Los lugares comunes - Semanario Brecha
Cultura Suscriptores

Los lugares comunes

El escritor francés Georges Perec construyó una de las obras más singulares e inclasificables de la literatura moderna. Entre notables juegos formales que desafían al lector, sus libros se lanzan a la búsqueda de un lenguaje que alcance la verdad detrás de las cosas aparentemente insignificantes.

El olvido, al principio, fue una necesidad vital. A los 5 años, Georges Perec (1936-1982) vivía con sus tíos en el sudeste de Francia porque su padre había muerto en combate contra los alemanes, primero, y su madre había sido capturada y conducida a Auschwitz, poco después. Que era hijo de judíos polacos, que su verdadero apellido era Peretz, que entendía el yiddish y el alfabeto hebreo, que su madre lo había metido a bordo de un convoy de la Cruz Roja para sacarlo de París prometiendo alcanzarlo más adelante pero nunca había vuelto a verla. ¿Cómo explicarle a un niño de 5 años que todo eso, su propia historia, ahora estaba prohibido? Que era francés hijo de franceses, que su apellido era Perec y de origen bretón, que siempre había vivido con sus tíos en Rhône-Alpes. Esa era su nueva histo...

Artículo para suscriptores

Hacé posible el periodismo en el que confiás.
Suscribiéndote a Brecha estás apoyando a un medio cooperativo, independiente y con compromiso social

Para continuar leyendo este artículo tenés que ser suscriptor de Brecha.

Suscribite ahora

¿Ya sos suscriptor? Logueate

Artículos relacionados

Edición 2106 Suscriptores
Vecinos de Paysandú y Colón cuestionan la instalación de HIF Global

Algo huele mal en el río

Cultura Suscriptores
El hidrógeno verde y sus dilemas

Un laboratorio

Edición 2106 Suscriptores
Ante la guerra, el gobierno ajusta los combustibles antes de lo previsto y por debajo del PPI

Suba amortiguada

Edición 2106 Suscriptores
Con Thiago Ávila, de la Flotilla Sumud de ayuda a Gaza

«Si dividen a los pueblos, es más fácil dominarlos»

Edición 2106 Suscriptores
Los entresijos de la «ayuda humanitaria» a Cuba

El cuello de botella de la solidaridad