Las minas de Pinochet

Entre 1974 y 1975 la dictadura chilena compró a Estados Unidos y Bélgica unas 123 mil minas antipersonas para proteger su frontera norte. Han explotado bajo humanos 177 veces, y 29 de estas detonaciones fueron fatales: la mayoría de las víctimas han sido inmigrantes indocumentados que intentaban probar suerte en Chile.

Los libros de historia de Chile están plagados de conflictos bélicos y políticos con sus vecinos limítrofes: Argentina, Perú y Bolivia. El dictador Augusto Pinochet se encontró, en la segunda mitad de 1970, con varios frentes de conflicto. Su intención era perpetuarse en el poder, controlar a todo movimiento que intentara impedírselo y finalmente neutralizar los reiterados intentos de sus vecinos por recuperar territorios perdidos a manos de Chile.

Cuando se dio el golpe de Estado en 1973, Chile y Argentina se acercaban a la guerra por un puñado de islas en el canal Beagle. Pinochet creía que Argentina podría invadir en cualquier momento y a la vez temía que Perú y Bolivia pudieran tomar ventaja del caos y seguir el ejemplo. Fue por estas razones, y para evitar que se le abrieran dos frentes simultáneos, que entre 1974 y 1975 la dictadura chilena compró a Estados Unidos y Bélgica unas 123 mil minas antipersonas para proteger su frontera norte. La “amenaza” le sirvió a Pinochet para unir a los chilenos alrededor de su gobierno, con la excusa de que su territorio estaba siendo amenazado.

Arica es la última ciudad chilena antes de la frontera con Perú. Del otro lado está Tacna. Un paisaje desierto y desolador reina en los 40 quilómetros que hay entre las dos ciudades. En el medio de ese desierto árido se encuentran aún hoy aproximadamente 30 mil minas activas. Cada año alguna detonación se lleva las patas de alguna vaca o de una llama desafortunada. Según los datos oficiales, han explotado bajo humanos 177 veces, y 29 de estas detonaciones fueron fatales. La mayoría de las víctimas han sido inmigrantes indocumentados que intentaban probar suerte en Chile y cuyo destino fue el menos esperado.

El 5 de setiembre de 2016 dos ciudadanos peruanos intentaron cruzar la frontera, pero el saldo para uno de ellos fue una pierna mutilada. En febrero de ese mismo año un joven peruano de 27 años sufrió el accidente del lado chileno, pero quienes lo acompañaban lo arrastraron a territorio peruano y le hicieron un torniquete en la pierna destrozada. No obstante, por la gravedad de la lesión, murió desangrado. La lista de accidentes continúa y es moneda corriente en las noticias de los periódicos de las dos ciudades fronterizas.

La búsqueda y desactivación de las minas es una tarea que tiene muy preocupado al gobierno chileno; la tarea se viene realizando desde 2002, pero se estima que en la frontera norteña se han retirado sólo 84.523 minas de un total de 113.122 sembradas. En los últimos años las tareas se han complicado aun más debido al desborde del río Lluta, que arrastró minas antipersonales desde la Quebrada de Escritos hasta la ruta 5. Muchas de estas minas cruzaron la frontera hacia Perú –debiendo este país desplegar equipos de detonación– y en algunos casos hasta el océano. En 2012 la playa Las Machas, en Arica, debió ser clausurada y rastrillada por equipos antiexplosivos luego de que entre sus arenas se encontraran 30 minas.

En 2001 Chile ratificó el tratado de Ottawa, aceptando desenterrar y destruir todas sus minas antipersonales para el año 2012. Luego de que las tareas se complicaran por las inclemencias climáticas, Chile solicitó una extensión hasta el año 2020, que fue aprobada. Lo curioso es que muchos de los soldados que diseminaron estas minas son los mismos que hoy lideran los equipos de desactivación, en lo que se considera una batalla contra las minas de Pinochet.

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