Con Viviana Núñez, del Sindicato Único del Transporte de Carga y Ramas Afines

«Las discusiones de género tienen que estar sobre la mesa»

Sindicalista y feminista, Viviana Núñez es parte de la dirección nacional del sindicato de camioneros Sutcra, que incluye las ramas de la logística, la carga y la descarga del transporte nacional e internacional. La dirigente conversó con Brecha sobre las dificultades que enfrenta el sector debido a la pandemia y a las negociaciones con las patronales, que, desde que asumió este gobierno, se han vuelto cada vez más difíciles.

Mauricio Zina

—¿Cómo es ser una dirigente sindical mujer?

—Tiene una dinámica especial. Cuando llegué al Sutcra [Sindicato Único del Transporte de Carga y Ramas Afines], ya venía organizada: pertenezco al movimiento sindical desde los 18 años. Pero esta es mi primera experiencia como dirigente. Y, bueno, es un sindicato de camioneros, imaginate [risas].

—¿Cuántas mujeres son?

—Donde más organización tenemos es en la logística, la rama a la que yo pertenezco. Trabajamos en un depósito grandote, en el que se brindan servicios a terceros, a la gente que guarda mercadería y tiene que transportarla. Resolvemos la distribución, los pedidos, todo eso. Ahí podemos llegar a hablar de unas 300 compañeras.

—¿Las mujeres no manejan los camiones?

—No, aunque muchas manejan los autoelevadores, la maquinaria que está dentro del depósito. En los camiones son todos varones. Hay mujeres en el transporte, pero se nos ha dificultado bastante poder organizarlas. El sindicato está trabajando para traerlas. Llegó a haber un grupo llamado Camioneras Organizadas, pero, por diferentes circunstancias, se fueron yendo. El trabajo del transporte es muy individual, muy solitario. El trabajador se sube a su camión y ahí son él, su camión y muchas horas o días de viaje. Para una mujer que tiene familia, que tiene una responsabilidad en la casa –que, en la mayoría de los casos, es mucho mayor que la de un varón–, es realmente muy difícil. Cuando los compañeros se suben al camión, tienen a su esposa en la casa y lo que tiene que ver con el entorno familiar está medianamente controlado. No digo que no se hagan cargo, pero, en general, esa tarea recae en sus compañeras.

—Los cuidados los hacemos nosotras.

—Claro. Igual, en el sindicato estamos trabajando con respecto a eso. Empezamos por una concientización muy fuerte de que los cuidados tienen que ser compartidos. Porque los discursos son muy lindos, pero hay que llevarlos a la acción.

—¿Trabajan con perspectiva de género?

—Totalmente. No puedo pensar en dirigir un sindicato de varones sin perspectiva de género, porque es mi ciencia: yo también soy mujer. Se puede reivindicar mucho la lucha de la mujer dentro o fuera del gremio, pero lo que importa es involucrar a los compañeros, motivarlos para que asuman un compromiso real a la hora de apoyar nuestras reivindicaciones. La verdad es que creí que iba a ser mucho más complicado, pero tengo que reconocer que muchos acompañan nuestra lucha.

—¿Cómo afectó la pandemia al sector?

—El transporte y la logística son sectores en los que no se paró la movilidad. Pero a las mujeres la pandemia nos afectó mucho, nos golpeó. Un día nos despertamos y no teníamos con quién dejar a los gurises: teníamos que faltar al trabajo y no sabíamos qué hacer. En los lugares en los que tenemos organizaciones fuertes se buscaron soluciones, pero también hay patronales reaccionarias, que dicen: «No es mi problema. Yo te pago para que vengas a trabajar, no me importa dónde dejás a los niños». Eso lo revertimos con organización, con diálogo. Fue un momento muy complejo. Muchas compañeras iban al seguro de paro, jefas de hogar que tienen toda esa mochila al hombro: el trabajo y los cuidados. Además, hay muchas cuyo trabajo es el único sostén de sus casas. En esta sociedad machista, patriarcal, nuestros derechos están vulnerados. No digo que los de los compañeros no lo estén: los de ellos también lo están. Pero para nosotras fue terrible. Además –no puedo ser imparcial–, tenemos un gobierno que vino a recortar los derechos, sobre todo los de las mujeres y las infancias.

