Lo hago si quiero

Artes escénicas, cuerpo y poder.

Artes escénicas, cuerpo y poder

«En esta parte te ponés en cuatro patas de espaldas al público, gateás un poquito y mostrás la tanga.” Me habría encantado decir “lo hago si quiero”, pero no tuve el valor. Tardé bastante en darme cuenta de por qué esa indicación, proveniente de quien dirigía la obra en cuestión, era bastante más compleja que una simple motivación para el buen desarrollo de un ensayo.

La acción de juntarse a hacer teatro no tiene una única manera de transcurrir, pero hay componentes que se repiten; entrega, disponibilidad, apertura y aceptación –entre otras habilidades– son algunos de los leitmotivs que se les suelen solicitar a las personas que se dedican a la actuación. Incluso, existen ejercicios de improvisación en los cuales no es posible decir que no: hay que aceptar y construir a partir de lo que la otra persona propone. Despojarse es una tarea que puede ser liberadora, pero requiere un contexto de cuidado. La vulnerabilidad y la exposición son una parte sustancial de la práctica actoral, y es en los espacios de mayor vulnerabilidad donde se generan vacíos, que muchas veces propician el abuso de poder.

Al imaginar a cualquier compañero hombre, heterosexual, haciendo eso mismo, se torna extraño el pedido de ponerse en cuatro patas, gatear y mostrar la tanga. Aunque siempre depende del entorno, nadie se lo pediría y, seguramente, el compañero diría: “lo hago si quiero”. Es inevitable: hay un teatro que todavía se construye a partir de arquetipos que refieren a modelos, comportamientos, actitudes e idealizaciones heteropatriarcales. También hay quienes reflexionan acerca de la representación de los cuerpos disidentes en escena, pero son minoría: la mímesis prevalece y la imitación de las desigualdades parece reinar. El famoso physique du rôle va en detrimento de cualquier construcción identitaria porque para cada apariencia física hay un rol a cumplir, en la vida y en el arte. Y en un contexto en el que todavía nos cuesta a todos reflexionar sobre las corporalidades en la afectación cotidiana, no extraña que en el proceso de construir personajes de ficción, o durante la elaboración poética, esas relaciones de poder tampoco se cuestionen. Se repiten, entonces, formas de producir y componer que afirman la ine-quidad a partir de la naturalización de modalidades de creación opresivas.

Pensar en el discurso que genera, de por sí, determinado cuerpo en escena parece un futuro utópico e inalcanzable cuando todavía no se han dado determinadas discusiones sobre cómo nos vinculamos, sobre cómo queremos vincularnos, sobre cómo hacemos para tejer redes que hagan primar el cuidado por encima del poder. Mientras, insistimos en admirar a los grandes directores a pesar de sus formas de creación. La veneración –que supone una diferencia abismal en las relaciones de poder dentro de un vínculo– es directamente proporcional al maltrato, y el maltrato y el sacrificio siguen rigiendo como valores y formas aceptadas dentro de los procesos creativos. Aprendimos a maltratar y maltratamos; es una enseñanza que fue aceptada y replicada de generación en generación como un folclore terrible, como una herencia maldita. Y, además, la manipulación y la violencia suelen estar presentes en el arte escénico porque hay quienes denominan “crisis” a la manera religiosa de sufrir para luego comprender, elevarse y lograr llegar a cierto lugar que sin el dolor sería imposible. Entiendo que, para algunas personas, interese más la obra de teatro que lo que sucede adentro de un ensayo –siempre hay cosas más importantes de las cuales preocuparnos– y comprendo que los resultados estéticos sean el fin primario de los puristas, pero la ética y la estética no se separan cuando una pone el cuerpo.

Hace poco leí que una escritora uruguaya, entre otros comentarios y fuera de contexto, comentaba en las redes sociales: “Yo soy escritora y feminista, pero no sé si me interesa mezclar los tantos. Preferiría no hacerlo. Pero tampoco puedo callarme y hacer como que todo es normal”. Creo que es un buen momento para mezclar los tantos y dejar de jugar a que todo es normal. No son normales el maltrato ni la violencia, no es normal sufrir en un proceso, no es normal que te indiquen gatear y mostrar la tanga si el espacio no está dado para que una elija hacerlo. No se trata de corrección política, se trata de respetarnos y vincularnos de un modo en el que dejen de gobernar quienes siempre están en un lugar de privilegio y poder. Ya es hora de pensar en el cuerpo, de hacer las cosas cuando una tenga ganas y se sienta cómoda, de no tener que dar explicaciones; pero aun así, si es necesario, tenemos que poder decir: “lo hago si quiero”.

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