Las nieves de antaño – Brecha digital
Restauración de La Galatea

Las nieves de antaño

Que el tiempo todo lo devora es un tópico literario. Allí lo tenemos, por ejemplo, en «Ballade des dames du temps jadis», del abate Villón o en el soneto «Miré los muros de la patria mía», de Quevedo. Pero a veces –solo a veces– las cosas recuperan su antiguo esplendor. En el ámbito del centenario de Amanda Berenguer y José Pedro Díaz, la Biblioteca Nacional se propuso restaurar la antigua minerva con la que se imprimieron algunas de las obras de la pareja, pero también otros libros, por ejemplo, el primero de Ida Vitale.

Restauración de La Galatea, en la Biblioteca Nacional Biblioteca Nacional, Damián Castro

Cuando Amanda y José Pedro vivían todavía en la calle María Espínola, solían hablar de La Galatea como algo vivo y presente, aunque estuviera detenida en el taller del fondo, con los rodillos rotos y resecos e hiciera décadas que no se usara. La Galatea era parte de lo que había sido esa casa, de lo que todavía era: el lugar donde se reunía buena parte de la generación del 45 a hablar de literatura, a leerse y criticarse duramente, a contarse sus proyectos y planes. José Pedro se había enamorado temprano del oficio de imprentero, como lo demuestran las menciones que le dedica en su «Autobiografía».1 Es en ese breve texto donde Díaz relata el punto de inflexión que fue para él asistir a las tertulias en las casas de Gil Salguero, Castellanos Balparda y Juan Cunha. «Un día de semana, creo que el miércoles, un grupo de amigos nos reunimos desde entonces en casa de Juan Cunha. En realidad, no en su “casa”, sino, más modestamente, en la pieza que alquilaba a una familia en una casa de la calle Eduardo Acevedo, a una cuadra, o apenas algo más, de la rambla. Allí conocí también, creo que ese mismo año, a Onetti. […] El dueño de casa y el maestro Canel habían decidido dedicarse a una actividad industrial, la única que desde siempre tentó a los escritores, desde Balzac hasta Altolaguirre o Guy Lévis Mano: la imprenta. El nombre de la imprenta fue SIGNO, y en ella se imprimieron textos de varios de los que integrábamos aquel grupo: de C. A. Garibaldi, de Beltrán Martínez, cuyo libro Despedida de las nieblas salió con aquel sello, de mí mismo y sobre todo de Onetti, de quien sus amigos imprimieron aquella primera edición de El Pozo, de la que dijo más tarde Espínola que era “espantosa”, pero que yo veía estupenda.»

Es allí donde nace el sueño de tener la suya, de dedicarse al profesorado, casarse con Amanda, escribir e imprimir: «Mientras tanto, sería hermoso aprender a imprimir. Cunha tiene su imprenta en un depósito y se dispone a venderla: me permite adiestrarme en ella. Durante la noche compongo a mano y aprendo a manejarme con las cajas y el componedor: aprendo a imprimir con su pequeña minerva. Está claro: en cuanto nos casemos, compraremos una minerva y haremos nuestros libros. Nos casamos en 1944 y la “Hoja inaugural” de La Galatea –nuestra imprenta, una minerva centenaria– lleva también la fecha de 1944».

DIOSA DE LA SABIDURÍA Y LAS ARTES

La «minerva centenaria», que pacientemente esperaba en el viejo taller de Punta Gorda, empezó su camino hacia un nuevo esplendor gracias a la feria de editoriales independientes que se llevó adelante el año pasado en el Museo Zorrilla, organizada por el Instituto de Letras del Ministerio de Educación y Cultura. En ella participó Gabriel Pasarisa, del taller Caja Baja, para hacer una reconstrucción de cómo era imprimir en la editorial La Galatea. «Como ellos sabían que yo tenía un taller montado con herramientas de época, prensas y tipos, armé una instalación e hice una réplica de un poema de Amanda, del libro Composición de lugar, todo con tipografía móvil. La idea era que la gente viera cómo imprimían, que pasara por ahí, entintara y se llevara el poema. Allí supe que La Galatea estaba en la BNU [Biblioteca Nacional de Uruguay]. Fui a visitarla y me volví con las ganas de verla funcionando. Resultó no ser una idea tan loca: conocí al director, Valentín Trujillo, le dije que la máquina estaba bastante bien para tener 120 años y vimos las posibilidades de concretar el proyecto.»