—¿A qué derechos te referís?

—El tema de la LUC [Ley de Urgente Consideración] es muy amplio. Nosotros vamos por derogar 135 artículos. Y una de las cosas que más nos preocupan son los cuidados. Tenemos un Poder Ejecutivo que, cuando estamos negociando en un consejo de salarios, nos dice: «Si vamos a decreto, caerá todo el convenio y van a perder los días de corresponsabilidad». En el convenio anterior aprovecharon la pandemia para decretar todo. Entonces nosotros, como Sutcra, dijimos que no firmábamos, porque no nos daban nada. De hecho, tuvimos un 4 por ciento de pérdida del salario.

—¿Qué son los días de corresponsabilidad?

—Son dos días libres pagados por la empresa que te sirven para llevar a tu hijo al médico, ir a la fiestita de la escuela, ir a una reunión porque la maestra te llama, resolver cosas que, si no, tenés que resolver igual, pero sin cobrar el jornal. Son solo dos días: no es nada para todos los problemas que tenemos con los gurises. Soy mamá: tengo clarísimo lo que significa nuestro rol. Pero habíamos logrado esos dos días, que sabemos que no son mucho –hay que seguir peleando por más–, pero que, para empezar, son muy importantes.

—¿Y qué pasó con esos dos días?

—Siguen insertos en el convenio. Pero hoy por hoy estamos negociando en un nuevo consejo de salarios, y el Poder Ejecutivo y las patronales nos amenazan diciendo que si no llegamos a un acuerdo con el resto de las negociaciones, esos dos días van a caer. Y para nosotros, para nosotras, es fundamental que esos dos días no caigan.

—¿Cuánto afectó la pandemia la dinámica de la organización sindical?

—Somos un sindicato fuerte, tenemos un potencial enorme, y eso lo tenemos muy presente. La articulación que venimos construyendo con el resto de los gremios, con la central misma, es muy sólida, y la pandemia nos hermanó un poco más. Todos los gremios tuvieron dificultades, pero estuvimos juntos. Es muy importante la unidad del movimiento sindical.

—Y la sensibilidad con respecto a la desigualdad de género, ¿está cambiando?

—Somos muchas las compañeras que estamos trabajando para que eso suceda. Todas las que estamos en el movimiento sindical, que somos feministas, discutimos día a día el tema de los cuidados y cómo podemos hacer para avanzar. Hemos tenido que sostener mucho. Yo no solo soy dirigente del Sutcra: también tengo como responsabilidad el zonal Aguada del PIT-CNT. Nos rodean muchas pensiones y hay muchos inmigrantes, sobre todo mujeres. Tuvimos que pensar cómo fortalecer las ollas populares, para que la gente no se fuera a la cama o a dormir en la calle sin un vaso de leche caliente y un pedazo de torta. Gracias a la solidaridad de muchos sindicatos pudimos armar un merendero y vimos cómo iba creciendo hasta explotar, porque llegaron a venir 300 personas. Tuvimos la ayuda de los vecinos del barrio; eso también hay que decirlo. Ese merendero lo sostenemos hasta el día de hoy.

—¿Qué dejó a la vista la pandemia con respecto a las personas en situación de vulnerabilidad?

—Fue muy cruel. Desnudó cosas que no podíamos ni imaginar: desnudó a un gobierno que no defiende la democracia, que aplicó una ley de urgente consideración sin darle al pueblo la posibilidad de discutirla o procesarla: desnudó que la gente pasa hambre, que no tiene donde dormir; desnudó la violencia intrafamiliar, que se incrementó de forma impresionante. Había mujeres que sufrían violencia, pero iban a trabajar y ese era su momento para, de alguna manera, zafar del aire violento y contaminado de sus casas. Pero, de pronto, no podían salir. Fue muy duro.

—En el sindicato, ¿discuten esto entre mujeres o en espacios mixtos?

