Los hijos de Pancho Villa o escribir en medio de la balacera

Élmer Mendoza vino a la Feria del Libro para participar de un nuevo encuentro de escritores de policiales y habló con Brecha. De México vino, donde la violencia es el pan de cada día, el narco manda y el futuro parece más negro que cualquier novela.

Elmer Mendoza Foto: ALEJANDRO ARIGÓN

Élmer Mendoza empezó algo tarde, pero anduvo rápido. Era ingeniero cuando decidió que quería ser escritor y publicó su primera novela a los 50 años. Eso fue en 1999 y se llamó Un asesino solitario, pero ya se había fogueado como narrador con cuatro volúmenes de cuentos y con varios ensayos de novela que nunca publicó. Ya lleva más de una docena de libros publicados y es un referente de lo que sin eufemismo se ha dado en llamar la “narcoliteratura”, subespecie del género negro en América Latina. Entre otros títulos, destacan El amante de Janis Joplin, Efecto tequila, Cóbraselo caro, Balas de plata (que lo consagró internacionalmente), Nombre de perro y El misterio de la orquídea Calavera, todas editadas en Tusquets. En Balas de plata creó a Édgar (el “Zurdo”) Mendieta, su detective fracasado, un poco idealista y a veces corrupto que no ha dicho por qué lleva las mismas iniciales que el autor.

