“Los transgénicos son una herramienta más pero no la única”

En entrevista con Brecha, el ingeniero agrónomo Ariel Castro explicó por qué la biotecnología no es la solución a todos los problemas productivos del país y las complicaciones a la hora de aplicarla.

Ariel Castro. Foto Nairí Aharonián -UCUR

—¿Por qué afirma que la biotecnología no siempre es la mejor salida a un problema de desarrollo?

—Alguna gente supo vender la idea de que era la única forma de enriquecer productos. Hay personas en la Anii que piensan que todo se resuelve exitosamente, como Apple o Google en su área, y olvidan que estas empresas son excepciones y hubo dos millones que lo intentaron y no resultó.
La biotecnología es una cuestión de números de gran escala. Para desarrollarla es preciso un laboratorio y hacer muchas pruebas, para las que se necesitan herramientas, que puntualmente pueden ser accesibles pero en conjunto son cada vez más costosas y complicadas. A su vez hay una pared de patentes, por lo que cualquier cosa que quiera hacerse en transgénicos tendrá 25 o 250 patentes atrás que habrá que pagar si se quiere desarrollar comercialmente. En biotecnología sucede lo que en informática: si a una persona se le ocurre una buena idea y desarrolla una patente, enseguida aparece una empresa grande que lo contrata. Desde el costado estrictamente tecnológico el trabajo está ligado a un desarrollo constante y costoso, por eso es que funciona en las cadenas de gran escala.

Por otro lado, muchos de los aparatos que se usan tienen corta vida útil, lo cual representa un problema. Supongamos que invertimos de 200 a 500 mil dólares en un equipo que está pensado para funcionar tres años secuenciando sin parar, produciendo datos que después tendrás que lograr procesar. Entre la elección del aparato y su llegada perdiste entre un año y un año medio. Luego es necesario al menos medio año más para manejarlo bien. Durante ese tiempo hay que invertir, por ejemplo en reactivos que salen mucho más caros que en Estados Unidos y no se usan como servicio sino para formar gente. Finalmente se termina usando a fondo un año de su vida útil.

En Uruguay hay varios secuenciadores y sus dueños están en un lugar de poder frente al resto. Mientras en el Instituto de Genómica de Beijing hay miles funcionando y los cambian cada dos años. Notoriamente estamos parados frente a un problema de escala.
Además del valor de patentes y equipos, ¿qué otros costos aparecen a la hora de investigar?
—La genómica estructural (se ocupa de la estructura de los genes dentro del genoma) es una cadena que tiene tres patas. La primera son los datos genéticos o marcadores, otra son los datos fenotípicos o la evaluación de planta o parcelas, y la otra son los programas de bioestadística. La parte genética a medida que avanza baja costos, mejorando la capacidad y permitiendo que cada vez se obtengan mejores datos, al punto que hoy el problema es procesarlos. La parte estadística, por cómo han sido financiados muchos proyectos en países del Primer Mundo, es de acceso libre, mediante software libre continuamente mejorado. En cambio, la parte fenotípica es la única de las patas que no ha bajado el costo, porque es la que requiere trabajar al sol y medir la planta. Se puede hacer cualquier firulete respecto de los genes, pero si no se midieron bien, en una realidad productiva, no lográs resultados. El problema es que cada vez hay menos gente formada que entienda de las plantas, que sepa medir. Un alto porcentaje de la gente que trabaja en genómica no tiene idea de cómo hacer esto, no tienen de idea dónde está la raíz. Por tanto, esta parte, además de complicada, es cara. Y hay otro ingrediente: es poco glamorosa.
¿Quiere decir que quienes egresan no quieren hacer esta tarea?
—Pienso que no quieren abandonar el aire acondicionado. Quieren que otros les consigan los datos, pero esos otros no son tontos. Lo ideal sería un equilibrio, manejar la información de todas las patas con el mismo valor y que se aprecie la parte del trabajo no tan popular. Todo esto sin perder el contacto con la generación de datos, porque eso permite tener una visión física y biológica del margen de error. Cuando no viste nada, todos los números te pesan igual. Hace un tiempo me contaron una anécdota sobre un grupo de muchachos que son excelentes a nivel informático pero que no pisan un campo ni de casualidad. Ellos habían corrido muchos datos sobre arroz y alturas de planta. Ahí había algunos valores fuera de rango que ellos decían que podían provenir de algún genotipo extraño. Otra persona mira esos datos y encuentra que había un valor mal tomado que daba que la planta de arroz tenía seis metros de altura, algo imposible, porque una planta puede llegar como mucho al metro y medio. Fue un simple error de digitación, que mirando los números en forma abstracta no dice nada pero que biológicamente es un disparate.
¿Alcanzaría con ajustes a nivel académico para corregir la situación?
—El problema real es que esto a veces se arrastra a los costos y en las inversiones. El año pasado di la conferencia final de las jornadas de la Sociedad Uruguaya de Genética. El tema tenía que ver con la genética aplicada para solucionar problemas de producción vegetal. Un día hablaron los dueños de los secuenciadores que hay en Uruguay y les pregunte por qué tenía que pagarles a ellos por algo que me sale mucho más caro y demora el doble de tiempo que si lo mando en una plaqueta a uno de los centros en el exterior que se dedican exclusivamente a esto. La respuesta es la idea habitual del desarrollo y la formación de gente. La formación de gente, el trabajo rutinario de correr secuencias, no es lo central, lo importante es analizar los datos. Mientras un secuenciador tiene una vida útil de unos 24 meses, una cosechadora de parcelas, que es un aparato que permite cosechar las parcelas sin mezclar las semillas, provocando un efecto multiplicador en la capacidad experimental, sale exactamente lo mismo y con trato responsable puede durar unos 50 años. Hay una diferencia en el impacto entre una y otra inversión.

