Los límites de la resiliencia

Acaba de publicarse “Salud, nutrición y desarrollo de la primera infancia en Uruguay”. No es una “foto”, sino la primera escena de una película que continua rodándose, pues los encuestadores ya están reuniendo una nueva ola de datos sobre los niños que la protagonizan, tres años después de la primera visita.

Foto: Juanjo Castell

La musculosa le llega bastante más abajo de la cola pero como la bermuda no termina muy lejos del suelo la estampa tiene su elegancia. La “percha” de este atuendo es un cuerpo delgado, que está cerca de alcanzar el metro, y termina en una cara contenta de estar llegando a la playa, con dos ojos redondos y oscuros, chispeantes. Marcelo se llama, y entra este año en la escuela “del Molino”, allá en camino Cibils.

Viene a ser uno de los más grandes en el conjunto de niños cuyo trayecto investiga la Encuesta de Nutrición, Desarrollo Infantil y Salud, que la semana pasada divulgó sus primeros resultados.1

Por el deleite con que Marcelo ingiere sus “nachos” mientras baja los escalones de granito que lo conducen hacia la arena, uno tiende a pensar que, al menos en lo que tiene que ver con la alimentación, la encuesta da en el clavo.

Como protestan casi todos los abuelos, los productos de copetín, golosinas y refrescos estarían ocupando un espacio excesivo en la dieta de los más chicos en desmedro de frutas y verduras. La desnutrición es un problema cada vez menos importante en términos numéricos (aunque Chile demuestra que se puede estar todavía mejor). Sin embargo, en las edades que investigó la encuesta, mientras uno de cada 20 niños presentaba una talla disminuida respecto a su edad, más del doble padecían sobrepeso o incluso obesidad. Otros estudios realizados en niños de 11 años hallaron este problema en uno de cada cinco.

Y esa nueva dieta sería una de las causas. Aburrirá la reiteración de la queja, pero parece que aún no ha sido oída en todas partes: aunque en el carné que el Ministerio de Salud provee a cada niño diga con toda claridad que no se debe agregar sal en la comida de los menores de 2 años, la mitad de las familias confiesa que la agrega en los platos de los que todavía no cumplieron 1.

Este es uno de los aspectos en que la encuesta muestra cambios. Uruguay avanza rápido en esa transición epidemiológica que impone atender a estos excesos. El país ha sido rápido también para procesar la transición demográfica, que llevó la fecundidad a 1,9 hijos por mujer. En la encuesta casi el 100 por ciento de las mujeres dijo conocer métodos anticonceptivos y el 75 por ciento afirmó usar los modernos (píldoras, preservativos, Diu y esterilización, en ese orden). En esta materia ni la educación ni los ingresos determinan variaciones significativas.

No pasa lo mismo cuando los investigadores analizan los nacimientos “no planeados”, que son el 45 por ciento: “lejos de estar distribuidos aleatoriamente (…) son más probables en un perfil determinado de mujeres (…): muy jóvenes, pertenecientes a hogares con ingresos bajos, que no viven en pareja y que ya habían tenido hijos”, consigna el estudio.

Y hay cambios menos ambiguos, festejables sin objeción: esta encuesta revela avances en la captación temprana de las embarazadas por el sistema sanitario, que además son mayores entre las madres adolescentes. El 80 por ciento de las madres se controló nueve o más veces durante el embarazo. “Este patrón –se lee en el documento– se asemeja al de varios países de la Ocde, en los que las visitas prenatales superan el número aconsejado por los sistemas de salud.” En otra de estas transformaciones algún mérito nos cabe a los varones: la encuesta y los datos del sistema sanitario coin­ciden en que cerca del 80 por ciento de los papás entraron al parto.

—Mi papá se llama Mario y es oficial herrero –dice muy serio Marcelo, que ya tragó sus snacks.

Silvana, la mamá del niño, cuenta que sí, que Mario entró al parto “y no se desmayó”.

MONÓTONA Y CRECIENTE. Claro que hay demasiadas cosas que siguen igual, y para mal. La pesquisa no sólo deja constancia sino que intenta entender cómo suceden algunas de ellas, obteniendo resultados especialmente valiosos, para empezar, por el gran número de casos en que se basan.

Esta investigación intenta acercarse al modo en que los niños son criados, indagando sobre las creencias que los padres tienen sobre el modo correcto de hacerlo, la descripción que hacen de los procedimientos que utilizan y la medida en que son efectivamente ellos, los dos, los que toman las decisiones respecto a los más chicos.

“A los hijos, una buena paliza de vez en cuando les hace bien” fue una de las afirmaciones que surgieron cuando se recogió la opinión de los padres sobre el empleo del castigo físico. Una mayoría bastante amplia discrepó, sobre todo en Montevideo, pero en hogares de cinco o más personas la mitad se manifestó de acuerdo.