Pasarisa hace años que se dedica a recuperar herramientas gráficas antiguas. La primera fue una de 1886; la última, una «sacapruebas» de 1929. «La minerva fue un estilo de impresoras que vino después del modelo Gutenberg. Era más fácil de manejar para el operario y más rápida, con más capacidad de impresión. Son máquinas que tienen un pedal, como si fuera una máquina de coser, y un volante grande, como una rueda de carro, que genera la inercia del movimiento. La prensa lo que hace es abrir y cerrar entre dos platinas, una que lleva la matriz y otra el papel. Y luego una serie de rodillos que entintan. La Galatea es un ejemplar del primer modelo de minerva que se patentó en Estados Unidos en 1860, el Liberty. A la postre este modelo no va a ser el que predomine, porque la forma en que se entinta la matriz y en que abre y cierra la máquina terminaba siendo desgastante para el operario e insumía más tiempo y espacio, por lo que prevaleció otro modelo. Esto quiere decir que La Galatea es una minerva rara. Cuando publiqué algunas fotos, enseguida aparecieron coleccionistas pidiendo información, porque tienen una base de datos que registra dónde están estas máquinas en el mundo, ya que son pocas. La Galatea fue fabricada en Alemania y, por el número de serie, calculamos que fue hecha en 1902.»

Los trabajos de restauración empezaron en diciembre y terminarían en marzo, pero, después de que quede operativa, empieza una nueva etapa de ajustes con la máquina ya imprimiendo: si está despareja o pasada de presión, si los rodillos entintan bien, si hay algún eje descentrado. «Esta máquina está hecha en una época en la que no existían cosas que hoy nos parecen tan básicas como un rulemán. Entonces los rodamientos son directos, hay rozamiento de un metal contra otro. Por eso había que lubricarlas, para que los metales se frotaran sobre una cama de aceite. Para La Galatea hubo que hacer algunas piezas en tornería, aunque lo que hubo que hacer de cero fueron los rodillos. Es que los rodillos originales no eran de caucho, estaban hechos con una especie de melaza. No sé si habrá algún impresor en Uruguay que conozca esa fórmula de los viejos impresores, que antes hacían sus propios rodillos. Tan mágica era la fórmula que cuando fuimos a sacar la melaza vimos que había, además, una cuerda por adentro. Un viejo impresor me dijo que la cuerda era para que, si quedaba alguna burbuja de aire, se fuera por ahí.»

EL FUTURO DEL PASADO

Entonces Gabriel Pasarisa está restaurando la imprenta, el investigador Alfredo Alzugarat está reconstruyendo el camino de La Galatea desde Berlín a Montevideo y cómo llega a las manos de José Pedro y Aldo Garay, director del documental El filmador (realizado con los materiales fílmicos encontrados en el archivo Díaz Berenguer), está registrando la restauración. ¿Pero qué pasará después? ¿La Galatea será una pieza de museo? Valentín Trujillo asegura que no, o al menos no únicamente. «Nos interesa que la máquina recupere su esencia y vuelva a imprimir. La idea es convocar a un consejo editorial o un tribunal y hacer un llamado abierto, que se lanzará probablemente en marzo: para poesía, para narrativa breve y para crónica o ensayo breve. Será una cantidad muy limitada de ejemplares numerados, muy artesanales, que se encuadernarían como se hacía antaño. La Galatea es como un Ford A de la impresión, pero queremos que haya autores contemporáneos imprimiendo en ella. Queremos, además, que el arte de la portada sea un grabado original. Eso se tiene que hacer luego de conocer los fallos del tribunal, para que los grabadores puedan leer la obra que van a ilustrar.»

Todavía no está definido cuándo se lanzaría esta segunda parte del proyecto, pero se está trabajando sobre dos opciones: «Será cuando mejor lleguemos, pero una de las fechas que nos gustaría es el 26 de mayo, Día del Libro. Allí quisiéramos imprimir algunas tarjetas y marcadores de libros del aniversario 206 de la BNU. La otra fecha es el 24 de junio, aniversario del nacimiento de Amanda».

El costo del proyecto, a pesar de su evidente atractivo, no fue excesivo: 250 mil pesos la restauración, aunque queda cotizar la segunda parte, es decir, la edición. Sin embargo, la idea no es que la BNU ponga una imprenta artesanal de funcionamiento continuo. «Hace 50 años que La Galatea no imprime y ya era una imprenta antigua en la época en que Amanda y José Pedro la usaron en Punta Gorda. La idea es, en principio, que esto se transforme en una linda rutina anual en la grilla de la BNU. Vamos a ver cuánta gente se presenta a la convocatoria, cuál es el resultado de la deliberación del tribunal, cómo quedan las impresiones, qué repercusiones tienen. Es una expresión de deseo decir que todos los 24 de junio va a haber nuevos libros editados en La Galatea.» A lo mejor lo que hace falta es sostener el ostinato rigore que nos trajo hasta estar a punto de ver a la vieja minerva imprimiendo de nuevo. Si así fuera, Amanda y José Pedro estarían maravillados.

1. En Diario de José Pedro Díaz, edición, prólogo y notas de Alfredo Alzugarat. Biblioteca Nacional, Colección Bicentenario. Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, págs. 43-53.

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