Las pibas que no creen en Dios - Brecha digital

Las pibas que no creen en Dios

Con Raquel Galeotti, autora de “Adolescentes infractoras”1

Se vuelcan a las calles como protagonistas y no más como acompañantes de sus hombres. Encaran a las “pibitas chetas”, a quienes detestan con fuerza pero que se visten como a ellas les gustaría vestir. Esta investigación muestra, además, cómo las estrategias actuales de rehabilitación no se alejan mucho de las de aquel Asilo del Buen Pastor donde convivían infractoras, huérfanas y prostitutas, formándose para serviles amas de casa.

 

—En esta investigación2 me interesaba saber qué representaciones tenían los operadores sobre las adolescentes infractoras, un universo bastante desconocido en la práctica habitual de nuestro país; qué decían y pensaban de ellas quienes trabajaban, disponían y resolvían sobre esas chiquilinas.
Además, es un fenómeno creciente: al día de hoy los ingresos de adolescentes mujeres han aumentado al 10 o 12 por ciento del total, cuando en 2007 –año de la investigación– eran de 5 a 8 por ciento.
—En cuanto a los resultados, encontraste que las chicas tienen rasgos de violencia, masculinización, actúan en base a todo lo que no se espera de una chica. Los operadores dicen hasta que “son peores que los varones”.
—Lo primero que me sorprendió fueron las diferencias de opinión entre los operadores hombres y las mujeres: me sorprendió que las operadoras mujeres manifestaban abiertamente el rechazo, la incomodidad y la molestia que les genera hasta el día de hoy trabajar y toparse con una chica que ha cometido un delito. No fue algo solapado que tuve que ver en lo no dicho, fue manifiesto. “Son peores que los varones” es un emergente muy presente entre las trabajadoras, no sólo entre las que deciden sino también entre las que trabajan con ellas. Y en realidad resulta de la naturalización que hay de ciertas conductas en los varones, de ahí viene lo no esperado; se compara desde los parámetros masculinos. Aparte, es un espectro muy heterogéneo que queda muy homogeneizado en que son masculinas, son rebeldes, son poco dóciles.
Y lo de la violencia es claro, si alguien va a cometer un robo o una rapiña, implica un ejercicio físico y una actitud determinada para enfrentar a otra persona. Está naturalizado para el varón, la violencia es hasta lógica en ellos, pero es traído como algo raro en las chicas y que por lo tanto debe tener un plus de sanción.
—Planteás en tu investigación que esas chicas caen en una doble transgresión, a la ley y las normas sociales de su condición femenina. Y por lo tanto la sanción también es doble: penal y social.
—Sí, se castiga la infracción a la norma y por otro lado el apartamiento de los roles de género socialmente esperados en una mujer. De hecho, cuando entramos en el tema de qué se hace con ellas, creo que hay una triple articulación de objetivos en el trabajo con las adolescentes: la feminización –el cuidado del cuerpo, la instalación de hábitos de higiene–, el tema de la dependencia, y por último la domesticidad, el recuperar la domesticidad perdida.
—¿Qué herencias dejaron aquellas corrientes religiosas de rehabilitación (basadas en corregir las “desviaciones femeninas” respecto de la vida doméstica y patriarcal) en las estrategias aplicadas hoy por el Estado?
—En realidad, la herencia histórica en la formación femenina en tareas relacionadas con el hogar y el cuidado de la familia todavía continúa. Se prepara a las chiquilinas para la casa, en las actividades que tienen que ver con el género, los talleres propuestos hoy son de peluquería, costura, cocina, al estilo de la rehabilitación en las instituciones religiosas del Buen Pastor (véase recuadro).
Se dice mucho que no hay talleres de formación en construcción, carpintería, roles que históricamente han desempeñado los varones, porque ellas no quieren o ellas no los proponen, y no es así. Si bien estamos en un plano de reivindicar los derechos y de introducir nuevas perspectivas de género, a mí no me quedó claro cuando hice mi investigación que eso se estuviera plasmando.
—Mencionás en tu libro que el sistema penal juvenil debería poner más empeño en conocer el contexto difícil del que provienen esas chiquilinas y al que luego se las pretende reinsertar. A partir de tu trabajo, ¿cómo son esos entornos familiares y esas historias de vida?
—Lo dicen los informes, sobre todo aparecen historias de violencia familiar y abuso sexual por parte de familiares, compañeros de las madres, etcétera. Luego, se aspira por todos los medios al reintegro de esa chiquilina a la casa, aun cuando su historia de vida señala que volver en las mismas condiciones a ese hogar no es beneficioso para nadie.
En realidad hay desprotección. Una de las operadoras decía que cuando tenemos a una adolescente infractora es porque han fallado los mecanismos de control social informal: la casa, la escuela. Lo que yo interpreto es cómo vienen transitando determinadas historias que terminan impulsándolas al mundo público de la calle. Aparece la cuestión infraccional como de la mano de eso, como una cuestión de supervivencia. ¿Cómo se trabaja eso hoy desde el Estado? No me queda claro si se trabaja desde la perspectiva de que es una adolescente que está en proceso de formación y que ha sufrido, si se tiene en cuenta cómo se integra esa historia de vida a un proyecto de vida, no resulta claro. Yo creo que es un debe, no está.
Lo que aparece siempre es esta cuestión del niño adolescente que debe estar en su casa, y yo no sé si es tan así. Así como se arman proyectos de salida para mujeres adultas que viven violencia doméstica, se podría pensar en algo así para las adolescentes con esas historias de abuso. Y si las vamos a mandar a su casa, darles herramientas para enfrentar eso. Muchas piden armar otro ámbito familiar por fuera del hogar.
Además, los proyectos de salida laboral que hoy tiene el inau son sólo para varones infractores, ni siquiera se las contempla en los programas, como las cuotas de cargos públicos en el Estado. Yo veo que los que ingresan son sólo varones. ¿Y las mujeres? ¿Cómo van a lograr una autonomía laboral y económica si se las deja de lado?
En el fondo: el trabajo forma parte del acceso al mundo público, y yo planteo en mi investigación que se está formando a las mujeres para que permanezcan en la vida doméstica y privada.

