Liberarse del corsé - Semanario Brecha
Batallas feministas en Corea del Sur

Liberarse del corsé

Desde las condiciones socioeconómicas hasta los ideales de belleza, las surcoreanas buscan transformaciones en una sociedad en la que las estructuras patriarcales conviven con la modernización. La resistencia tradicionalista no ha tardado en llegar.

An San en las Olimpíadas de Tokio, en 2020 Afp, Adek Berry

Cuando la arquera surcoreana An San ganó en solo dos días dos medallas doradas en las Olimpíadas de Tokio, la respuesta que recibió la joven de 20 años en su patria fue dispar. Algunos hombres se mostraron molestos y dijeron que se le deberían retirar las medallas. ¿Por qué? Porque su cabello corto era una señal de que era una feminista que «odia a los hombres».

Por más extraño y surrealista que pueda sonar, el ataque contra An es un triste recordatorio del hondo arraigo de los estereotipos de género en Corea del Sur, un país con una economía de avanzada, aunque todavía profundamente sexista, y de la enorme presión que se ejerce sobre las mujeres y las niñas para que se vean y actúen de manera «femenina». Es también un episodio más en una guerra cultural que escala entre el número creciente de personas abiertamente feministas y sectores antifeministas que buscan silenciar sus voces.

EN LO MÁS BAJO DE LOS RANKINGS

Corea del Sur es la décima economía más grande del mundo, un gigante tecnológico que es sede de Samsung, el mayor fabricante mundial de teléfonos inteligentes, y una usina cultural cuyas estrellas del k-pop, como BTS, tienen seguidores en todo el mundo. Sin embargo, pese a todos los avances tecnológicos y económicos, el arraigo del patriarcado y la discriminación de género se han mantenido casi sin cambios.

De acuerdo con el Foro Económico Mundial, Corea del Sur ocupa el puesto 102 en términos de paridad de género. La brecha salarial de género es la más amplia entre las economías avanzadas de los países integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Se ubica sistemáticamente como el peor país para las mujeres que trabajan en el índice del techo de cristal de la revista The Economist. Las mujeres ocupan el 19 por ciento de las bancas parlamentarias, casi la misma proporción que en Corea del Norte.

Además, están sometidas a una enorme presión para verse perfectas en todo momento y a toda costa, como lo demuestra la reputación del país como capital mundial de la cirugía plástica. En las concurridas calles de Seúl no es difícil encontrar publicidades de cirugías plásticas que claman: «¡Ser bonita lo es todo!», mientras esqueléticas estrellas en ascenso del k-pop son presentadas como modelos a seguir para las adolescentes y las jóvenes. Las dietas extremas que siguen las estrellas tienen amplia difusión en las redes sociales y son seguidas con avidez por muchas personas.

Los ideales de belleza tradicionales para las mujeres incluyen, en Corea del Sur, una piel pálida pero luminosa, un rostro aniñado, un cabello largo y brillante, ojos grandes, una nariz fina y un cuerpo extremadamente delgado (casi el 17 por ciento de las surcoreanas veinteañeras están por debajo de su peso, en comparación con menos del 5 por ciento de sus pares masculinos, de acuerdo con un estudio de 2019). La presión comienza temprano: más del 40 por ciento de las estudiantes de nivel primario usan maquillaje en la escuela y el número trepa a más del 70 por ciento entre las de secundaria.

EL CONTRAATAQUE

Pero las mujeres comenzaron a contraatacar. En los últimos años, un poderoso movimiento feminista conquistó el país, lo que les permitió a muchas mujeres expresarse como nunca antes en contra de la discriminación sexual, el abuso y la cosificación. Desde 2018, las mujeres se han organizado para hacer caer a muchos predadores sexuales, entre ellos un popular candidato a la presidencia, en uno de los casos más exitosos del #MeToo en Asia. Decenas de miles tomaron las calles durante meses en 2018 para exigir medidas más severas contra lo que se conoce como pornografía con cámaras espía: la filmación de mujeres con cámaras ocultas en sitios diversos, desde baños públicos hasta lugares de trabajo, y la difusión de las imágenes en Internet. Llevaron adelante una campaña exitosa para acabar con la prohibición del aborto. El movimiento Escapemos del Corsé fue parte de ese despertar, nacido para desafiar la presión de seguir rígidos ideales de belleza. Las mujeres y las niñas que se unieron a esa campaña se cortaron el cabello, destruyeron su maquillaje, se rehusaron a vestir ropa ajustada, incómoda o que deja mucha piel al descubierto y, en cambio, optan por algo más cómodo o práctico. Desde entonces, el cabello corto se ha convertido en una especie de declaración política entre muchas jóvenes feministas.

No obstante, la ola de concientización también despertó una fuerte oposición entre los hombres que pensaban –como muchos en el mundo– que las mujeres habían llegado demasiado lejos; muchos, incluso, acusaron a las feministas de «odiar a los hombres» y exigieron castigarlas. La reacción llegó a un punto culminante en mayo, cuando integrantes de muchos foros online populares entre los varones comenzaron a escribir misandria sobre publicidades con la imagen de los dedos pulgar e índice juntos, un gesto que universalmente indica que algo es pequeño.

CRUZADA ONLINE

En una campaña que muchos comparan con una caza de brujas macartista, proclamaron que esa imagen debía haber sido creada por feministas con la intención de ridiculizar el tamaño de sus genitales. A pesar de que cualquier complot era una ridiculez, muchas de las empresas e instituciones gubernamentales acusadas –entre ellas, la institución policial nacional y el Ministerio de Defensa– se doblegaron rápidamente, se disculparon por herir los sentimientos de los hombres y retiraron las imágenes de sus carteles. Estas mafias virtuales disfrutaron, incluso, de algún grado de apoyo político: Lee Jun-Seok, un joven integrante del Partido del Poder del Pueblo, una agrupación de derecha, ganó protagonismo difundiendo la teoría conspirativa del gesto misándrico del dedo y finalmente se convirtió en líder del partido en julio.

Al sentirse apoyadas por un político poderoso y envalentonadas por las disculpas rastreras de las empresas y el gobierno, las mafias virtuales avanzaron hasta su próximo objetivo: la estrella olímpica cuya apariencia no encajaba con su ideal de femineidad tradicional.

«¿Por qué te cortaste el cabello?», le preguntaron a An en sus redes sociales, a lo ella que respondió: «Porque es práctico». La respuesta no fue suficiente. Comenzó una campaña para obligar a An a pedir disculpas por ser feminista, mientras algunos, incluso, le reclamaban a la Asociación de Arquería que le quitara las medallas doradas a «la que odia a los hombres».

Pero las mujeres siguieron la pelea. Legisladoras, activistas, artistas y miles de mujeres comunes se encolumnaron detrás de An, muchas compartiendo fotos de su cabello corto en las redes sociales como muestra de apoyo. Y mientras el ciberacoso a An proseguía, muchas mujeres en todo el país la vieron obtener una tercera medalla y convertirse así en la primera arquera en la historia de las Olimpíadas en ganar tres medallas doradas en un mismo juego.

(Publicado originalmente en International Politics and Society Journal. Traducción de María Alejandra Cucchi para Nueva Sociedad. Brecha publica con autorización.)

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