—Sin los compañeros no hay revolución posible. Hay una comisión de género en el sindicato y las mujeres nos reunimos mucho, pero la realidad en la que nosotras queremos vivir también implica involucrar a los compañeros en las discusiones. Pueden entenderlas o no –ese es otro tema–, pero siempre tienen que estar sobre la mesa. En el período anterior, la única mujer en la dirección del sindicato era yo, pero en este ya hay otra compañera. Eso habla de una evolución. Para algunos puede ser poca, pero para nosotras es importante. Yo no llegué sola al sindicato: cuando llegué, había compañeras. Eran poquitas, pero patearon las puertas e hicieron el trabajo necesario para que hoy nosotras estemos en este lugar. Nos falta mucho, sí, pero a todo el movimiento sindical le falta mucho. Vamos rumbo a ganar más espacio, pero sin avasallar, porque, cuando ellos sienten que los avasallamos, se ponen nerviosos [risas].

—¿Cómo ves el escenario del futuro si no se logra derogar la ley?

—Será un tiempo de retrocesos en todos los derechos. Retrocesos que, en realidad, ya están sucediendo. Hoy tenemos una patronal que plantea desregularizar el transporte, lo que implica que los compañeros que se suben a un camión tienen que estar muchas más horas ahí arriba, sin controles, sin ninguna garantía. La logística funciona un poco más como una fábrica: estamos todas juntas y hay otra dinámica. Las y los dirigentes, además de trabajar, nos hacemos el tiempo de ir a hablar con las trabajadoras todos los días. Pero para quienes se suben a los camiones está muy difícil. De todas maneras, somos un sindicato único y vamos a unirnos para detener esa quita de derechos.

—Cuando hablás de desregularización, ¿te referís a la jornada laboral?

—Sí, pero no solamente. Están planteando un pago alternativo que se aplicaría por ahorro de combustible. Es una locura, porque no tiene en cuenta la diferencia de distancias –por ejemplo, no es lo mismo ir a Rivera que a Colonia–, lo que supone un desfasaje entre el salario y las horas de manejo. Tenemos un índice de siniestros elevado. No tener en cuenta las horas que pasan los compañeros arriba de los camiones es muy peligroso.

—¿Cuántas horas están trabajando por día?

—Tenemos una diversidad enorme. Hay quienes trabajan ocho, hay quienes trabajan 16. Es un disparate, porque manejar un camión es mucha responsabilidad. Es muy grande la fatiga que produce y afecta mucho el estado de salud. A la hora de discutir hay que tener en cuenta todas esas cosas, porque no hablamos solo de salario, sino también de condiciones laborales. No es el ahorro de combustible lo que importa: son las horas de descanso, para poder comer, para poder parar.

—Es luchar por la calidad de vida.

—Exactamente. Los compañeros se van horas, días; dejan a la familia; ven a sus hijos dos horas. Por otro lado, si, en lugar de tener viajes regulares, estás a la orden y te asignan viajes siempre y cuando a la empresa se le antoje, tu salario es mucho menor. Y tenemos un mínimo de masa salarial que no alcanza para mantenernos. Además, a quienes estamos sindicalizados las empresas nos provocan todo el tiempo. Las y los compañeros dicen: «Aquel no está organizado y mirá todo lo que gana, todos los viajes que hace». Las patronales del transporte suelen ser muy reaccionarias, y mucho más en el interior del país.

—¿Hay más persecución sindical desde que asumió este gobierno?

—Están con viento en la camiseta. Es lo mismo de siempre, pero más pronunciado. El miedo a perder el trabajo se ha incrementado: nos echan compañeros. Para revertir eso, tenemos que contar con organización y lucha. La gente dice: «Ah, ahí los locos del Sutcra ya trancaron otra vez». Y sí, es lo que hacemos, porque es nuestra herramienta. No podemos claudicar frente a la LUC. En el Sutcra a los compañeros que recién empiezan les hacemos un seguimiento, un acompañamiento. No les mentimos. Cuando vienen, les decimos: «Mirá, a partir de ahora no la vas a tener fácil. Te van a sacar el camión, te van a dejar a la orden». Si una chiquilina de logística se sindicaliza, deja de tener café, pierde beneficios básicos. Es así. Y, encima, ahora los empresarios están en el gobierno: nos coparon. Pero nosotras y nosotros estamos juntos y vamos a seguir luchando, porque es nuestra responsabilidad.

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