Una fórmula menos convencida de la virtud del cachetazo (“Muchas veces los caprichos de los niños terminan sacando de las casillas y se termina pegándoles y gritándoles”) resultó aceptada en la mitad de los hogares del quintil de ingresos más bajo, pero aunque las adhesiones a la sentencia disminuían mientras mayores eran los ingresos, aun en el quintil más alto encontró un 30 por ciento de partidarios.

Mucho menos extendida parece la idea de que haya que brindar un trato diferente según se trate de un niño o una niña. Sólo uno de cada diez padres concordó con eso. Hay explicaciones que parecen obvias: mientras el 30 por ciento de los padres con menos de siete años de educación creían que había que discriminar, entre los que habían estudiado más de doce años prácticamente ninguno lo creía. También hay mecanismos menos obvios: las ideas discriminatorias son más comunes donde falta el padre y hay más gurises a criar.

Con información de este tipo los investigadores clasificaron situaciones que ofrecían grados distintos de riesgo. De acuerdo a esta operación, el 48 por ciento de los niños tendría un riesgo bajo o muy bajo de ser criado de acuerdo a ideas del tipo de las arriba mencionadas, mientras que un 35 lo padecería en alto o muy alto grado. Otra vez aparecen las correlaciones esperadas: más de la mitad de los hogares donde viven menos de cinco personas puede considerarse de bajo riesgo en este sentido, pero en los más poblados estos no llegan a ser la tercera parte. También hay resultados que algunos insistirían en discutir, como que en Montevideo, en términos de prácticas y creencias sobre crianza, los pequeños corren menos riesgo que en el Interior.

E incluso hay de esos resultados que, de apurados nomás, llamaremos curiosos: la mitad de los padres que sostuvieron que el destino de las personas depende de su suerte manifestaron también las ya expuestas “ideas peligrosas” para la crianza de sus hijos. Esta proporción resultó apenas menor entre los que afirmaban que la vida dependía del trabajo duro pero fue significativamente más reducida (25 por ciento) entre los dispuestos a aceptar que ambas fuerzas tallan.

La suma total da lo de siempre: “el riesgo se incrementa a medida que las privaciones crecen”, se lee aquí. Como dicen los estadísticos, es una relación monótona y creciente. Se muestra respecto a los ingresos: los niños del 40 por ciento de los hogares del quintil de ingresos más elevado encuentra riesgos muy bajos de cruzarse con prácticas de crianza inadecuadas, cosa que sólo sucede en el 7 por ciento del quintil de ingresos más modestos. La educación pesa todavía más (el guarismo llega al 45 por ciento cuando hablamos de más de doce años de estudios o baja al 5 por ciento cuando hablamos de menos de siete). La influencia del riesgo alto se triplica entre los niños que no viven con su padre.

EL SESGUITO. “En principio hemos hecho un estudio sólo descriptivo”, advirtió el psicólogo Peter Fitermann, integrante del equipo de investigadores, cuando se le pregunta sobre el alcance de lo obtenido en materia de desarrollo de los niños. “Determinamos frecuencias, entendemos dónde estamos parados. Analizando estas bases con la psiquiatra Gabriela Garrido pudimos confirmar que el autismo incide en un 1 por ciento entre el año y medio y los 3 años, por ejemplo”, explicó Fitermann.

Aunque el psicólogo insiste en que ir a fondo en las causalidades requiere seguir trabajando con los datos y esperar a las nuevas olas, admite que ha visto algunas correlaciones: “Por ejemplo, que niñas de hogares cuyos padres piensan que lo mejor es criarlas para las tareas del hogar y no hablar mucho y no discutir mucho y no pelear y no salir a la vereda, luego tienen peores desempeños cognitivos”, sostiene.

También da por probado que “los niños crecen mejor donde no hay prácticas punitivas, cuando se les explican las cosas, cuando los padres trabajan, que se desarrollan mejor y más rápido con mejores ingresos que con peores ingresos”.

—¿Esto no era obvio?

—No, no. Muchas veces creemos alegremente que todos los niños se crían igual. No todos tienen el mismo desarrollo motor, cognitivo, comunicativo, y los ingresos impactan. A mí también me pareció que iba a encontrar una relación entre desarrollo e ingresos más “democrática”. Vengo de la clínica, donde no ves a los niños del primer quintil, que recién están llegando al sistema de salud. Y acá ves estas vulnerabilidades que en la facultad no estudiás: en cinco años de carrera y tres grados de posgrado en infancia sólo recuerdo alguna clase de Víctor Giorgi sobre las alteraciones del desarrollo de los niños en condiciones de pobreza.