PIBITAS Y PIBAS CHORRAS
—También planteás en tu trabajo que pasaron de ser acompañantes de sus parejas a ser protagonistas en los delitos.
—Ahora entran más chicas al juzgado, pero en realidad antes estaban invisibilizadas para el sistema penal porque eran las acompañantes que seguían a sus compañeros. Ahora aparecen solas o en barra con amigas, o formando parte de un “negocio familiar”. En ese punto, es peculiar cómo el suministro y venta de estupefacientes, por ejemplo, no es considerado para muchas de ellas un delito sino un trabajo familiar. Y hay muchas otras infracciones que no son visualizadas por ellas como delitos: resistirse a una detención policial, comprar cosas robadas, andar en moto sin permiso, son como una costumbre, como ir a bailar. Y si todos lo hacen, ¿por qué me agarran a mí? Es lo que plantean en el juzgado.
—Las infracciones son en su mayoría rapiñas y tienen como víctimas siempre a otras mujeres, a las “pibitas”.
—Sí, tal cual, y eso refleja la gran división social que vivimos, es traída por ellas en sus discursos. Las diferencias, el cómo se visten, lo que yo quiero tener pero no quiero ser; las “pibitas” son las “chetas”, a las cuales detestan y de las que se quieren diferenciar, pero hay cierto nivel de acceso a lo que ellas –las otras– tienen, que quieren tener. Es una cuestión de consumo, como no lo puedo tener te lo saco.
También hay muchos hurtos o tentativas de hurto a tiendas de ropa –la ropa es un distintivo importante– champú y artículos de estética, y los propios jueces te dicen que en esos casos muchas veces ni siquiera se las procesa.
Pero en definitiva es una manifestación, sin querer, de los niveles de exclusión que viven en referencia a las otras.
—¿Es odio de clase?
—Sí, hay una cuestión de clase, al mejor estilo marxista, muy marcada, cada vez más. Y de ambos lados, porque si yo entrevistara a las “pibitas” me dirían algo similar de “las pibas chorras”. Es rechazo.

