Las dificultades de escribir sobre los que escriben

Al igual que ocurre con la escritura autobiográfica, también para la biografía campea la sospecha de que ha sido un género refractario a la tradición hispanoamericana.

Saul Bellow

Pero mientras el mero mirar con otros ojos resultó en el descubrimiento de muchos libros cargados de subjetividad y memoria personal que habían sido leídos como “otra cosa”, con las biografías parece no alcanzar un cambio en la mirada para crear el objeto. “Un hombre –escribió Borges en El hacedor– se impone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, [etcétera]. Poco antes de morir descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.” Esa inevitabilidad, que se debe seguramente a un rasgo universal humano, no se alcanza cuando se trata de trazar la vida de otro; para eso se necesita una tradición. No es raro, entonces, que tanto el biógrafo de Borges (Edwin Williamson) como el de García Lorca (Ian Gibson) lleven apellidos anglosajones.

Aunque parezca paradójico, el interés y la tangible vitalidad de las llamadas “escrituras del yo” han derivado en un reclamo por las buenas biografías. En el tercer congreso dedicado al giro subjetivo en Rosario, en 2014, Alberto Giordano, reconocido especialista, confesó su gusto por las buenas biografías y lamentó su ausencia en el ámbito hispanoamericano. Sin ir más lejos, no existe aún un buen relato de la vida de Julio Cortázar. En ese contexto, la revista mexicana Letras Libres dedica un dossier a “El arte de la biografía” en su número de febrero de 2015. En la introducción dice que fue en la segunda mitad del siglo XX cuando “se acentuó el predominio anglosajón” en el género biográfico. Meses antes, en la misma revista, Christopher Domínguez Michael reflexionaba sobre esta socorrida escasez hispanoamericana y argumentaba que “si no tenemos tradición en biografías es porque no tuvimos Reforma sino Contrarreforma y nuestra Ilustración fue mostrenca. Sin libre examen no hay autobiografía, y en el confesionario y en los salones, sin prensa libre en actividad permanente, se quedaron los secretos y los chismes que habrían ido a dar a las biografías”. En otro artículo del dossier Bernat Hernández reflexiona sobre los desafíos que vivió al escribir una biografía sobre Fray Bartolomé de las Casas. La lejanía del personaje consigue hacer más tangibles los problemas del género.

De las Casas tuvo biógrafos aun antes de morir y fue, a lo largo de los siglos, objeto de hagiografías, leyenda negra y revisionismos varios. El cura dominico fue extraordinariamente longevo y encarnó sucesivas conversiones: “de soldado a señor de indios, de clérigo de conquista a fraile predicador, de dominico a obispo de Chiapas, con una renuncia final al episcopado para sumirse en la labor del activismo jurídico de defensa a ultranza de los nativos americanos y de denuncia política del dominio de Indias”. Sin embargo, su actual biógrafo cree que el desafío más complicado está en la paradójica necesidad de “desprenderse del peso de su autobiografía”. De las Casas escribió no sólo para rememorar su vida sino que construyó su destino escribiendo: “su pluma fue un instrumento imprescindible para el éxito de sus iniciativas religiosas y políticas, tenaces en el ámbito cortesano y en los territorios americanos. Sus implicaciones personales son inextricables de ese legado escrito”. La escritura le sirvió de justificación y defensa ante sus contemporáneos y ante la posteridad, pero también frente a sí mismo. Eso que tan bien se ve en su caso resulta ser el de todo escritor, y evidencia con claridad meridiana los problemas de las biografías de escritores. Napoleón o Magallanes, para mentar a quienes han merecido biografías memorables, son biografiados más sencillos que cualquier escritor discreto. Las biografías de escritores están llenas de imposibilidades. No sólo resultan personajes demasiado quietos sino que, aun cuando no hayan dejado memorias, lo que han escrito resiste indócil el relato de otro. Sin embargo, siguen siendo las más solicitadas. En el mundo anglosajón proliferan. Con flagrante ironía Christopher Domínguez declaraba tener tres de las cinco dedicadas a Evelyn Waugh, un escritor que considera “de nivel medio” (¿y por qué juntar biografías de un escritor mediano?). Además, el relato de la vida de un escritor afecta su obra, puede reivindicarla o hundirla. Esos efectos colaterales impulsan a agentes y editores a propiciar las biografías, y hasta a subvencionarlas.
Es el caso inminente de una dedicada a Saul Bellow. The Life of Saul Bellow: To Fame and Fortune, de Zachary Leader, se anuncia para conmemorar los diez años de su muerte y el centenario de su nacimiento. Un largo artículo en Vulture asegura que la nueva biografía ha sido orquestada por el superagente Andrew Wylie y fue diseñada para refutar una anterior de James

Atlas publicada en el año 2000, cuando Bellow todavía estaba vivo y que presentaba al premio Nobel como un racista y misógino irredento; una versión que, se interpreta, hizo caer sus acciones de escritor. Las biografías entonces como guerra de memorias. Suele atribuirse a Lytton Strachey, biógrafo eminente e integrante del círculo de Bloomsbury, la idea de que “la discreción no es la parte mejor de la biografía”. La frase aplica al caso Bellow, a las indiscreciones de sus cinco esposas y a sus comentarios reaccionarios. Lee Siegel recuerda el revuelo protagonizado por Ibsen, con quien comparte su capacidad de conmover al público.

Lo interesante es que como consecuencia de estas dramáticas batallas la biografía está mutando. El biógrafo ya no aspira a la ecuanimidad objetiva, ni desaparece. Al contrario, puede compartir con los lectores sus dudas y sus decepciones respecto del escritor estudiado, como hace el propio Siegel, que tampoco escatima detalles íntimos de su propia vida en aras de explicar mejor los efectos de la literatura de Bellow. Hoy resulta lícito contar el vía crucis de los esfuerzos realizados para acceder a fuentes y datos y compartir los maltratos de los deudos, como hizo memorablemente Janet Malcolm en La mujer silenciosa, el inclasificable y valioso “libro” que dedicó a Sylvia Plath y Ted Hughes. Los límites se han vuelto fluidos, y aunque es probable que Bellow condenase estos cambios como otro síntoma de moderna decadencia, la última novela que escribió, Ravelstein, ficcionalizaba no sólo a su conservador amigo Allan Bloom, sino, y muy centralmente, al pedido de éste de que escribiese su biografía. Y como en literatura el fin justifica los medios, hay que decir que todo resultó en una excelente novela del final.

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