Las chicas del bisturí

Las cirujanas.

Gabriela Wagner, cirujana del Hospital Maciel | foto: carlos pazos

Atraviesa los corredores del hospital Maciel con pasos largos, sin terminar de apoyar toda la suela de los championes. Lleva la túnica abierta, el pelo suelto y tiene un poco más de 30 años. Cuando su cara se detiene detrás de un escritorio lleno de papeles asoman rasgos de niña. Su voz es firme, sin embargo.

Gabriela Wagner es la más joven de las cirujanas. Trabaja en una de las clínicas quirúrgicas del hospital, un servicio de la Facultad de Medicina al que en algún momento se le puso el mote de “Clínica rosa”, para diferenciarlo de otros que no contaban con mujeres en el plantel.

“La cirugía es dura. Hay guardias internas, a veces pasás 24 horas seguidas, de una guardia a la otra. Exige estar, si tenés pacientes operados está la posibilidad de que te llamen y tengas que salir corriendo de tu casa a la hora que sea”, relata.

No es sencillo compaginar el trabajo en el block con la vida personal, menos aun si se tienen otros roles que cumplir. En términos bélicos lo enuncia la cirujana, que no se plantea tener hijos hasta establecerse en lo laboral: “La guerra entre la profesión y la maternidad”. “El embarazo –explica– complica bastante las tareas. Nosotros estamos mucho tiempo parados, no se sabe bien cuánto influyen en la gestación los gases anestésicos que circulan en la sala, y tenemos que estar alrededor de rayos X si se hace algún estudio durante la cirugía. Muchas veces tenemos cargos que no son fijos. Si sos funcionario suplente, el sueldo que cobrás en la licencia maternal depende de cuántas horas trabajaste los últimos meses, cuando se supone que no deberías hacer tantas guardias con un embarazo avanzado. Después de tener un hijo, justamente los médicos, que debemos promover los primeros seis meses de lactancia exclusiva, no podemos demorar mucho en volver a trabajar, porque cuando estás un tiempo sin cubrir los puestos te empiezan a dejar al final de la lista.”

En este país sólo 18 por ciento1 de los cirujanos generales son mujeres. Según Wagner, que se propuso investigar junto a otro profesor la situación de sus colegas femeninas –sobre eso versan algunos papeles que reposan en el escritorio–, la proporción es parecida en otros pedazos del mundo. La ausencia de docentes mujeres con grados 5 y 4 y la escasez de grados 3 en cirugía, problemas inexistentes en la plantilla masculina, es otra de las grie­tas que señala la doctora.

“¿Y el cirujano?”, preguntan a menudo los pacientes a la médica que los visita en el Hospital de Clínicas, sin sospechar que están frente a quien esperan. Algo similar le ocurre a una estudiante en la residencia de cirugía pediátrica en el Hospital Pereira Rossell: “Cuando tratás una cirugía y estás con un compañero, las madres de los niños le hablan al hombre”. Aunque en Uruguay la primera cirujana de adultos obtuvo su título en la década del 50, las mujeres dedicadas a esta especialidad continúan siendo confundidas con enfermeras, médicas generales o pediatras.

Todo parece indicar que las mujeres continuarán abriéndose paso en el block, como han venido haciéndolo cada vez con más frecuencia en los últimos años. El asunto es qué sucede con ellas una vez que optan por su vocación.

LARGA BATALLA. Otra mujer camina sobre el piso de ajedrez del Maciel. La doctora se dirige hacia su oficina en busca de un refugio para la conversación, interrumpida por el teléfono y otros funcionarios que colocan en sus manos hojas ávidas de rúbricas y sellos. Tiene 49 años y una casaca verdosa con su nombre estampado: Laura Mouro. Es jefa de urología del hospital y la primera mujer en obtener un título en esa especialidad quirúrgica, ejercida por sólo 12 mujeres de un total de 99 médicos.2

—Se ha avanzado en el ingreso de las mujeres a la cirugía, pero todavía se sigue batallando en lo que es el trabajo. A las mujeres les cuesta más llegar a las jefaturas, a los grados docentes de la Universidad, les cuesta más en general. Que se cuenten con los dedos de la mano las que están en cargos altos demuestra que no tienen las mismas oportunidades reales que los varones –dice.

—¿Los propios colegas hacen más difícil las cosas a las mujeres? –pregunta la periodista.