PREJUICIOS
—Me parece un factor fundamental que quien trabaja con niños, adolescentes, viejos o quien sea pueda cuestionarse la representación que tiene de ellos (véase recuadro). Eso que se marca a nivel social, la diferencia con el otro, es una responsabilidad del operador –en este caso del sistema penal juvenil–, rever aquellos prejuicios que tienen por esta cuestión de la diferencia social. El parámetro de “yo soy adulto y vos sos adolescente”, “yo soy de una clase social y vos sos de otra” –porque los adolescentes de la clase alta ni siquiera llegan a los juzgados porque va papá o mamá y lo sacan de la comisaría–, concluye en que los captados por los sistemas penales son los pobres. Y creo que los operadores jurídicos debemos revisar esas concepciones que tenemos, incluso nuestras representaciones de género acerca de las mujeres adolescentes pobres y qué se debe hacer con ellas.
—¿Reconociste entonces una discriminación por clase social y por género en nuestro sistema penal juvenil a la hora de juzgar?
—Sí, incluso por edad, hacia los adolescentes, porque según la concepción que tenemos de qué es un adolescente no está claro qué se espera de ellos. En las entrevistas, uno de los parámetros distintivos en los informes de las chiquilinas es la madurez, cuando ésa no es precisamente unas de las características de la adolescencia.
Además, creo que debemos ser un poco más creativos, salir de las estructuras anquilosadas de lo que hay que hacer y cómo, porque el sistema penal juvenil está haciendo agua, hay mucha burocracia, mucha tradición histórica de lo que siempre fue y siempre se mantiene, y son instituciones que siguen reproduciendo cuestiones que no están ajustadas a la realidad de hoy. Hay que patear el tablero y empezar de nuevo en muchas cosas. 

1. Adolescentes infractoras. Discursos y prácticas del sistema penal juvenil uruguayo. Psicolibros-Waslala, Montevideo, 2013. Raquel Galeotti es psicóloga, integrante de equipos técnicos de asesoramiento de juzgados de adolescentes de Montevideo y además es magíster en derechos de infancia y políticas públicas (unicef-Udelar).
2. La investigación se realizó en 2007 y se estudiaron los ingresos durante un año en los juzgados de 2º y 3º turno de Montevideo. Se relevaron expedientes y se entrevistó a operadores jurídicos y no jurídicos: jueces, fiscales, defensores, psicólogos, educadores y asistentes sociales.

“Desviadas” y conventos

A fines del siglo xix el surgimiento de “casas correccionales” conducidas por instituciones religiosas –en gran parte de los países latinoamericanos por la congregación del Buen Pastor– se enmarca en la tendencia al encierro para las “mujeres desviadas”, anota Galeotti en su libro. La congregación, que en un principio recibía a las prostitutas adultas que se internaban voluntariamente para cambiar de vida, comienza después a recibir a niñas huérfanas y abandonadas, hasta que al final las causas de ingreso eran variadas: robo, prostitución, vagancia, mendicidad, o por voluntad de padres o patrones que acusaban a las niñas de “insubordinación frecuente”.
Las ideas penitenciarias eran definidas por las monjas: “El modelo conventual surgió como la forma más apropiada para el tratamiento de la desviación femenina, en el cual la preparación de las mujeres para la vida doméstica o para la ‘servidumbre’ constituye el eje fundamental del mismo”, anota Galeotti. La preparación de las mujeres y niñas –para obedecer la autoridad de esposos y padres– se basaba en los trabajos habituales de su sexo: costura, bordado, planchado y cocina. Al fin de cuentas, estas prácticas tutelares dirigidas a niñas y adolescentes de los sectores populares tendían principalmente a formar “servidumbre” para luego colocarlas como empleadas domésticas en casas de familias pudientes.
El Estado uruguayo tuvo una fluida relación de intercambio con el Asilo del Buen Pastor a través del Consejo del Niño a principios del siglo xx, y de hecho la Cárcel de Mujeres, en la calle Cabildo, estuvo a cargo de esa congregación hasta la década del 80, recordó la autora.

Qué ves cuando me ves

Aquí algunos de los testimonios de los operadores jurídicos y técnicos consultados en la investigación de Galeotti sobre las adolescentes con las que trabajan.
“Para mí son terribles, son peores que los varones, insultan, faltan el respeto, se rebelan, hay más violencia y más agresividad” (entrevista, operador jurídico).
“Capaz que a la femineidad la ven como ser débil, ¿no?” (operadora no jurídica).
“Hay una cosa de exponerse a sí mismas y a otros, con una cosa de ‘no me importa la víctima’ muy fuerte, de no me importa nada” (operadora de una ong).
“Antes aparecían acompañando o junto a ellos, sus hombres. Ahora lo hacen solas, se mandan” (operadora de una ong).
“Ha cambiado mucho, los códigos son nefastos. Reivindican la delincuencia como forma de vida” (operador no jurídico del inau).
“Se identifican con el entorno en el que se mueven, el ‘cante’. Están como predestinadas o se asumen como destinadas a esa vida” (operadora jurídica).

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