Sexo, feminismo y moral

¿Literalidad o ficción?

Hace al menos una década las pretensiones y los planteos del movimiento feminista eran otros. Pero los tiempos cambian y, con ellos, necesariamente cambian las consignas y los emblemas que se enuncian ante cada lucha que se quiere dar. Tales enunciaciones se instalan y, de manera vertiginosa, empiezan a permear en buena parte de la sociedad. Amplificados por las redes sociales y su instantaneidad, van sedimentando sentidos que luego es necesario complejizar un poco más.

Tendemos a pensar en las consecuencias de los cambios sociales de un modo demasiado lineal, como si el análisis social fuera futurología. Pero la realidad es que las consecuencias de las utopías que perseguimos son mucho más impredecibles de lo que pensamos y, a veces, menos encantadoras. Como cuando pensamos que con la pandemia se podía avistar el fin del capitalismo. No por esto debemos dejar de conjeturar, imaginar y hasta aseverar que la insistencia en demandas y luchas que denuncian las opresiones de género efectivamente crean una sociedad más libre y justa. Pero ¿qué visión de justicia estamos teniendo?, ¿qué concepto de libertad perseguimos desde los feminismos?

Así como dieron paso a un ciberactivismo que permitió una ebullición feminista, las redes sociales dan paso a que algunas reflexiones queden obturadas en dictámenes tajantes. El 15 de marzo la actriz argentina Mercedes Morán tuiteó: «Que no te diga “mamita” ni “cosita” ni “putita” mientras tienen sexo. Y ante una “palmadita en la cola”: una patada en los huevos!». Al día siguiente la periodista y conductora de la radio argentina Futurock Julia Mengolini realizó una columna en su programa de radio que analizaba el tuit de Morán y sus repercusiones, resaltando que defendía a la actriz y mencionando que no había que tomar un tuit con tanta literalidad. También trazaba su análisis con algunas reflexiones de Kate Millet en su famoso libro Política sexual. A partir del análisis de algunas escenas sexuales de la literatura universal, Millet dice que las relaciones de dominación tienen su dorso en la intimidad. Desde allí Mengolini enmarcaba el tuit de Morán.

La columna de Mengolini enfatizaba el lado estructural de las relaciones de poder, nos recordaba que las decisiones individuales nunca son sólo individuales y que todas las mujeres, por más feministas que seamos, estamos atravesadas por el patriarcado. El asunto es qué prácticas se hacen en nombre del feminismo y cuáles no. Al igual que, en 2019, Mengolini le señalaba a Jimena Barón (y, por extensión, disputaba qué es un verdadero contenido feminista) que postear tres fotos de su culo perfecto por día no era empoderamiento feminista,1 muchxs usuarixs criticaban a Morán por dictaminar –en nombre del feminismo– qué está bien y qué está mal que te hagan en la cama.

Los años han pasado y, como una vorágine, el movimiento feminista nos ha cambiado mucho, mucho más (y mucho menos) de lo que podemos ser conscientes. Muchas mujeres ya sabemos que nuestras decisiones están enmarcadas en las lógicas del patriarcado, que la opresión es estructural y que, por más que ganemos márgenes de libertad, la emancipación es colectiva y procesual. Así y todo, el tuit de Morán, como las nuevas normativas que se instalan en algunos feminismos, nos molestan igual.

La norma, justamente como su definición lo señala, es prescriptiva. Define con anterioridad al suceso lo que el suceso es. Dicta características al tiempo que las construye, las describe con contenidos intrínsecos. El mandato, como concepto que supimos poner sobre la mesa desde los feminismos para describir los estereotipos del género, es justamente eso. Y con el mandato aludimos al deber, a una organización social que instituye comportamientos en función de señalamientos morales sobre lo que está bien y lo que está mal.

No se trata, en este debate, de defender libertades individuales per se, que, por supuesto, no están escindidas de lo político. Se trata de defender la libertad, como una posibilidad realista de construir caminos disidentes (individuales y colectivos) y de emancipación en un mundo que ya sabemos que nos traza y constituye. Se trata de entender que esas mismas prácticas que describe Morán pueden ser llenadas, como todo significado, de otros contenidos, pueden ser significadas por sus protagonistas como algo no tan lineal, así como quienes practican BDSM entienden que dominación y sumisión pueden ser parte de una fantasía consensuada.2 Esto es muy distinto a las interpretaciones de Millet sobre fragmentos de la literatura universal, en los que se reivindica el derecho al goce desde una visión exclusivamente androcéntrica y a cualquier costo para las mujeres.