—Cuando elegí entrevistarte lo hice pensando en que eras mexicano y que en tu país más que en ninguno la vida había imitado trágicamente al arte, y que era un lugar interesante desde donde mirar las relaciones entre realidad y ficción. Pero parece que las noticias desbordaron cualquier diagnóstico, y debo preguntarte simplemente cómo entiendes la desaparición de los más de cuarenta estudiantes de magisterio (“normalistas”) y la aparición de esas fosas comunes con cuerpos calcinados en Iguala. ¿Es un crimen de Estado, como se ha dicho?
—Ha sido una cosa terrible esto de los muchachos. No es exactamente un crimen de Estado pero el Estado es responsable. Ya sabía de la desaparición, pero pensé que iban a aparecer, que no se animarían. Ahora todo indica que fueron asesinados. Duele porque son otra vez los más vulnerables y porque son quienes se rebelaban con razón ante las injusticias. Estaba escribiendo ahora una carta al presidente Enrique Peña Nieto para publicar en mi columna de El Universal donde sólo escribo sobre literatura, pero ahora siento que debo escribir sobre esto. Leí que declaró que iba a investigar, pero de cualquier forma quiero recordárselo.
—¿Qué le decís en la carta?
—Este es un presidente que no tiene un perfil muy cultural, no como el que les gustaría que tuviese a los escritores, y fue muy famosa la anécdota de cuando era candidato presidencial y fue a una feria del libro y le preguntaron algo sobre libros y no supo. Lo despedazaron pues, pero yo lo defendí.
—¿Por qué?
—Porque en México tenemos 20 millones de pobres, gente que sólo puede aspirar a vivir de trabajos informales como la venta callejera y porque de toda la población mexicana sólo el 2 por ciento son lectores, y bueno yo creo que él no tenía que estar ahí para ese 2 por ciento. Luego le hicieron la misma pregunta al otro candidato y tampoco tuvo respuesta. Diré que es de un partido, el Pri, que nos cae muy mal, pero yo entonces estaba rescatando al individuo. Y en la carta que estoy escribiendo le recuerdo ese incidente y mi defensa para decirle, ahora, que hay estos mexicanos que merecen su defensa.
—Hace unos años en México entrevisté en Oaxaca a Francisco Toledo y él mentó una historia que como esta ocurrió en el estado de Guerrero y donde hubo no 40, pero sí un maestro sacrificado. En los años setenta. He entrevistado pocos mexicanos en mi vida y no deja de ser muy fuerte que siempre haya algún asesinato de maestros. Es como volver a soñar la misma pesadilla.
—Mira, en los años setenta era de otra manera. Guerrero fue y es un estado pobre, atrasado, y un pueblo así muy belicoso. Ahí dos de los principales guerrilleros de mi país, Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas, eran normalistas y de ese estado; el tercero era del norte. Seguro que Toledo habló de la muerte nunca aclarada de Vázquez Rojas. Ambos maestros perdieron la vida en tiempos revolucionarios; después de eso el narco creció y Guerrero se convirtió en una zona de producción de cannabis y también en una de las rutas fundamentales de la coca sudamericana y colombiana hacia Estados Unidos, por tierra y también por agua, y surgieron grupos que se peleaban entre ellos y se asesinaban. No consiguieron controlarlo. Es un universo marcado a fuego por la violencia, pero que la trasladen a los chicos es lo que duele. Y no podemos quedarnos callados. Por eso voy a dirigirme directamente al que manda.
—Tu literatura está hecha de esos temas, y que ahora escribas esa carta ¿quiere decir que creés mejor separar la intervención política de la creación? Me refiero a cómo debe ser la participación de un escritor en estos casos.
—Bueno, mis lectores piensan que mi literatura es reflejo de lo que pasa, pero yo como escritor no parto de ahí, sino de que tengo que enfrentarme a desafíos específicamente literarios. Pero vivo en un país que tiene problemas y además de escribir soy parte de un grupo que trabaja en programas de fomento de la lectura y en talleres de escritura con una población en situación extrema: presos, mujeres violadas, jóvenes rehabilitándose de drogas. Nosotros hacemos, patrocinados por el gobierno del estado y el federal, programas de lectura, para recuperación de la otra memoria. Muchas veces ellos escriben cosas que podrían comprometerlos, acabar presos, y nuestro compromiso es guardar el secreto. Les devolvemos sus originales. No queremos que juzguen a nadie. Para responderte, digo que estas son mis formas de participación, ahora, excepcionalmente, la carta, aunque poco pueda contra toda la impunidad; la literatura es otra cosa.
—Entraste a la literatura relativamente tarde. Un primer libro de cuentos a los 30 años y El asesino solitario a los 50, pero compensaste al parecer porque no titubeaste. ¿Fuiste de entrada al policial?
