Lluvia de puñales – Brecha digital
Entrevista inédita con una política pionera

Lluvia de puñales

«Me parece bueno ponerlo en conocimiento para otras mujeres, para poder pensar. Quizás se puedan identificar. Yo me atrevo.» Así, Daisy Tourné aceptaba en julio dialogar sobre su intensa y larga trayectoria política, con la idea de reflexionar sobre las profundas cicatrices que sufrió como «mujer pública».1 A pesar de ser una pionera en los asuntos de género, haber propuesto leyes de avanzada y haber impulsado varios cambios en la estructura de la Policía, dos episodios que ocurrieron en 2009 la marcaron fuertemente y terminaron desencadenando su renuncia en el gabinete de Tabaré Vázquez.

Ilustración publicada en Brecha el 16 de enero de 2009. SANOPI

En esta conversación, a pesar de encontrarse en pleno tratamiento oncológico, Daisy Tourné aceptaba internarse en los avatares de su larga trayectoria como «mujer pública», en el sentido que le otorga al concepto Simone de Beauvoir. La ex maestra, sindicalista, legisladora y ministra, quizás en su última entrevista periodística, contaba sus cicatrices y confesaba que aquello de la vida privada convertida en materia pública había sido muy duro para ella: «Lo que se les discute y cuestiona a las mujeres que ocupan el espacio público no se refiere a su aporte o a sus propuestas. A mí, ya me hace gracia que nadie recuerda la ley 17.815, que tipifica los delitos de pornografía infantil y que se ha utilizado mucho. Nadie dice la ley Daisy Tourné. En cambio, si hubiese sido un varón, seguramente sí. Puede decirse que es una manera de borrarte o, peor, de descalificarte. Que lo que se tome para desacreditarte sea tu manera de vestir, o si vas a Fun Fun, o si cantás tango, o si tenés relaciones sexuales y con quién, en fin… Yo tengo una maraña con ese tema, aunque está claro que estoy de acuerdo con que “lo personal es político”».

—Todos tus oficios te habrán reportado aprendizajes, ¿nos contás sobre los menos conocidos?

—Empecemos por el de maestra, que fue muy importante. Siempre trabajé en escuelas con muchas carencias, situadas en barrios muy humildes. En esa generación, apostábamos a la educación como un camino hacia la libertad, como decía el querido Paulo Freire. Yo ganaba tres pesos, pero no me importaba. Andaba galgueando, pero eso no era mi preocupación. Trabajaba en varias escuelas: Piedras Blancas, Barrio Capra, Conciliación, pero me encantaba ese trabajo con los niños y las niñas, que son una maravilla de posibilidad. Aprendí muchísimo acerca de respetar la capacidad que tiene el otro de aprender y no la centralidad del docente.

En el sindicalismo aprendí la solidaridad, la complementación con el otro y la otra. Ese sentir que estás con un hermano de clase, en la misma trinchera, aunque había discusiones, fue muy importante.

Y la actriz que aprendió a comunicar se mezcló ahí. Entonces, soy buena oradora. Me gusta ocupar el espacio público y hablar con la gente. Me gusta transmitir, hablar, escuchar, intercambiar, y aprendí mucho también con lo que nos enseñó la gran Rosita Baffico, con aquello de trabajar internamente para sacar el personaje. Dejar entrar esos personajes y no ser tan soberbio; conocerlos y después sacarlos hacia afuera. Creo que los que nos dedicamos a la política tenemos que tener un componente de narcisismo, si no, jamás nos expondríamos como nos exponemos públicamente, por más que luego hagamos los discursos de modestia. Es un lugar de exposición que hay que estar cuidando y que hay que ponerle cabeza, porque te podés ir al diablo en cualquier momento.

Y, por supuesto, está como herramienta fundamental en mis vínculos y en mi forma de pensar la formación en psicología social pichoniana. Descubrir a Enrique Pichon-Rivière ha sido una luz de esperanza para entender y poder ser. Y Hugo Monetti también, porque generosamente lo propuso y generó en esta orilla la formación a través de escuelas al modo argentino.

—Fuiste la primera mujer que asumió en el Ministerio del Interior de Uruguay.

—Una de las motivaciones para aceptar ese rol tan difícil fue justamente demostrar que una mujer podía ocupar ese lugar. Sabía a lo que me exponía, que iba a ser blanco de críticas. Era trabajar todo el tiempo con hombres, y armados, además. Te diré que la discriminación no la sentí tanto desde los policías y demás subalternos como del propio mundo de la política. Ahí sí fue fuerte la resistencia. Quise asumir un 8 de marzo, simbólicamente. Ese día hubo un apagón espantoso y estaba lleno el salón. Estaban mi familia, distintos representantes políticos de todos los partidos. Hacía un calor insoportable, llovía y se apagó el aire acondicionado. Yo transpiré y, por supuesto, la prensa dijo: «Está empapada porque es menopáusica». Desde el día uno fue ese ataque. Fue una experiencia de aprendizaje muy grande. Comprendí lo que vivía la Policía uruguaya, los desafíos que tenían que enfrentar sus funcionarios. Estuvo ese darme cuenta de ello y tratar de transmitir a los compañeros que hablamos del pueblo y que la Policía estaba llena de pueblo.

