Los inquietos de la ciudad

Cambiar el mundo, dicen, darle voz a los jóvenes que no la tienen, recuperar espacios abandonados, darles vida a través del arte, la radio, el teatro, el cine. Muchas son las motivaciones y los colectivos sociales o culturales, las formas de hacer política y militancia no tradicionales.

Primera asamblea del colectivo Descarril, en Parada Rodó, Canelones, el 1 de mayo de 2015 / Foto: Descarril

Laura barre, Renzo baldea, Marcelo carpe, María llega y ordena los plantines de ajíes que crecerán en el cantero surcado por lombrices gordas. Todos hablan y cuentan la historia de Descarril, Espacio Cultural Autogestionado.

En Canelones capital, en la abandonada Parada Rodó, se lee: “Estamos construyendo un espacio donde encontrarnos y pensar desde la igualdad, la solidaridad y el respeto por fuera de la lógica de las instituciones y el lucro”. La leyenda en el pizarrón de afuera tiene un año de escrita y no se ha borrado.

Si bien están en negociaciones con Afe para que les ceda la vieja parada, y cuentan con el aval de la comisión de vecinos, desembarcaron en el lugar aprovechando “un hueco de esos típicos que tiene el Estado, por inac­ción”, un espacio abandonado hace muchísimo tiempo, explica Marcelo.

Con el lugar definido, de a poco fueron llegando los militantes del No a la Baja, los que hacían cine, los seguidores de la fotografía, la música, el circo, “todos los inquietos de la ciudad”. El 1 de mayo de 2015 tuvieron su primera asamblea abierta.

Que el colectivo fuera autogestionado era una de las cosas que estaban claras desde el principio. “Buscamos descarrilarnos de la lógica de las instituciones de lucro… queríamos revelarnos, estamos en proceso de rebeldía pero constructiva.” El primer desafío como colectivo fue reparar el techo que se llovía a mares. En su momento apareció un fondo de infraestructura del Mec, algo así como unos 100 mil pesos, y acto seguido la discusión: ¿terminaremos siendo una pista de aterrizaje de políticas públicas?, ¿el proyecto va a depender de si hay fondos o no? Finalmente decidieron recaudar dinero por su cuenta, los vecinos ayudaron con trabajo y herramientas, las empresas de la vuelta donaron los materiales, los chiquilines pusieron horas al trabajo. “Ese techo lo pagó la gente”, dice María, orgullosa de los principios del “Desca”. “Estamos creando un proceso autónomo”, dejan clarísimo, y “si el espacio triunfa o se va al carajo, sólo depende de nosotros”.

La política partidaria está “ausente de Descarril”, asegura Laura, docente y la más veterana del grupo. Marcelo agrega: “Apostamos a construir una forma de trabajo por fuera de la lógica dominante, eso también es política, desde el momento en que nosotros creemos que a partir de esta forma podemos sostener un espacio de libertad. Lo que hacemos es política, no hay vuelta”. Y se anima a decir que la autogestión es una de las formas más fuertes de la política. Si bien enriquecen la discusión, opina María, cada cual deja sus ideas partidarias fuera desde el momento que cruza la puerta de la vieja estación de tren, y “uno se lava de todo lo suyo para entrar en modo Descarril”.

El fin siempre es involucrar a las personas. “Queremos que mañana el que roba un banco esté con nosotros sentado acá”, dice Laura, y reconoce lo difícil de ese proceso. “Nos interesa discutir los patrones bizarramente establecidos”, dice Marcelo, sobre la inseguridad y los jóvenes, “nos interesa discutirlos todos, romper esas visiones basadas en el prejuicio”.

El viernes pasado, cuenta María, había ocho “ñerys” en el patio del Desca. “De repente les chupa un huevo ver la película brasileña que íbamos a proyectar, pero estaban copados porque en el parlante había terribles plenas y estaban jugando al fútbol.” Lo importante es que cada uno pueda encontrar su forma de involucrarse con el lugar.

Marcelo también recuerda que otro día vino un chiquilín y se puso a barrer, otro se calentó agua para el mate, las chiquilinas de la Utu de enfrente trajeron las papas para la olla de beneficio, y las pelaron ahí mismo. “Está bueno que todos entiendan que acá no hay que pedir permiso, que es de todos. Sabemos que puede sonar a lugar común o romántico, pero un poco románticos somos.”

