo ni siquiera en su terreno: fue Mailer, y no él, quien corrió sus dos quilómetros a las tres de la madrugada jadeando con Alí en medio de los bosques africanos.

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