­Específicamente el estudio relaciona positivamente el nivel de ingresos y la asistencia a instituciones educativas con la motricidad fina, la capacidad de resolución de problemas y de comunicación. Pero ¿se agravan con la edad las desigualdades en el dominio del lenguaje?

—Diría que se abre el abanico de variaciones. Tenemos más cosas que observar en un niño de 3 años que en un bebé de meses. Que las podamos observar mejor no quiere decir que no estuvieran en el bebé. Las diferencias, es cierto, se hacen más notorias, más abrumadoras, pero concluir de ahí que hay niños que mejoran y otros que empeoran merece una discusión –precisó el investigador.

Hay algo en lo que los ingresos parecen no influir. Lo grita el rostro de Luis Suárez desde cada rincón de este país. “La única variable que vimos distribuida de forma homogénea fue la motricidad gruesa. Uno viviendo en Uruguay piensa en el fútbol, pero sería mejor pensar en el juego”, comentó el psicólogo.

Algo que presumían, y Fitermann considera confirmado, es que los tests Eedp y Tepsi (usados profusamente en la educación inicial) no iban a funcionar. ¿Por qué?

—Dan demasiados falsos positivos. Un test que te da que la mitad de los niños tiene valores anormales no puede estar bien. Por eso paralelamente se aplicaron también tests más recientes (Asq-3 y Asq-se) que confirmaron las expectativas, positivas en este caso.

Preguntado por lo que no esperaba encontrar, Fitermann explicó que “la tradición en Uruguay en estudios de desarrollo infantil sostenía que había entre un 25 y un 30 por ciento de los niños en riesgo o en retraso, y no fue eso lo que hallamos. Todavía estamos aprendiendo a leer estos datos pero en estas edades nos encontramos valores similares al Primer Mundo en muchos aspectos. No podríamos comparar con resultados de 20 años atrás porque ni usamos los mismos instrumentos ni se trató de las mismas poblaciones. Pero incluso cuando usamos los mismos instrumentos, como Tepsi y Eedp, encontramos mejores resultados. Hay como un sesguito…Pero las nuevas oleadas lo dirán. Los problemas estarían en la capacidad de resolución de problemas cuyos valores negativos se disparan en torno a los 3, 4 años. A nivel de psicopatología me sorprendió el bajo nivel de sintomatología que encontramos en estas edades”, concluyó.

EL TARJETAZO. Hay algún número que al menos genera dudas, por ejemplo la discordancia que el estudio encuentra entre la cantidad de familias que se perciben en situación de inseguridad alimentaria y las definidas como indigentes: “la proporción de niños en hogares que experimentan inseguridad alimentaria severa (4,4 por ciento) fue superior a la prevalencia de la indigencia en ese grupo (2,2)”, sostiene el documento.

Es decir que los 2.805 pesos por cabeza, donde el Ine fija la línea de indigencia, podrían estar siendo insuficientes para que alguien se alimente bien, o dicho de otro modo: aquellos que no tienen suficiente para alimentarse podrían duplicar lo que sugiere el porcentaje oficial de indigentes.2

Por otro lado la encuesta marcó que el 3 por ciento de los hogares uruguayos padece hacinamiento, pero entre las familias que tienen hijos chicos lo sufre una de cada cuatro, y si además se trata de una familia pobre, la probabilidad de vivir sin espacio suficiente se duplica. En el aséptico lenguaje del estudio hay hacinamiento cuando “el cociente entre el número de integrantes y las habitaciones disponibles –excluyendo baño y cocina– da más de dos”.

Pero al menos a este periodista la temperatura le sube cuando se ve el alcance de las transferencias monetarias que tanto preocupan a varios. La tarjeta alimentaria que provee el Mides sólo alcanza al 40 por ciento del quintil de ingresos más bajos, al 17 por ciento de los niños con retraso de talla. Alcanza a muchos que manifiestan inseguridad alimentaria leve pero sólo al 39 por ciento de los hogares que la padecen severa.

—Esclarecer qué está sucediendo con estas personas que parecerían tener problemas nutricionales y no están cubiertas me parece importantísimo –señaló la economista Andrea Vigorito, coordinadora de la investigación. “Las razones de que suceda y las soluciones pueden ser muy distintas, pero hay que entenderlo bien”, puntualizó.

  1. “Salud, nutrición y desarrollo en la primera infancia en Uruguay. Primeros resultados de la Endis”, Grupo de Estudios de Familia (Wanda Cabella, Mauricio da Rosa, Elsa Failache, Peter Fitermann, Noemí Katzcowicz, Mercedes Medina, Juan Mila, Mathías Nathan, Ailin Nocetto, Ignacio Pardo, Ivone Perazzo, Gonzalo Salas, María Celina Salmentón, Cecilia Severi y Andrea Vigorito), Montevideo, 2016. Disponible en la página del Instituto Nacional de Estadística. (Véase Brecha, 17-VII-15.)
  2. El monto corresponde a Montevideo.