Hoy viernes, a las 21 horas, el ciclo de cine bautizado “El origen de la tristeza” presenta la película guatemalteca Ixcanul. Ya se huelen de lejos las hamburguesas caseras.

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“Teatro para el Fin del Mundo es un programa de ocupación de espacios abandonados a través del arte”, define Susana, la coordinadora de esta movida en Montevideo que ya suma a 33 integrantes fijos. El proyecto Tfm surgió hace diez años en Tampico (México) como respuesta a la violencia creciente en una zona dominada por los cárteles mexicanos y los espacios abandonados transitados por el narco.

El año pasado, un mural gigante anunciando la primera edición del festival Teatro para el Fin del Mundo recibía a los visitantes de la Villa del Cerro en el puente de Carlos María Ramírez. Si bien la organización del festival es el fuerte del colectivo, durante todo el año apoyan a otros grupos artísticos que quieran ocupar espacios, o hacen talleres con los chiquilines de la comunidad aledaña al ex Parador del Cerro. “No sé si llamarle asentamiento, en realidad es un barrio en condiciones de irregularidad”, explica Susana, hablando de los alrededores de ese edificio hoy ocupado, recuperado, y que se ha convertido en el centro de acción del colectivo durante este año.

Con un pasado glamuroso y exclusivo –hasta el parador llegaron Serrat e incluso la Cicciolina–, luego de la crisis se convirtió en un lugar al que no se puede ir, según los propios cerrenses. “Unos de los lugares más lindos de Montevideo y ni los vecinos más cercanos van a tomar mate”, cuenta Susana.

Así, el Cerro esconde varios lugares abandonados, con un fuerte arraigo histórico, un pasado fabril y hasta artístico, donde los obreros se representaban a sí mismos en obras de teatro. Otros escenarios que serán “intervenidos” para el próximo festival (del 2 al 6 de noviembre) del Tfm son el Frigorífico Castro, el anfiteatro de la Fortaleza del Cerro y la planchada en el parque Vaz Ferreira.

Martín, iluminador, ronda los 20 años y es uno de los más jóvenes del colectivo; habla de ese desembarco amistoso en la comunidad: “Llegar al espacio tampoco es plantar bandera, sino ver cómo dialogamos con el lugar y con la gente que ya está ahí”. “Es absorber el lugar, respirar con ellos, saber en qué andan”, agrega Sergio. De hecho, abandonar el lugar no es tan fácil, “nos dimos cuenta de que no te podés ir de un día para el otro”, agrega Martín.

Para los integrantes del Tfm, más allá de la gran hospitalidad de los gurises, el desafío es generar un espacio que sea magnético para ellos, cuando muchos no tienen ningún acercamiento con el arte más allá de la tevé. Conectar un cable o enchufar las luces tal vez despierte en ellos la curiosidad de ser electricistas, diseñadores, actores: “La experiencia artística habilita cosas, despierta potencialidades”, explican.

Martín recuerda aquel día en que se acercaron los varones del asentamiento a los talleres de danza contemporánea, por supuesto copados por chicas. A lo Billy Elliot, “rompieron con la barrera de expresarse, del no me importa que me digan si estoy bailando aunque sea varón. Rompieron con pila de cosas, fue muy fuerte”. El arte es transformador para todos, acuerdan los integrantes del colectivo.

Tfm Montevideo se conformó como cooperativa artística en agosto de este año. “¿No es de botón aceptar guita del Estado?”, les preguntó hace poco uno de los espectadores. Es que cuentan con apoyo del Departamento de Cultura de la IM, el Municipio A, y con dinero del Instituto Nacional de Artes Escénicas (Inae). Además este año ganaron el Fondo de Proyectos Socioculturales del Mides, y desde siempre cuentan con las empresas locales que les donan alimentos.

“Es imposible hacer todo esto sin fondos. Pero creo que cuanto más diversos son los apoyos, más te reafirmas en tu independencia”, opina Susana. Sergio agrega que el colectivo tiene que “generar la cintura necesaria para decir hasta acá está bien”.

