Pequeña crónica crítica del Cosquín Rock 2024: Las posmocabezas de la bestia pop - Semanario Brecha
Pequeña crónica crítica del Cosquín Rock 2024

Las posmocabezas de la bestia pop

Muchas bandas, mucho volumen, mucha gente, mucha cerveza, mucho souvenir de plástico, mucho glam, mucha sexualización, mucho fetiche, mucho Auto-Tune. ¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Por qué se ha vuelto tan natural asumir como sinónimos el exceso de consumo y el disfrute? Y la música en vivo, la búsqueda verdadera de una conmoción estética, ¿soporta realmente tal sobreabundancia de estímulos?

HÉCTOR PIASTRI

Los macrofestivales internacionales se han convertido en una industria imparable dentro de la oferta musical mundial, superando ampliamente el viejo negocio de los conciertos en estadios, esos en los que participaba una sola banda capaz de atraer a mucha gente. Aquello de «la misa» de Los Redondos, por ejemplo, casi no existe más: ahora no hay nada artístico o identitario que realmente te una, a priori, con esos muchos miles de otros con los que te encontrás en el mismo campo. Y si bien es cierto que el Uruguay de los ochenta, el del Canto Popular, estaba lleno de festivales poblados de grupos diversos, eran eventos organizados por los propios músicos locales, que se nucleaban y organizaban de forma independiente y que, incluso cuando se hacían para obtener beneficios económicos, tenían objetivos que trascendían de forma amplia, explícita, su identificación como instancias de mero entretenimiento.

Estos festivales globales, además, responden a una línea de marketing cuya estética se repite en todo el mundo: el Glastonbury, el Primavera Sound, el Lollapalooza y el Cosquín Rock usan los mismos colores para sus afiches, las mismas tipografías, las mismas palabras. Tienen en sus páginas web apartados en los que se cuenta su historia, se promocionan sus sectores vip y sus «charity partners» (socios de caridad, diríamos en español, pero eso no queda muy bien, así que mejor poner auspiciantes, a secas), se venden sus productos y se publicitan, lo antes posible, las «cabezas» de la programación de la próxima edición, esas bandas grandes que, supuestamente, son las más atractivas. Después, la gracia es que el público no sepa bien lo que va a pasar, pero que esté seguro de que va a ser increíble.

En su libro Macrofestivales. El agujero negro de la música,1 el periodista catalán Nando Cruz describe así la experiencia festivalera del capitalismo cultural del siglo XXI: «En cuanto entras en un recinto de festival accedes a una suerte de videojuego musical en el que debes tomar decisiones constantemente y durante horas. Todo eso no lo pensabas el día que compraste el abono. Entonces, tu imaginación sintetizaba la idea de festival en ese momento en que tu grupo favorito interpretaría tu canción favorita y tú abrazarías a tu persona favorita. No habría colas en la entrada, ni problemas para aparcar, ni aglomeraciones en el acceso al escenario, ni habrías perdido a tu persona favorita mientras hacías cola para comprar una cerveza. Pero, claro, compraste el abono hace seis meses. O nueve. O un año». Y es que el marketing de la música global se ha convertido en una especie de estafa por consenso: la cuestión importante es estar ahí, cueste lo que cueste, en busca de una supuesta mística que, en el «rock» (¿alguien discute todavía sobre qué quiere decir la palabra rock?), va de suyo. No importa quiénes realmente van a tocar o a qué hora, porque el abono es más barato antes de saber la grilla y si lo sacás con anticipación, las redes del festival te convencen de que «salís ganando».

Pero lo cierto es que la experiencia de asistir al Cosquín Rock Montevideo 2024 resultó, en efecto, sorprendente, sobre todo por la paz con la que los públicos de las diversas propuestas musicales convivieron entre sí. Una paz impensable en otro momento de esta ciudad, uno que ahora parece muy lejano, pero que no lo es tanto. Los traperos, los cumbieros, los fanáticos del glam, los rockeros viejos, los cuarteteros de la Mona Jiménez, los cultores de Rada y el candombe beat, las feministas fans de las nuevas músicas de mujeres, los nostálgicos de Los Piojos y los que gustan del bailongo de La Delio Valdez habitaron el mismo espacio sin ningún problema. Tal vez el elevado precio de las entradas tuvo algo que ver con cierto filtro en el público, pero la sensación es que la vieja violencia rockera –esa que, en los noventa, habitaba sin contradicciones nuestras subjetividades de clase media– ha dejado paso a otro tipo de actitud que, si bien es mucho más tolerante –y eso es digno de celebrarse–, también parece menos dispuesta a dejar que la experiencia de elegir con otras personas un determinado estilo de música acarree otro tipo de cargas de significación y habilite ciertas discusiones, tanto estéticas como políticas.

Por otra parte, resulta evidente que la promesa de comenzar a tener cierta participación en el mercado global es importante para nuestros artistas, sean del género que sean. En su concierto, de vitalidad y belleza incuestionables, alguien tan importante como Ruben Rada dio la bienvenida varias veces a «los invitados internacionales» que habían venido a evaluar nuestra música. Y es que, pensándolo bien, quizás esos invitados tengan la necesidad de sentir cierta familiaridad con las formas de organización de los escenarios festivaleros para poder apreciar las virtudes de nuestras propuestas estéticas locales, a pesar de que esas condiciones no parecen las mejores para escuchar música. Porque, aunque te pongan en uno de los espacios vip, estás lejos, los volúmenes tan intensos no te permiten distinguir bien las líneas de amplificación y la cosa suena como una especie de bola sonora; hace calor o hace frío, o llueve; hay una energía siempre dispersa de incomodidad y cansancio, con gente que se enfrenta a la necesidad de tomar decisiones continuas, de resolver preocupaciones tan banales como saber cuánto tiempo tenés para llegar con tus amigos de un lugar a otro, o para salir de un espacio demasiado tapado de gente –tanto que da miedo–, o para arrastrar las piernas después de diez horas de imparable ajetreo. Sumado a todo esto, la práctica de que una banda arranque inmediatamente después de que termina la otra, sin dejarle al espectador ni un segundo para procesar lo que acaba de ver y obligándolo a conectar de inmediato con otra propuesta igual de intensa pero completamente diferente, termina operando en pos de una especie de obnubilamiento sensorial en el que, la verdad, todo empieza a dar lo mismo. Pero claro, también allí están los artistas haciendo su mejor esfuerzo, con una entrega muchas veces profunda y bella que, a duras penas, logra traspasar las barreras del horror vacui. Sin embargo, da pena comprobar que, en lugar de favorecer estas instancias tan valiosas de encuentro emocional entre artistas y público, tan importantes para el desarrollo simbólico de todas las generaciones –las nuevas, las viejas–, la organización de estos eventos opte por entorpecerla, llenándola de rituales tan cool, modernos y ambientados como faltos de sentido. Además, para bien o para mal, estas decisiones de organización globales tienden a neutralizar, aligerar, vaciar e igualar polémicas que, dentro del mundo del rock, siempre fueron una fuente fermental de transformaciones y vuelcos artísticos, dando lugar a estéticas que resultaron rupturistas porque tenían algo contra lo que enfrentarse para alumbrar nuevas épocas. Si todo da lo mismo, es inevitable que, después de todo el consumo, el pogo y el movimiento, nos quede una sensación de atracón o, incluso, de pérdida. Así está la bestia pop; ¿será que todavía es capaz de encender en sueños la vigilia?

1. En Macrofestivales. El agujero negro de la música, de Nando Cruz. Península, Barcelona, 2023.

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