Lazos humanos

Dos figuras bien delineadas como las de Rosario y Sandra a lo largo de una obra (“Lucas o el contrato”) que se reserva oportunas revelaciones, le abren camino a la directora Lucía Sommer para armar un trabajo concebido en profundidad.

El documento mencionado en el título, más de fondo que de forma, alude al compromiso que Rosario (Andrea Davidovics), madre del tal Lucas, establece con la cuidadora Sandra (Jimena Pérez), para que ésta se encargue de acompañar a su joven hijo discapacitado, el cual, por cierto, manifiesta urgencias sexuales que la recién llegada deberá asimismo atender. Tan fuerte punto de partida involucra, como no podía ser de otra manera, una gradual puesta de acuerdo de ambas mujeres que incluye malentendidos y enfrentamientos llamados a poner al descubierto no sólo rasgos más recónditos de una y de otra, sino también la historia que cada una lleva sobre sus hombros y que el texto desgrana en puntuales evocaciones del pasado. Importa más, sin embargo, el tiempo presente, un presente nacido de la oposición y la complementación de dos soledades muy diferentes, cuyo punto de unión es ese muchacho que el espectador no llega a ver, alguien encargado de desenmascarar dos situaciones tan marcadas como la de la mujer mayor abandonada cuyo hijo enfermo no podrá nunca brindarle apoyo, y la de esa empleada ajena a cualquier manifestación de un cariño maternal que el actual “contrato” con respecto a Lucas tiene la posibilidad de avivar en distintas direcciones.

La mirada sobre una y otra mujer que Dino Armas dispensa a medida que la obra se desarrolla transita por caminos más cercanos a un retrato verosímil de comportamiento y la debida atención a la psicología de los personajes –el maestro sueco Ingmar Bergman hubiese aprobado los planteamientos del dramaturgo–, que por subrayados o estallidos de corte espectacular capaces de desviar la concentración de la platea que el autor convierte en analítico testigo de hechos que, una vez más, pueden reflejar las recónditas vivencias de quien lo contempla. La oposición y el encuentro de Rosario y Sandra constituye así un verdadero hito en la senda de un dramaturgo que, más allá de sus logros en el campo de textos poblados por múltiples siluetas, como Sus ojos se cerraron y Extraños por la calle, se mueve con especial disposición cuando plantea el cruce de dúos tan inspirados como los que asomaban en Dos en la carretera, ¿Y si te canto canciones de amor? o Rifar el corazón. Dos figuras tan bien delineadas como las de Rosario y Sandra, a lo largo de una obra que se reserva oportunas revelaciones, le abren camino a la directora Lucía Sommer –de lucido desempeño en la puesta en escena de uno de los textos breves de la reciente Maratón Liscano– para armar un trabajo concebido en profundidad, a partir de la incidencia de los dos únicos personajes que Andrea Davidovics y Jimena Pérez resuelven con afinadísima entrega. Un largo asiento en medio del espacio escénico, la oportuna incidencia de los cambios de luces y una banda sonora en la que los acordes de Vivaldi conviven con la sublime voz de Edith Piaf, forman parte de la despojada labor “de cámara” de Sommer, en la cual un leve giro de cabeza o los cambios de tonos o de postura de Davidovics o Pérez cobran especial significado para una concurrencia que asiste conmovida a la exposición de un asunto en el cual no se piensa con frecuencia, quizás por formar parte de aquellos temas que las cómodas mayorías tratan de evadir. Vale la pena no hacerlo y no perderse esta labor de la Comedia Nacional que se ofrece en el grato ambiente de la sala de la Asociación Cristiana.

Por decir fútbol

 

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