 

Sobrepeso infantil

Asunto gordo

Gustavo Laborde*

Aunque la obesidad en general, y por lo tanto también la infantil, se haya asociado inicialmente a las sociedades ricas e industrializadas, ya se sabe que también la hay en las subdesarrolladas, aunque las causas son diferentes. Hay estudios antropológicos en Argentina sobre la obesidad en la pobreza que demuestran que con dietas ricas en harinas, grasas y azúcar se dan al mismo tiempo obesidad y desnutrición. Las causas de la obesidad son múltiples. Para el caso infantil existe una serie de estudios que la vinculan con los mass media . Es importante señalar, según las investigaciones, que el uso de un medio no excluye el uso de otro. Por ejemplo, el uso de la computadora no desplaza el uso de la televisión. Cada vez hay más medios: teléfono celular, plataformas de videojuegos, etcétera. Por allí se propalan mensajes publicitarios que alcanzan tanto a niños como a padres y trasmiten mensajes variados. Como en toda publicidad, utiliza el éxito, la felicidad y el reconocimiento como asociados al producto. En el caso de la comida se agrega uno más: la medicalización de los alimentos, que promueven falsas ideas sobre mágicos beneficios de ciertas comidas.

El tema es complejo porque se da dentro de un conjunto de fenómenos asociados. Hay etnografías que demuestran que cada vez más quienes deciden lo que se va a comer en la casa son los niños: para evitar conflictos, sobre todo luego de la fatigosa jornada laboral, y por las nuevas concepciones sobre la educación de los niños, la comida se decanta por aquella que es más aceptada por ellos.

También hay estudios etnográficos que vinculan los saberes culinarios con la obesidad. La cultura es paradójica: al mismo tiempo que está cada vez más de moda cocinar, cada vez se cocina menos. Las comidas preparadas, el delivery y otras facilidades actuales hacen que muchas personas ya no dispongan de conocimientos culinarios, lo que significa una pérdida de conocimientos sobre los alimentos. Hace poco una persona muy aficionada a la remolacha me dijo que nunca había visto una cruda (“acá en Barcelona se las vende cocidas, peladas y envasadas, listas para comer”). Yo no estoy muy seguro de esta relación, pues se puede saber cocinar muy bien y no necesariamente hacer comida equilibrada, y al revés: se puede no saber cocinar y comer balanceadamente.

Hay otro aspecto importante en esto: el papel de los nutricionistas. No lo han estado haciendo bien. Incluso en algunos casos lo hacen rematadamente mal: hay estudios que vinculan el papel de los nutricionistas, que son reproductores de ideología y estereotipos, con patologías alimentarias como la anorexia y la bulimia. Desde hace tiempo los antropólogos señalan que la alimentación no es un mero hecho biológico, sino antes que nada y sobre todo social. Sé que muchos nutricionistas están cambiando y ya no hablan en términos de proteínas, lípidos, glúcidos, porque la gente no piensa la comida en esos términos, sino en platos y menúes.

Hay antropólogos especializados en este tema que han señalado que las políticas preventivas hasta ahora han sido poco eficaces porque hay que manejar una concepción de la cultura y la alimentación menos limitada. Si se pretende mejorar la alimentación, hay que saber más sobre las causas y las consecuencias de los diversos modos de vida y de las maneras de comer que la acompañan. Hasta hoy se ha puesto el énfasis en la educación nutricional. Y la educación nutricional se ha entendido como proporcionar información orientada a lograr una dieta equilibrada. Pero la cosa no funciona así de simple. Muchos estudios muestran que no existe una correlación entre mayor información nutricional y mejora de los hábitos alimentarios. La certeza científica no es una razón suficiente para asegurar el éxito de las recomendaciones de los expertos. La salud no es la única motivación para alimentarse, ni para hacerlo de determinada forma. Los comportamientos alimentarios no son fácilmente normalizables. La alimentación está pautada por sus circunstancias y contextos. Además hay que tener en cuenta las necesidades más inmediatas y cotidianas, y las fórmulas más pragmáticas y simples para resolverlas: sociabilidad, ingresos, cuidados, identidad y otras cuestiones muy personales. Sin eso no se hará un buen diagnóstico, y condena al fracaso cualquier campaña preventiva.

*    Antropólogo especializado en alimentación. Autor de El asado. Origen, historia, ritual, Ebo, Montevideo, 2010 (primera edición).

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