Recuerdan una gran discusión que tuvieron como colectivo: se presentaron al presupuesto participativo y luego decidieron bajarse. Además de ese riesgo de transar con las instituciones municipales, el instalarse de esa forma en un lugar va contra la esencia misma del proyecto: la itinerancia. Han notado que el Parador del Cerro ya no es más un lugar virgen. Casi está convertido en una sala de teatro, piensa Martín, los funcionamientos ya se están repitiendo, y entonces es cuando empiezan a sentir la necesidad de irse y comenzar de cero. “Tenemos que redescubrir otro espacio.”

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Un catalejo es un instrumento óptico para ver a larga distancia. También es un colectivo de jóvenes que mira a sus pares desde 2011. Un proyecto audiovisual que busca mostrar lo que viven, sienten y piensan los jóvenes uruguayos sobre su mundo, cuando el mundo es el que decide qué lugar tiene para ellos, se lee en su sitio web. “Darle voz a quienes están en el foco de la opinión pública pero que no son escuchados”, explica Martina, casi socióloga, en la cantina de su facultad.

El primer proyecto documental fue Dieciséis y surgió durante la campaña del No a la Baja. Dieciséis adolescentes hablando para que dejen de hablar por ellos. “A partir de eso nos dimos cuenta de que también había otras cosas que nos parecía que valía la pena contar”, dice Martina. Han cubierto sistemáticamente con sus cámaras todas las marchas importantes de este año, y subieron un video a las redes cada mañana siguiente para “dinamizar” y mostrar lo que no todos vieron. Actualmente son ocho, entre estudiantes de ciencias sociales, fotografía, cine y comunicación.

“No estoy de acuerdo con eso de que los jóvenes no hacen nada, o que no estamos involucrados –dice Martina–. Creo que la gente se congrega en torno a lo que le interesa, no importa si es andar en bicicleta, escuchar cumbia o hacer audiovisuales. Reunirse en torno a sus intereses de por sí tiene una potencia que muchas veces no se comprende o a la que no se le encuentra el valor.”

Siempre se espera que la participación de los jóvenes sea bajo un formato preestablecido, incluso obligatorio, y ese es el error, continúa. Por ejemplo, “los gurises del Iava están sarpados”, coinciden Martina y Andrés (estudiante de cine). Los liceales se apropiaron del arte para trasmitir lo que sienten y usan herramientas distintas. “Un día fueron todos de pollera. Eso rompe con las estructuras. Desde fuera no se entiende, pero a la cortita sí, y genera cambios”, explican.

“Un grupo de hip hop en Malvín Norte es un movimiento político”, dice Martina. “Se dice que los jóvenes no participamos de nada porque no estamos asociados a un partido político o a las formas tradicionales de militancia… Pero hay un montón de gente haciendo cosas, esas personas agrupadas en torno a algo que genera interés, mueve cosas. Esas son las experiencias que queremos mostrar, y nos gustaría mostrar más.”

“Yo sin Catalejo no sé qué hago, es de las cosas que más he logrado sostener en el tiempo”, asegura Martina. “Sostener y disfrutar”, agrega Andrés. “Nos queda por delante juntar fuerza con otros, coordinar, hay una nueva ola de movimientos de grupos chiquitos. ¿Por qué no trabajar paralelamente?”, se preguntan.

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Este año el colectivo Espika cumple 13 años como espacio independiente de construcción grupal, en Santa Lucía, Canelones. Esta radio comunitaria se encuentra en el 90.7 del dial y funciona a su vez en el espacio sociocultural y autogestionado Carlos Alfredo Rodríguez Mercader, en unos viejos galpones de Afe que les fueron cedidos y ellos recuperaron con sus propias manos.

Bajo el techo enorme, al lado de los galpones, de las vías y el río, ensaya a los gritos la murga La Santa. A un par de cuadras, las percusiones de una escuela de samba inundan de otra música el mismo pueblo.

Carlos y Marcos hablan, Bettina y Daniel escuchan y hacen sus aportes. La Espika FM pretende nada menos que cambiar el mundo, y construir uno donde prime lo colectivo por encima de lo individual, y lo humano por encima de lo económico, por eso los derechos humanos y el ambiente son sus temas principales.

La fiesta de cumpleaños de la radio (del 4 al 6 de noviembre), este año pondrá el foco en la salud mental: “Una fiesta de locos”. Es que el vínculo con la radio Vilardevoz es muy cercano, y además Santa Lucía cuenta con dos colonias psiquiátricas y muchas mal llamadas “casas de salud”.