—Cuando decidí ser escritor me hice la pregunta: qué necesito para ser bueno. La respuesta tenía varios apartados y traté de irlos cumpliendo. Uno era ir a la Universidad Nacional y estudiar letras hispánicas; eso hice y me dio pertenencia. Encontré gente que tenía ideas parecidas. Lo otro es que tenía que leer más y leí mucho más. Luego, leyendo entrevistas a escritores, supe que había que escribir mucho y siempre. Y lo hice. Finalmente sabía también que debía elegir en qué casillero iba a escribir. Escribí cuentos; cuando intenté escribir novelas, quise hacer una de ciencia ficción y no lo conseguí. Un día en la Facultad de Letras llevé un seminario de literatura inglesa y conocí a Joyce, que es el mito de los narradores, como que es insuperable. Esa lectura me dejó la obsesión por este asunto de la forma. Cómo podía escribir una novela y que los lectores dijeran: esto es diferente. Un día tuve claridad sobre cómo debía escribir y fue maravilloso. Desde entonces no tengo ningún problema con la página en blanco, sí con la preparación de la historia, que me puede llevar meses o años, pero no con la escritura.
—¿Y cómo creías que debías escribir?
—Tengo que apelar a mi autenticidad. Qué soy como ser humano que vive en un tiempo que tiene una visión del mundo, en contacto con ciertas realidades, un tipo de gobierno, de delincuentes.
—¿Una historia autobiográfica?
—No, yo prohíbo a mis alumnos que escriban de su autobiografía y de ellos (enfatiza con expresa redundancia). La memoria no es mi instrumento más poderoso, sino la imaginación. Mi primera novela exitosa, Un asesino solitario, es sobre el asesinato de un político. Saber cómo escribir fue entender que tenía que trabajar el lenguaje, el aspecto fino, la ironía. En el universo del delito el lenguaje es muy proceloso, el concepto del lenguaje de la calle lo mismo.
—Es muy seductor el lenguaje de la calle que escribís. También el habla mexicana es muy seductora. Un crítico ha dicho que leerte es aprender un idioma, ¿es que sólo se habla así en tus novelas, o es un reflejo de una cultura?
—Se parece bastante, digamos que cumple con el aspecto representativo de una realidad, pero si consigo meterlo dentro de las reglas de la narrativa finalmente es porque hice algo que se parece a un artificio. Aprendí a cómo autorregularme sobre eso. Aprendí a trabajarlo con mis editores.
—Al estilo americano ¿tenés un editor que trabaja contigo cada novela?
—No sé si es americano, pero sí tengo dos editoras, una en México y otra en Barcelona, y les he dado todo el poder para decirme todo. Lo que sí es que hay ciertos aspectos de la cultura particular de mi región que no pueden tocar. Pero me han ayudado mucho a hacer que mi discurso sea audible.
—Es verdad que la creatividad en el lenguaje es independiente de los distintos niveles culturales y una persona inculta igual puede manejar un estilo, como decía Gombrowicz de los vendedores de diarios en Buenos Aires.
—Mira, en los cursos de narrativa van estos señores ya casi viejos que nomás hicieron la escuela primaria pero que tienen un genio para contar increíble. Ay, cómo detesto que no hayan empezado antes. Son escritores con todos los genios.
—Borges decía que el policial es el único género del que sabemos exactamente cuándo se inventó, el único inventado en el siglo XX (por Poe, según él); luego la novela negra viene muy marcada por los modelos norteamericanos. Acá se llegó a discutir si era posible inventar un detective sudamericano y el problema del transplante o la adaptación es un asunto reiterado. ¿Sentiste esa exigencia o, para el caso mexicano, la ambientación había sido hecha por la propia realidad?
–Yo tengo la fortuna de estar ahí y de no tener miedo. Sé que mis novelas tienen impacto por la realidad que representan, pero cuando me pongo a escribir sigo igual luchando con la forma, con enriquecer mi estilo, se trata de un ejercicio estrictamente literario.
—¿Cuándo es que inventás a tu detective el Zurdo Mendieta? ¿De dónde sale?
—Lo estrené y lo puse a prueba en dos cuentos y luego en Balas de plata, y ya va en su cuarta novela. Cuando me preguntan sobre qué modelos policiales pesaron en su creación o en otros rasgos de mis novelas, termino respondiendo por los que me gustan. Y digo que Hamett, pero lo hago para complacer a quien pregunta, porque en realidad a la hora de escribir no pienso en modelos ni adaptaciones. Y al Zurdo Mendieta lo defiendo siempre cuando se trata de responder a propuestas para hacer series de mis novelas.
—¿Defenderlo de qué?
—En primer lugar para que siga siendo policía. Es lo que les molesta. Dicen que la policía en México no es creíble. Puede ser, pero la literatura es ficción.
—Bueno, pero tampoco iba a ser un detective privado como Marlowe, porque es inverosímil. En Cuba el uruguayo Chavarría hace un policial de espionaje político. Todos adaptan, ¿no? En tu caso ¿dirías que no hay modelo literario pero que tu contacto con el crimen tampoco es biográfico?
—Yo siempre soy un misterio en eso. Porque luego me andan buscando si estuve preso. Yo me declaro chico bueno. Mi relación con los delitos es de cercanía, digamos. Siempre he estado ahí, pero sin ser protagonista. Cuando había guerrilla mis amigos estaban metidos. Si los herían iban conmigo y yo los llevaba para el campo y los escondía. Hice otras cosas y las hacía por solidaridad con algunas personas.