Las famosas guerras del sexo en el feminismo anglosajón de fines de los setenta ya establecían una línea divisoria entre las feministas antipornografía (aunadas en las Women Against Violence in Pornography and Media y Women Against Violence Against Women) y feministas «prosexo», que sostenían que el sexo y la sexualidad no son degradantes en sí mismos. Ni siquiera, como afirma la antropóloga Deborah Daich, cuando hay un intercambio comercial de por medio. Los debates sobre el abolicionismo o el reglamentarismo en torno a la prostitución/trabajo sexual anidan en su centro concepciones muy distintas sobre qué es el sexo o qué puede ser.

Es innegable que la sexualidad y el género están imbricados de maneras opresivas para las mujeres, pero el camino de esa deconstrucción, como cualquier camino de crítica y revisión, tiene por momentos una dimensión impredecible, de salto al vacío, en el que la creatividad y la singularidad juegan un papel entre subjetividad y estructura. La transformación en este sentido no es hecha sobre un lienzo blanco.

Una buena forma de trastocar los significados de lo que el sexo es y viene siendo históricamente podría ser dejar de endilgarle siempre un lugar de sospecha. Como lo ha señalado Gayle Rubin, no podremos tener una política sexual realista mientras no dejemos de entender al sexo como algo oscuro y malo en sí mismo. El sexo siempre es culpable hasta que se demuestre su inocencia. Y, en general, esa inocencia suele estar asociada a una imagen pulcra, prístina y pura del sexo, sólo vinculada a fines reproductivos, fundamentalmente para las mujeres.

Como afirma Lynn Segal: «Cada vez que las mujeres disfrutamos el sexo con los hombres, confiadas en que es eso precisamente lo que queremos y como lo queremos, yo creo que estamos trastocando los significados culturales y políticos otorgados a la heterosexualidad en los discursos dominantes sobre la sexualidad. En ellos el “sexo” es algo que hombres activos les hacen a mujeres pasivas, y no algo que las mujeres hacen. […] Equivocarse al distinguir cuándo las mujeres quieren dar y recibir contacto físico con los hombres y cuándo son forzadas al sexo (lo cual es, en efecto, opresivo, humillante y destructivo) sólo puede causar culpa y la negación de la libertad sexual de las mujeres, reemplazando dicha libertad sexual con la forma más perniciosa de autoritarismo moral».

Algunos planteos desde posturas feministas suelen encerrar en sus formas (que tampoco están escindidas de su propio contenido) atribuciones que aluden a una alienación en la que las mujeres estamos inmersas, subordinando nuestras capacidades, infantilizando nuestros deseos. ¿Esto significa que cualquier práctica es «empoderante»? Claro que no. Las prácticas no empoderan en sí mismas, pero cuando son elegidas y gozadas sin culpa, en un escenario como el sexual, que está, de por sí, plagado de moralismos y disciplinamientos, al menos es bueno no colocarlas de manera tan básica en los marcos de la humillación patriarcal.

Puede que el tuit de Morán haya sido leído con literalidad, la misma literalidad con la que ella lee las prácticas sexuales y la misma literalidad que implica pensar que una palmada en el culo durante el sexo representa una escena de violencia explícita. Algo por demás llamativo para alguien que se dedica a la ficción y que puede entender que la teatralidad trasciende el mero acto artístico. Es justamente a partir de las performances que transitamos los dramas cotidianos y los transformamos, y nos transformamos con ellos.

La misma visión llana suele asumir que los cambios deben darse a partir de la disolución de todo y la construcción de algo absolutamente nuevo, olvidando que las transformaciones son procesos, mutaciones, mestizajes infinitos, en los que la ficcionalidad y el drama social en el que estamos inmersas trastocan los mandatos también a partir de nuestros ingenios.

1. En 2019 se suscitó una polémica en Twitter porque Mengolini expuso que los constantes posteos de la actriz y cantante Barón sobre imágenes de su culo no eran, más allá de que la actriz lo sostuviera, una señal de empoderamiento feminista. En todo caso, una señal de empoderamiento era poder compartir en redes un cuerpo femenino no hegemónico. Barón contestó a estas críticas señalando que, como mujeres, era importante no criticar a las otras y que ella se sentía más libre que nunca pudiendo compartir esas imágenes sin culpa, al tiempo que criticaba ese feminismo selectivo que les sigue dictando a las mujeres qué es lo correcto y qué no lo es.

2. La sigla significa ‘bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo’, en referencia a prácticas eróticas que son libremente consensuadas.

Netuy marzo21

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