“El colectivo es autogestionado y somos un espacio comunitario. El lugar está disponible para participar o utilizarlo”, resume Carlos, y son varios los colectivos que llegan a toda hora. Pero para cualquier actividad organizada en los galpones, el dinero no puede ser una limitante, aclaran. Cuando las murgas o las bandas llegan al lugar a organizar una movida preguntan por el cobro de las entradas, por la cantina, por la seguridad, “y acá la consigna es que las cosas sucedan. Si vamos a poner muchas reglas que obstaculicen eso, las cosas no suceden”, explica Carlos. Aunque parezca un detalle mínimo, dice, lo de no cobrar entrada a los espectáculos (o cobrar, pero el que no pueda pagar entra igual) tiene que ver con discutir las estructuras hegemónicas, con discutir el derecho al acceso, “estamos generando otra clave cultural”.

“Detrás de esto está el cambio social, nosotros creemos que de verdad podemos cambiar el mundo. ¡Y eso que estamos grandes!”, bromean Carlos y Marcos, entre los treinta y tantos o los cuarenta y poco. Y las cosas se cambian desde la práctica, “vos cambias tu lugar y después la onda expansiva nunca sabés hasta dónde llega”.

Carlos cree que la esencia que los define es ser un grupo de jóvenes que busca un espacio de militancia que antes no existía. “En los espacios partidarios se desperdicia mucha energía para no hacer nada, nada más que pelear lugares de poder para luego tampoco hacer nada, porque terminás limitado por otros poderes”, opina. En cuanto a la radio, todos creen que la práctica de lo comunitario es de las políticas más contundentes.

Mantenerse en el tiempo es un objetivo (“la constancia de estar generando un cambio también hace al cambio”), sostenerse pero en esa forma horizontal de organización, mejorar el espacio, hacer camerinos, una biblioteca comunitaria, que la radio se siga ampliando por Internet, ser generadores de opinión y contenidos. Y lo principal: que sigan llegando otros colectivos. La gente nueva trae cosas nuevas.

“¡Hasta acá llegamos! ¡Sigan con la programación de la Espika FM!”, levanta la voz el conductor cerrando su programa dominical en el estudio de al lado.

Más hacer

El programa Colectivos ya lleva 29 viernes al aire en Radio Pedal, otro colectivo en sí mismo. “Algunos quieren alcanzar la pureza del espíritu, otros generar dinero, algunos aportar a la cultura, otros un lugar donde vivir, algunos buscan bienes comunes, todos coinciden en que solos no lo lograrán, todos se asumen como seres gregarios y entienden que cooperar es la forma de llegar”, dicen en su web.

Valentina Machado, conductora del programa, entiende que lo que los motiva siempre es una especie de acción directa: la solución de problemas concretos, el tener un espacio físico para mostrar lo que hacen, o poder laburar de lo que hacen, “como el menos esperar y el más hacer”.

“Los jóvenes están buscando otros tipos de militancia”, sostiene, y sobre las edades promedio agrega que “hay muchos de 20 a 30, pero sobre todo de 30 a 40, jóvenes adultos. Y en su mayoría vienen con la experiencia de haber laburado en otros procesos anteriores”.

“La cantidad de colectivos que hay es realmente sorprendente”, resume Valentina, “tenemos programa para rato”.

Con el sociólogo Sebastián Aguiar1

Potencia

“Hay cada vez más nuevos espacios colectivos, y esto va a crecer como pasó en España y Brasil. Realmente hay potencial y gente muy creativa.

La cultura entendida como un lugar bisagra entre juventud, activismo, y desarrollo de nuevas expresiones artísticas, tiene algo de cursi y sagrado, de llamita que hay que incentivar. Y es muy difícil hacerlo, porque este componente de autogestión los vuelve muchas veces reacios al Estado. Sin embargo, es una responsabilidad darles oportunidades, generar plataformas de recursos para ellos, herramientas, sin que eso los obligue a claudicar o que se agote su ánimo. Lo más valioso es el potencial de generar acontecimientos que tienen esos lugares.

En el mapa de los movimientos sociales, definitivamente estos colectivos se colocan en otro lugar. Hablan de una disputa contrahegemónica, plantean iniciativas potentes, pero falta mucho para conceptualizarlos. ¿Cuándo escuchaste a los medios de comunicación, al FA o al Pit-Cnt hablar de esto?”

  1. Especialista en sociología urbana y juventud.

 

 

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