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Los sentidos de la batalla cultural

En Argentina, la consolidación del kirchnerismo como gobierno “progresista” y su énfasis en la “batalla cultural” instaló nuevas problemáticas y paradojas que generaron desgarramientos dentro del campo intelectual, expresando posiciones cada vez más antagónicas.

Son los debates en relación con los procesos de cambio y las revoluciones realmente existentes los que suelen poner en jaque al pensamiento crítico, cuestionando por ende la autonomía de los intelectuales respecto del poder. En tal registro se sitúa, por ejemplo, la revolución cubana, que continúa siendo una suerte de punto ciego para una parte importante de la izquierda latinoamericana. En una línea similar, no son pocos los intelectuales que hoy aparecen vinculados a los procesos políticos liderados por los gobiernos progresistas del continente y que alimentan nuevas obturaciones y puntos ciegos respecto del poder político, silenciando la crítica, frente al peligro “del retorno de la derecha”.

Desde mi perspectiva, estos debates y reposicionamientos trajeron consigo una nueva fractura en el campo intelectual latinoamericano. Así, a diferencia de los noventa, cuando la intelectualidad crítica aparecía alineada en contra del neoliberalismo, el nuevo siglo vino signado por un conjunto de tensiones y contradicciones político-ideológicas de difícil procesamiento. En Argentina, la consolidación del kirchnerismo como gobierno “progresista” y su énfasis en la “batalla cultural” instaló nuevas problemáticas y paradojas que generaron desgarramientos dentro del campo intelectual, expresando posiciones cada vez más antagónicas.

En esta dirección, quisiera destacar dos puntos mayores de ruptura. Uno explícito, mediatizado y específicamente político, que instaló la división en torno a la caracterización del gobierno kirchnerista: acerca de su carácter nacional-popular-progresista (para aquellos que lo apoyan) o populista y antirrepublicano (para aquellos que lo critican); otro más bien silenciado y poco mediatizado, que instala el clivaje en torno al modelo de desarrollo, entre, por un lado, intelectuales que apoyan la dinámica económica neodesarrollista del gobierno, denegando o minimizando las consecuencias territoriales, socioambientales y sanitarias, y quienes se oponen a esa perspectiva; por otro lado, aquellos que critican la consolidación del modelo extractivo así como también el doble discurso del gobierno, visible en su alianza con las grandes corporaciones trasnacionales.

El primer clivaje, de orden político, se manifestó de modo explícito a partir de 2008, con el conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández y las patronales agrarias, por las retenciones a la soja. Dicho conflicto puso de manifiesto el lugar del modelo sojero en la actual estructura económica argentina, al tiempo que fue la piedra de toque para actualizar la narrativa nacional-popular en clave emancipatoria. En ese marco, el gobierno logró la adhesión activa de un grupo amplio de intelectuales y académicos de corte progresista, que se autodenominó Carta Abierta, quienes salieron en defensa de la institucionalidad y realizaron una lectura de las movilizaciones agrarias en términos de “conflicto destituyente” o “golpismo sin sujeto”. Poco después, el debate por la ley de medios audiovisuales (2009) y la muerte inesperada de Néstor Kirchner (2010) terminaron de abrir por completo las compuertas al giro populista, montado sobre el discurso binario como “gran relato”, sintetizado en la oposición entre un bloque popular (el kirchnerismo, el pueblo) y sectores de poder concentrados (monopolios, corporaciones, antiperonistas). Con la reelección de Cristina Fernández (2011), lejos de atenuarse, la polarización político-ideológica fue exacerbándose, al compás del enfrentamiento entre el gobierno y el multimedios Clarín.
Este contexto de polarización cambió el sentido de la llamada “batalla cultural”, visible en la construcción de un aparato cultural-artístico-mediático desde el gobierno. A su vez, la creciente polarización tornaría más compleja la tarea de aquellos intelectuales críticos que buscaban escapar al binarismo y a la simplificación del espacio político, dividido entre sectores prokirchneristas y antikirchneristas.

El segundo clivaje es mucho más marginal y ocupa raramente la agenda mediática, y aglutina a intelectuales que critican la precariedad laboral, la exclusión rural y urbana, y denuncian abiertamente los impactos del modelo extractivista. Ciertamente, desde 2007 en adelante, la explosión de una conflictividad ligada a las políticas de mercantilización de las tierras, donde se mezclan fenómenos como la concentración de la tierra, la expansión del agronegocio, la minería trasnacional y el fracking, y el arrinconamiento y criminalización de comunidades indígenas y campesinas, marcan la profundización de una lógica de desposesión, en una perturbadora continuidad con lo sucedido en los años noventa. En este marco, no es casual que los sectores intelectuales oficialistas tiendan a mantener blindado el discurso frente al carácter nodal de estas problemáticas, negando la responsabilidad del gobierno nacional respecto de la lógica de desposesión que caracteriza a dichas políticas de Estado.

Las últimas intervenciones culturales del kirchnerismo también abonan una línea de desacople entre discurso y realidad. Un ejemplo es la creación de la Secretaría de Coordinación Estratégica del Pensamiento Nacional, en 2014, objeto de numerosas críticas. Sin descreer en la promesa de debate que el titular de la secretaría –Ricardo Forster– lanzó desde los medios, importa subrayar que en todos estos años el oficialismo estuvo lejos de abrir los espacios estatales a la diversidad de posiciones existentes. Si bien hay excepciones (la Biblioteca Nacional es una de ellas), la regla general de la intelectualidad y el funcionariado kirchnerista fue la de reducir esos espacios de participación de la crítica al mínimo, y fomentar el clientelismo cultural.

Por último, hay que destacar que los intelectuales argentinos son bastante gregarios. Desde el período democrático inaugurado en 1983, hubo distintos nucleamientos de intelectuales, cuya ilustración paradigmática fue el Club de Cultura Socialista (1984 -2008), lugar en el cual muchos intelectuales argentinos de la generación del exilio procesaron colectivamente la ruptura con los ideales revolucionarios e incorporaron una visión pluralista (y cada vez más formalista) de la democracia. También fue un lugar con proyección política, ligado al gobierno de Ricardo Alfonsín (1983-1989).

Como ya señalamos, bajo el gobierno kirchnerista (2003-2015) surgió el colectivo Carta Abierta, que en su momento tuvo una gran capacidad de interpelación, pero pronto se acopló de modo complaciente a la agenda del gobierno, ilustrando, con el paso de los años, la consolidación del modelo del “intelectual funcionario”. Sin embargo, en este contexto de polarización nacieron otros colectivos de intelectuales que propusieron debatir públicamente los grandes temas nacionales. Entre ellos está el Club Político, crítico de los diversos populismos y con un discurso de orden republicano, así como Plataforma 2012, que nuclea a intelectuales de diferentes izquierdas, preocupados por los derechos humanos de ayer y de hoy. También el trotskista Frente de Izquierda de los Trabajadores y la izquierda independiente, representada por el Frente Darío Santillán, apelaron al apoyo de los intelectuales.

El “fin de régimen” que aguarda a Argentina de cara a la inevitable alternancia electoral, luego de 12 años de kirchnerismo, revela un espacio intelectual progresista y de izquierdas con demasiadas heridas abiertas y una notoria fragmentación política. Asimismo, la visibilidad que adquirieron diferentes casos de corrupción ligados al gobierno y el afán desmedido por expulsar todo tipo de control interno, en función de una estrategia de acumulación y concentración de poder, terminaron por convertir al kirchnerismo en un modelo tradicional de dominación, ligado al populismo en su versión hegemonista-autoritaria.

* Socióloga, escritora, miembro de Plataforma 2012.

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