El envío uruguayo a la última Bienal de Venecia, la instalación de Eduardo Cardozo, Latente, conoció en la célebre ciudad italiana un rotundo éxito de público y de crítica. La exhibición de ese trabajo de Cardozo, alojado en la Fundación Cervieri Monsuárez (FCM),1 una organización dedicada a la exhibición y la difusión del arte contemporáneo latinoamericano, ha tenido más repercusión en los medios extranjeros que en los locales, lo que resulta un tanto paradójico, como si Latente se resistiera a activarse en Uruguay, quizás por aquello de que nadie es profeta en su tierra. Para quienes no pudimos viajar a la Serenissima Repubblica, es una oportunidad imperdible. La propuesta de Cardozo, curada por Elisa Valerio, se propone como instalación inmersiva, un diálogo artístico a través del tiempo entre dos pintores atados por una larga tradición: Cardozo y Tintoretto. La curadora lo resume de esta forma: «El diálogo consta de tres momentos: el desnudo, las vestiduras y el velo. Por un lado, el desnudo es la pared del taller de Cardozo trasladada a Venecia por medio de la técnica del stacco. Por otro, las vestiduras son una interpretación que hace el artista uruguayo de uno de los bocetos para El Paraíso de Tintoretto. Y, por último, el velo es una tela cosida a partir de los retazos de la gasa utilizados para arrancar el muro del taller. Así se genera un contrapunto entre Uruguay e Italia, sur y norte, entre la obra de Cardozo y su reinterpretación del cuadro de Tintoretto». Suena claro y es todo más simple y más complejo a la vez, pues la materialidad de los elementos, esa idea textil que sobrevuela la instalación, conoce una rotundidad, gracias a los efectos lumínicos y a la riqueza de las texturas y materiales empleados, que dispara sus implicancias simbólicas en muchas direcciones. Hay quien llegó a ver en las vestiduras, por ejemplo, un recordatorio de las prendas de los migrantes ahogados en el Mediterráneo… algo que ciertamente no debía estar en el pensamiento de Cardozo al hacer el planteo, pero que, parados allí, frente el dramático remolino de las telas, parece una lectura legítima.
El lugar, la sede de FCM, un amplio espacio con terrazas interiores diseñado por el arquitecto Rafael Viñoly –al que no le perdonamos la destrucción y el mamotreto gigante propuesto en lugar del Hotel San Rafael–, parece ideal, justo es decirlo, para la exhibición de Latente, ya que habilita el rodeo de las tres partes de la instalación y su visión desde diferentes ángulos, que no debieron ser posibles en el pabellón veneciano.
En una conversación que tuvimos con el artista previo al envío, Cardozo contaba que se había estudiado con rayos X y luz infrarroja la obra del Tintoretto y que se descubrió que pintaba desnudos a los personajes de El Paraíso, para después «ponerles» la ropa. «Hoy –aseguraba Cardozo– somos capaces de ver hasta las dudas que tuvo el pintor. Nadie, ni siquiera Tintoretto, se hubiera imaginado que se podían llegar a ver todos esos secretos que están en el cuadro… A mí me interesó este gesto de desnudar mi taller, llevarlo a Venecia y enfrentarlo a este cuadro que también fue desnudado
en el transcurso de su restauración. En el proceso de migración de las paredes del taller, al trasladarlas, se van a perder partes por el camino y, cuando al final lo arme en Venecia, ya será otra cosa. Obviamente, Tintoretto ya no está presente y mi versión se compone con las vestiduras del cuadro, las telas teñidas y arrugadas. Todo lleno de ausencias, no hay personajes, no hay nadie.» Hoy que las paredes de su taller han atravesado el océano para volver a Uruguay junto con las ropas arrugadas de su paraíso, la sumatoria de ausencias adquiere un nuevo espesor. El diálogo entre el sur y norte, entre la tradición pictórica de Occidente y el arte contemporáneo producido en Uruguay, nos obliga a rever las historias del arte desde una perspectiva multifocal, descentrada, pero no por ello menos potente y sugestiva.
- Hasta el 7 de setiembre. Eugenio Sainz Martínez esquina Los Cisnes, José Ignacio. ↩︎