—Una de tus novelas se llama El amante de Janis Joplin. No la leí, pero el título hace que me pregunte si alguna vez te planteaste escribir sobre la cultura del rock.
—No hice la novela del rock, pero todas mis novelas tienen una banda sonora porque desde la infancia la música ha sido algo importante para mí, y luego el rock, una revolución. Esa que dices es una novela de iniciación donde aparecen tres personajes; uno que va para narco, otro, el principal, está en medio de los dos, y el tercero, que es muy bueno para jugar béisbol, va a jugar a Los Ángeles y conoce a Janis Joplin. En la Universidad había un mito sobre Janis según el cual cuando ella tenía ganas de tener sexo con varones salía y buscaba al más feo, al más rudo. Es lo que le pasa a este chico y eso lo marca porque es la primera mujer con la que está y queda impactado. El mito decía también que ella les decía a los chicos: si te preguntan diles que estuviste con Janis Joplin para que se mueran de envidia. En verdad yo he leído dos biografías de Janis Joplin y en ninguna dice nada parecido.
—Novela negra, narcos, México, con esos ingredientes ¿qué papel tiene el machismo en tu literatura?
—Algunos me dicen que son novelas muy machas, pero otras veces me dicen que no, porque mis personajes femeninos son siempre muy importantes.
—En Balas de plata hay varias lesbianas.
—Sí, porque la contraparte de mi detective es una chica lesbiana. Ella aparece en todas las novelas, es como el enemigo necesario. Samantha Valdés está ahí como un poder real. Y acuérdate que los poderes reales de los delincuentes son los que se dan de hecho y tienen que ver con la corrupción, con la impunidad, con el temor de los jueces.
—En esta novela aparece un cadáver junto a dos ejemplares de Noticias del imperio, de Fernando del Paso, un libro alejado del género, súper culto y barroco, y por otro lado aparece Eduardo Parra, un escritor mexicano de tu generación; ¿esas guiñadas literarias qué son?, ¿una marca de fábrica, un juego?
—Creo que es un juego que tiene que ver con la pertenencia del autor. Nombro a mis amigos.
—Dudaste con Parra.
—Dudé porque te iba a decir otra cosa. En México hubo un grupo que se llamó Los Narradores del Norte y el grupo era David Toscana, Eduardo Parra, Daniel Sada y yo. Con Parra somos grandes amigos. Somos norteños en un país centralista y donde el centro queda muy lejos del norte.
—Y ustedes son duros como sus policías.
—Somos cabrones, herederos de Pancho Villa.
—Hablando de escuelas, ¿existe una escuela de novela negra en castellano como la hay de los escritores nórdicos?
—Anoche pasó una cosa muy curiosa en la primera mesa de la novela negra. Cristina, la presidenta de la Cámara del Libro, leyó muy orgullosa una carta que mandó una escritora finlandesa donde les decía a los chicos del Cono Sur que eran afortunados porque tenían mucho material donde inspirarse. Entonces Sasturain se para y toma la palabra. A todos nos dio risa esa imprudencia. Pero bueno, creo que no, que no somos tan orgánicos, somos amigos.
—¿Son una mafia de escritores, digo, los del norte que son duros?
—Yo creo que no somos mafiosos. Deberíamos serlo. Con los colombianos –Jorge Franco, autor de Rosario Tijeras; Mario Mendoza, autor de Lady Masacre y otros numerosos– tenemos como una cercanía con lo que ellos llaman el sicarismo y el narco. Nos estamos leyendo mucho y yo he ido muchas veces a Colombia. En cambio es la primera vez que vengo a Uruguay.
—¿Hay cotos de temas para cada país?
—No, claro que no. Sergio Ramírez escribió una novela y está por sacar otra sobre la presencia de bandas mexicanas en Nicaragua como estación de tránsito. Y tenemos gringos que nos siguen. Cormac Mcarthy en No es país para viejos recurre a personajes mexicanos y también los usó en su trilogía. Don Winslow escribió Salvajes, novela sobre las bandas de Tijuana sobre la que se hizo una película. Es amplio, pero no podemos decir que sea algo orgánico. Creo que nos queremos, nos admiramos, nos leemos. Yo estoy acá porque seguramente la bondad de la feria debe existir, pero el primero que me mandó el mensaje fue Milton Fornaro.
—¿Qué opinás de series como El patrón del mal, sobre Escobar? ¿No creés que crean un habla no adocenada, no neutra? ¿No te tienta esa continuidad en el tiempo que ayuda a crear personajes con cierta densidad que sólo el tiempo permite construir?
—Soy un pésimo televidente. Me cuesta engancharme con las series por ese motivo, estoy acostumbrado a leer. Todos mis amigos las ven, y yo trato de seguirlos, pero apenas empiezo a ver pierdo el interés. No puedo opinar porque no conozco lo suficiente. Tengo 64 años y todavía me quedan varios libros para escribir.
—¿Has probado a ser guionista?
—Me lo han propuesto pero lo que hago es cobrarles muy caro y entonces declinan la invitación.

