Las vueltas de la vida – Brecha digital

Las vueltas de la vida

Ágil, cinematográfica y cuidadosamente armada, la película “Locamente enamoradas” – de la realizadora belga Hilde van Mieghen- no pierde de vista a las múltiples siluetas que decide mostrar a lo largo de un desarrollo tan complejo como las vueltas de la existencia.¬¬

Smoonverliefd

La idea de seguirle los pasos a un pequeño grupo de personajes en sus andanzas amorosas existe casi desde que se inventó el cine. La novedad en la presente oportunidad viene por el lado del lenguaje juguetón al que acude la realizadora belga Hilde van Mieghen para colorear tales andanzas con recursos que ilustran lo que los personajes imaginan, como es el caso de aquel que siempre ve a su hija como si fuese todavía una niña, o aquellas que expresan su desilusión con respecto a alguno de los hombres que las rodean haciéndoles literalmente la cruz. La narración que corre por cuenta de la hija adolescente de la protagonista, a su vez, a menudo apela a una ironía que se multiplica en carteles y pantallas –hay momentos en que el cuadro de la proyección se abre como si se tratase de una ventana– que idealizan o le toman el pelo a ciertos segmentos del desarrollo que inducen al espectador a pensar que nada de lo que está viendo durará demasiado. Por uno y otro lado, en esa preocupación por ir detallando lo que le sucede a cada uno, sopla una brisa a lo Woody Allen, por más que a Van Mieghen no le interesa demasiado profundizar en la neurosis de sus observados (pese al título en español, también hay aquí hombres locamente enamorados), ya que, al parecer, ellos mismos nunca llegan a tomarse nada muy a la tremenda. Habida cuenta entonces del francamente escaso dramatismo que la platea pueda encontrar en las aristas de la historia que se narra, cabe incluso reconocerle a sus responsables –el libreto lo firman Van Thieghen y Bert Scholiers– una cierta insistencia, no muy errada, en subrayar que la mayor parte de los problemas amorosos duran menos de lo que piensan quienes los viven.

Ágil, cinematográfica –la directora echa mano a todos los elementos que le pueden servir para dar a entender lo que se propone– y cuidadosamente armada, la película no pierde de vista a las múltiples siluetas que decide mostrar a lo largo de un desarrollo tan complejo como las vueltas de la existencia. Una cierta complacencia en alargar secuencias eróticas que arriesgan su efectividad, y la insistencia de un par de observados empeñados en reflejar que allí no ha pasado nada, rebajan en parte el ingenio de una comedia de la vida que el nutrido elenco que encabeza la solvente Aline van Hulle, interpretando a una actriz de cine y, claro está, de teatro, lleva adelante con la energía del caso a través de atractivos interiores y exteriores que la cámara sabe aprovechar.

Smoonverliefd. Bélgica, 2010.

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