—Ellos te van a decir que no, pero sí, si no, no tengo una explicación. Hay mujeres que entran en los primeros cargos de residencia, que son estudiantes brillantes y después no pueden seguir.

La uróloga sostiene que las mujeres que quieren ascender en la carrera deben dar una pelea adicional, y asegura que es imprescindible tener carácter para enfrentar ese “batallar continuo”. “En este ambiente –señala– hay como una cuota de agresividad que hay que tener, y las mujeres a veces somos más negociadoras, menos agresivas. Si tenés una personalidad muy firme pero a la vez conciliadora andás bárbaro, pero si sos de las que siempre conciliás para no tener conflictos, no prosperás mucho.”

“Los varones se están cuidando más porque hay cosas sancionables desde el punto de vista legal. En la época que yo hice medicina, si alguien me hacía acoso no tenía cómo reclamar”, afirma la doctora, recordando comentarios que le han dedicado sus compañeros. “Encima de mujer, sos zurda” y “ya viniste a romper el chiquero”, fueron sólo algunos.

Mouro asevera que aún queda camino por transitar: “Que haya más mujeres en la cirugía fuerza determinados cambios, pero todavía no somos el número suficiente”.

PUNTO MACHO. “El ambiente de la cirugía es un poco machista. Nosotras somos tres mujeres en un servicio de más de 20 hombres, no es que una esté incómoda, pero escuchás chistes y comentarios como si fueran sólo hombres… Ellos tienen relación afuera, juegan al fútbol, hay un vínculo que no tienen con las mujeres del equipo. Para trabajar está bien, pero es raro que tengas un amigo”, dice la residente del Pereira Rossell.

“Hay una tendencia al chiste, a la broma con doble sentido. Yo creo que una bloquea mucha cosa. Hay días que dejás pasar los comentarios o te reís, pero hay otros que los mirás con mala cara”, señala Wagner. Al igual que la uróloga, reconoce que les va mejor a aquellas mujeres que pueden imponer su personalidad.

La joven médica menciona un estudio3 realizado por investigadores estadounidenses que recoge los testimonios de 80 cirujanas sobre sus experiencias en el block. En él se distinguen tres estereotipos femeninos a los que deben amoldarse las mujeres para sobrevivir en la profesión: “o te volvés uno de lo hombres –explica ella–; o sos la cara bonita, es decir, la mujer en tanto objeto sexual; o te convertís en una supermujer que puede cumplir con todo en su trabajo y su casa”. “La gran mayoría de las mujeres han optado por ser un hombre más, renunciando a un montón de cosas de la vida que no las pueden hacer a la par de sus colegas, como formar una familia”, apunta.

“Un comentario muy clásico en la cirugía, cuando estás haciendo algún tipo de sutura, es: ‘Da un punto como un hombre’, te dicen, ‘un punto macho’. Una está acostumbrada, no conceptualiza el comentario como machista, porque si te ponés en esa podés estar todo el día enojada. Eso tiene que ver con volverte uno de los hombres, es tal cual, a veces”.

En el block hace frío. Es un lugar ajeno, donde los queridos están lejos y un montón de gente desconocida da vueltas alrededor del paciente desnudo, apenas cubierto por una casaca fina. La suerte del humano, temeroso y vulnerable, está en manos de otros. Enfermeros, circulantes, instrumentistas, anestesistas, y la única cara familiar: la del cirujano. O cirujana. Wagner rebate la idea de que su especialidad implique un vínculo frágil con el paciente, pues existe un trato previo a la operación, y en ocasiones comunicación con los familiares.

“Aunque tenga el noble objetivo de curar –dice–, la cirugía conceptualmente es una agresión. En sus inicios se pensaba que implicaba cierta dosis de frialdad, incluso de fuerza. Eso tiene que ver con que antes no había una anestesia como la actual, que inmoviliza totalmente al paciente. Se creía que las mujeres no iban a ser buenas porque se las asociaba con la delicadeza, con el instinto maternal, con una sensibilidad distinta al hombre rudo. Con el tiempo se reconoció que esas características de acompañar, de estar, que se relacionan con las mujeres pero que también pueden tener los hombres, los pacientes las valoran muchísimo. La mujer le introdujo humanidad a la cirugía.”

  1. Datos del Ministerio de Salud.
  2. Ídem.
  3. P Longo y C Straehley, “Engendered Surgery. Women Surgeons Reveal their Experiences”, en Against the Current, 2006.

 

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