Diálogo de tahúres
Crónica roja / novela negra

Por Matías Núñez

En la mesa “La serie negra y su relación con el periodismo y otras formas de expresión”, Renzo Rosello habló de su experiencia como cronista de casos policiales y explicó que esta actividad le dio la oportunidad de constatar cómo la realidad que le tocaba cubrir refutaba una a una las normas que los maestros del género policial recomendaban para que una historia fuera verosímil. El mexicano Élmer Mendoza, por su parte, no tuvo experiencia como periodista de casos policiales e incluso descartó la posibilidad de buscar inspiración para sus obras recorriendo las páginas de la crónica roja, ya que le basta con la violencia que está instalada en su país desde hace años. Es más, Mendoza contó que dicha violencia es tan invasiva que muchas veces debe hacer un esfuerzo para que los disparos que resuenan en las calles de su barrio no lo distraigan de la tarea de escribir novelas policiales.
En una línea diferente, el argentino Juan Sasturain recordó cómo el joven poeta Jorge Luis Borges dio sus primeros pasos como narrador amparándose en la seguridad que le daban las pautas del género policial al tiempo que se sometía a las siempre implacables –y por lo mismo, enriquecedoras– exigencias de una publicación periódica. Mencionó también a Ricardo Piglia, como para demostrar que la necesidad de saber que recorre las páginas de la novela policial puede adquirir estatuto de cuestionamiento epistemológico, despachando rápidamente la vieja discusión en torno al “potencial literario” de un género que algunos académicos continúan mirando con suspicacia. Por último, Sasturain señaló que Rodolfo Walsh, en su novela Operación Masacre, fusionó con total destreza las estrategias de la investigación periodística y la narrativa de ficción unos cuantos años antes de que en Estados Unidos hiciera lo mismo un tal Truman Capote.

Hiber Conteris desestimó hablar sobre el tema que se proponía en la mesa y en su lugar hizo una recorrida por las diferentes portadas que tuvo su novela El diez por ciento de vida. No dejaron de resultar llamativas sus reflexiones en torno a que la primera edición de su novela en Estados Unidos buscó desmarcar al texto del aura de “literatura popular” a través de un formato de tapas duras que resaltaba su “valor literario”, mientras que la edición japonesa de bolsillo exhibía el emblemático cartel de Hollywood –lugar donde transcurre la historia– para atraer a los clientes más cholulos. Pese a la inicial desilusión que tuvo con este formato, Conteris admitió que esta edición fue la que le reportó más “alegrías” en materia de derechos de autor.
Por último, Rodolfo Santullo contó cómo se documentó para escribir su novela Matufia –premio Mec de narrativa, editada también por Hum–, que trata sobre el atentando que sufrió hace unos años el periodista deportivo Ricardo Gabito. El libro recrea la investigación que realizó el propio Gabito para dar con el sicario que lo atacó y con los dirigentes deportivos que lo planearon todo, demostrando de forma muy elocuente que el ambiente del fútbol local bien puede ser asunto de novela negra

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