—Con aquella publicación de la mujer de la «cara mojada» en Facebook, en enero de 2009, no hubo mucha tolerancia. ¿Qué se podría decir que aprendiste a raíz de aquella ingenuidad, si se puede llamar así?

—La verdad que sí fue una ingenuidad. Yo no tenía noción del impacto que podía tener Facebook en ese entonces. Pero, además, creo que hubo muchísima violencia. Hasta ese momento, yo tenía una buena imagen ante la gente y este ataque fue una buena manera de matarme, de adentro y de afuera de la izquierda. Todo aquello quedó en mí como si fueran cicatrices de puñaladas. Por ello, atesoro la caricatura de Sanopi en la que aparezco ante la ducha, con una cortina dibujada toda llena de puñales. Me costó reconocer que fui víctima de la violencia cruel de la descalificación, la burla, el aparecer en todos lados, el impacto sobre tu familia –mis sobrinos llorando–, fue espantoso. Y yo negándome y poniéndome la coraza siempre. Recuerdo la frase aquella de que, cuanto más gruesa es tu coraza, más débil sos vos.

Sufrí horrores, no me olvido más de esa soledad absoluta, porque, salvo dos o tres que se atrevieron y el equipo que me ayudaba con la situación, hasta a los compañeros socialistas les daba muchísima vergüenza aparecer al lado mío. La charla con Tabaré Vázquez fue muy fuerte. Hacia el final me dijo: «Vamos a terminarla, porque me voy a poner a llorar».

Estuve mucho tiempo sin salir a la calle, incluso con tratamiento psiquiátrico y psicológico, porque la depresión me inundó. Nunca conté las consecuencias familiares ni las que impactaron en mi salud. Y, a esta altura de mi vida, me parece necesario decir las cosas como fueron, porque quizás ayude a alguna persona, a alguna mujer que se identifique, y podamos reconocer las violencias, reparar los daños y transformar.

—Otra situación en junio del mismo año te tuvo en primera plana, aunque tampoco estaba referida a la gestión…

—Sí, la reunión con la Juventud Socialista del Uruguay, en Casa del Pueblo. Yo me sentía en mi casa, hablando con los jóvenes, contando historias de lo que sucedía en el Parlamento. Tengo grabado en la memoria que fue una mujer la que llevó la noticia a la tele, una joven periodista. Interpreto que creyó que llevaba un notición que la iba a llevar a la gloria. Me dolió que fuera una mujer. Cabe señalar que la información fue editada. Lo que yo contaba era una situación que se había dado en la Cámara, acerca de lo que se decían dos legisladoras, la una a la otra: una decía que «era una comunista» y la otra le respondió que «era una conchuda». Pero la edición hizo parecer que lo decía yo, no que reproducía una situación. Creo que fue algo preparado. Seguramente alguien le avisó a la prensa que iba a estar allí y yo me descuidé. Yo estaba centrada en hablar con los jóvenes: otra ingenuidad. Aunque pretendo seguir siendo ingenua.

—¿Por qué decidiste renunciar a tu cargo entonces?

—Decidí renunciar cuando se dio ese evento en Casa del Pueblo, porque me parecía mi deber, formando parte de un equipo de gobierno, y porque implicaba, de alguna forma, proteger al presidente. Fue una situación mínima al lado de otras situaciones, como las que estamos viendo hoy con algunos cargos políticos ejercidos por varones y a los que no les sucede nada. Me pareció que era mi deber hacerlo, con todo el dolor del alma. Te confieso, además, que ya estaba muy cansada de los golpes que iba recibiendo.

—Te agradezco haber accedido a este diálogo en este momento tan difícil. Tengo la sensación de que aún queda mucho por compartir para que, desde el análisis de cada experiencia particular, aprendamos a llegar a ser mujeres públicas.

—Puede ser, pero quisiera agregar algo: estoy repensando muchas cosas, y me parece que yo estoy en una etapa en donde ya no me duele tanto todo. A la vez siento la necesidad de contar cómo fue mi trayectoria. A esta altura, diez años y pico después, tal vez la gente tiene más apertura para comprender. Tal vez podamos dar una vuelta en el espiral dialéctico y quedarnos todos más aliviados, intentando comprender.

1. La entrevista, de Lilián Toledo, fue presentada al concurso María Esther Gilio. Brecha reproduce un fragmento con la generosa autorización de la autora.

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