Los Tontos, el Gavilán y una película - Semanario Brecha
Afilo mi gillette: una pequeña odisea y un par de historias extraordinarias

Los Tontos, el Gavilán y una película

Hubo un tiempo en que los festivales de rock no eran tan sofisticados como los actuales. Las entradas no se ponían a la venta con meses de anticipación y, cuando ibas a la boletería con los billetes en la mano, lo hacías sabiendo qué bandas tocarían.

Difusión.

En un febrero de aquella prehistoria tuvo lugar el Montevideo Rock II. Desde muy temprano, en los alrededores del Franzini, se había ido juntando una multitud extraña para esa hora del día. Era la efervescencia de los punks, de los metaleros, los new romantics, y los rockabillies llamaban la atención con sus raros peinados nuevos, aunque la gran mayoría iba de civil: championes, vaqueros, algunos con un bucito Burma atado a la cintura (llevate abrigo porque después refresca, mijo, y no te olvides de los documentos).

Los documentos. Llevábamos apenas un par de años de democracia, Antonio Marchesano era el ministro del Interior, los muros decían «No a las razzias» y la Policía mantenía algunos criterios restrictivos sobre la libertad. Con un poco de mala suerte, no llevar cédula podía ser un problema, mientras que un poco de marihuana te ponía a las puertas de la cárcel.

Con mis amigos, habíamos asistido sobre todo por los números extranjeros: Fito Páez presentaba Ciudad de pobres corazones y Charly García, Parte de la religión. El rock nacional estaba representado por las bandas más reconocidas del momento. Entre otros, actuaron Los Estómagos, los Traidores y, por supuesto, Los Tontos.

Estos últimos solo pudieron tocar tres o cuatro canciones, por una lluvia de objetos que se desató casi desde el primer acorde. Para la banda fue el cierre de un ciclo vertiginoso, de un éxito que desbordó el ambiente del rock y se transformó en un fenómeno mainstream. Porque si hay un nombre emblemático para aquella movida de la salida democrática es el de Los Tontos. Por la enorme popularidad que alcanzaron, por su carrera acotada a esos dos o tres años bisagra del país y por un estilo que iba a contramano de casi todas las demás manifestaciones del momento.

A diferencia de las demás bandas, Los Tontos no parecían tomarse demasiado en serio a sí mismos. Sus letras rondaban el absurdo como herramienta para la crítica, mientras en su sonido aparecían las influencias de Police, el punk y el rock español. Con esos ingredientes lograron lo que nadie hasta ese momento. Discos de oro, platino, presencia permanente en la radio, un programa propio de televisión y giras por Argentina y sobre todo Chile, donde provocaron una especie de tontomanía que los sorprendió al desembarcar en Santiago, con tapas de revistas y fans enloquecidos.

Seguramente, por entonces los integrantes de la banda estaban demasiado ocupados como para saber que, en algún lugar de Montevideo, un niño de 6 años incurría en conductas extrañas por su causa.

«Para mí eran como los Beatles», dice el tipo sentado frente a mí. «De chico aporreaba una batería improvisada con latas y cantaba todas las canciones que sonaban en la radio. Me sentía una mezcla de Renzo y Trevor.» El Gavilán evoca con cariño aquella fiebre, tal vez uno de los motivos que lo llevaron a dedicarse a la música. Hoy es guitarrista, cantante y compositor con una carrera solista y varios discos editados.

* * *

Quedamos en encontrarnos en un bar y, teniendo en cuenta que la última vez que nos habíamos visto, en la Sala Zitarrosa, él llevaba un top y medias de red, no quise desentonar y me presenté con una vincha y el pelo en forma de palmera. Él, sin embargo, llegó vestido de lo más normal, pero aun así noté algo que quien ha tenido contacto con músicos percibe de inmediato. El Gavilán es un líder de bandas, el tipo de persona capaz de arrastrar a sus compañeros a aventuras inciertas y proyectos descabellados.

«Lo del homenaje a Los Tontos fue una locura, un proyecto muy ambicioso. Ensayos, producción. Además, por la banda pasaron un montón de artistas, de los más grandes del medio. Coordinar todo eso fue una locura. No dormía. Me enfermé. Pero todo terminó saliendo bien, a tal punto que sacamos el disco en vivo. Yo había grabado el concierto para mí, pero quedó tan bien que terminó editado por Bizarro.»

El Gavilán hace una pausa, seguramente ha contado esto otras veces: «Un par de años más tarde, la apuesta fue reunir a Trevor y Calvin, los sobrevivientes de la banda, que llevaban años en el exterior, y realizar el show Los Tontos 2.0. Fue un viaje contactarlos, contarles la idea. Una locura».

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El documental Afilo mi gillette retrata, por un lado, estos eventos y, por el otro, recupera la memoria de aquellos años, con material de archivo e inéditos de Los Tontos. Fue producido por Ignacio Juansolo y Juan Meza para Ska Films. «El hilo conductor de la película es el homenaje que yo les hice. A partir de ahí contamos la historia de la banda, con material audiovisual que se encontró en el escaso archivo de la época. Hubo un trabajo de producción y de búsqueda para tener imágenes inéditas.»

No es el típico documental de personas que se sientan y hablan, sino que muestra un proceso en el que ellos se reúnen para reencontrarse con su público 37 años después, intercalado con imágenes que muestran cómo era Uruguay en aquellos tiempos, lo que significó Los Tontos entonces. Tiene una carga emotiva muy linda, tanto para quienes vivieron la época como para las nuevas generaciones.

Me disculpo por pedir otra coca y el Gavilán me tranquiliza. «No te preocupes. Calamaro sostenía que hay que tener al menos un par de vicios», dice, y me deja más preocupado que antes. Cambia de tema y habla de la odisea para conseguir material audiovisual de aquellos años: «La tía de Baroncini, que hoy tiene 99 años y es una belleza de persona, grababa en VHS cada vez que su sobrino aparecía en la tele. Ese hallazgo fue oro para el proyecto».

Ya terminando la conversación, comparto con él aquel recuerdo del Montevideo Rock. «En realidad, no fue lo que causó la disolución de la banda. Ya había diferencias internas. Lo que sí existía en el ambiente musical era cierta condena al éxito. Algo como: ¿por qué les pasó a ellos y no a nosotros? Desde el canto popular se los veía extranjerizantes; para los roqueros eran muy blanditos. Pero eran una tremenda banda. Trevor (Leo Baroncini) es un baterista que admiro desde siempre. El sonido, ese aire entre golpe y golpe que no todos los bateristas tienen, al estilo Ringo Starr. Lo de Calvin también es excelente. Cuando fuimos a ensayar para el homenaje, las guitarras eran mucho más complejas de lo que parecían. Y Renzo cantaba como los dioses. La voz más linda del rock uruguayo, para mí. Además, lo veían como una estrella, tenía su imagen, los lentes, la forma de pararse, era precioso. Y aun así, como se muestra en la película, eran…»

El Gavilán se pasa la mano por el bigote, pensativo. Tiendo a respetar a la gente que usa bigote. No deja de ser una propuesta estética arriesgada. Al final encuentra las palabras. «Eran tres amigos que se divertían haciendo música, personas comunes a las que les pasó algo extraordinario», termina diciendo, y yo agregaría a un cuarto amigo. Uno que empezó golpeando latas, imitando a sus ídolos de la radio, y terminó tocando con ellos y haciendo una película. Eso no es menos extraordinario.

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