Hay cosas dentro de la biotecnología que se pueden hacer en otro lado; de hecho, buena parte de los que trabajamos en el área no procesamos acá porque los costos son muy altos.
¿Esto no impide el desarrollo biotecnológico en el país?
—En absoluto. Lo que pasa con estas máquinas es que implican una inversión enorme al comprarlas, y generan la necesidad de justificar su uso. Sería genial tener un laboratorio con este equipamiento, pero juntando todo el país no se reúne la cantidad mínima de material como para justificar su compra. Uno de los grandes problemas que tenemos con la biotecnología en Uruguay desde el principio es sobreestimar la importancia de estos aparatos con respecto a los resultados. Pero hay que entender que los secuenciadores se inauguran y los resultados científicos no.

Tuve un profesor que decía que los transgénicos eran una solución buscando un problema a resolver. A partir de esto, frente a un problema mucha gente lo primero que planteaba era resolverlo con transgénicos. Y en realidad éstos son una herramienta, pero no la única. Estoy totalmente de acuerdo con capacitar gente en su uso y con formar personas en el manejo ambiental (bioseguridad), pero después utilizarlos es una cuestión que depende de cada caso.

Desarrollar un transgénico en Uruguay sale millones de dólares. Hay que hacer todas las pruebas de inocuidad, implica patentarlo en Estados Unidos o en Europa, realizar todo el camino de las pruebas hasta tener el visto bueno y comenzar la producción. Todo esto que estoy enumerando sólo puede ser viable si se hace a gran escala. Es perverso, pero la campaña de algunas organizaciones que piden medir el impacto y verificar la inocuidad de los transgénicos ha incrementado el costo de generarlos y ha hecho que sólo puedan ser desarrollados por empresas grandes.

En una nota aparecida en Brecha1 un testimonio hacía mención a que la biotecnología estaba relacionada con la evolución en la producción de biocombustibles de segunda y tercera generación. Esto es cierto, pero no en Uruguay. Este es otro tema en donde hay algunos avances a nivel mundial; hay potencialidades, pero implica muchísimas patentes y donde los intereses económicos son muy fuertes. Honestamente no nos veo haciendo punta en el tema.
Hay quienes creen que el desarrollo biotecnológico a la larga traerá beneficios al país. ¿Cuál es su opinión?
—Los productos biotecnológicos hoy funcionan como commodities, como un bien que es producido en masa por el hombre, del cual existen enormes cantidades disponibles en la naturaleza, que tiene valor o utilidad y un muy bajo nivel de diferenciación. El mercado tiende a rechazar los productos transgénicos. Un ejemplo, el mercado de alto consumo de vino: los grandes mercados no compran vinos hechos con uvas transgénicas. Por más que expliquemos los avances que pueden tener, el mercado tiene otra lógica, y cuanto más artesanal sea el proceso más se pagará por esa producción. Uruguay en general no tiene alimentos diferenciados pero cuando en algún producto aparece una diferenciación ves que el producto natural vale más que el transgénico, y los mercados de más poder siguen esta lógica.
No estoy en contra de los avances transgénicos. El fusarium en el trigo es un hongo que aparece cuando hay lluvias frecuentes y alta humedad y genera que la espiga se enferme. Las fuentes de resistencia disponibles son mediocres. Si mañana encuentran que un transgénico soluciona ese problema sin duda hay que incorporarlo, porque es una enfermedad muy difícil de controlar y que además de impactar en la producción genera fitotoxinas altamente dañinas para el ser humano.

Pienso que para desarrollar cultivares no se necesita biotecnología, se precisa mejoramiento. Inia La Estanzuela existe hace cien años y siempre se dedicó a esto.

Está bien que se trabaje y se genere conocimiento, pero decir que algunos temas se resuelven sólo con biotecnología no es tan simple. Tras identificar un problema hay que saber cuál es la solución más simple. Si la solución es genética hay que investigar cuál es la forma más barata y adecuada según los recursos que se tengan, y con estos elementos evaluar, entre todo el abanico de herramientas disponibles para el mejoramiento, cuál es la que más nos conviene: el cruzamiento simple, los marcadores moleculares o la biotecnología. No está bien pensar que como tengo un supermercado de genes tengo que pensar de qué forma los coloco para poder transferir mi patente del gen a la variedad.
¿Uruguay debe seguir apostando al desarrollo biotecnológico?
—Sin duda, pero hay que superar la fascinación por los aparatos. La capacidad más importante es generar gente formada, que sepa analizar e interpretar la información. Después hay que generar proyectos más sistémicos, y con estos problemas lo sistémico no viene por el lado de la biotecnología.

Entiendo que exista una cámara y una comisión de biotecnología para el desarrollo de esta tecnología, pero los problemas productivos hay que analizarlos a nivel de sistemas productivos. Hoy los sistemas productivos uruguayos tienen problemas. Hace 20 años pensábamos que con la siembra directa resolvíamos todo y no fue así. Esto no significa que la siembra directa sea mala, significa que la siembra directa, que es la agricultura continua, en Uruguay no funciona porque nuestros suelos no dan para esto. Hay que tener en cuenta que si se perdió un suelo se tardará muchos años en poder reutilizarlo. Existen otras capacidades biotecnológicas, como el apoyo al mejoramiento, y eso está muy bien. Pero el apoyo funciona si existe mejoramiento.
¿El desarrollo biotecnológico implica exportar más y con mejor calidad?
—Uruguay exporta commodities. Hay algunos cultivos que exportan un producto un poco más diferenciado, por ejemplo el arroz, la cebada, y se han hecho algunos negocios con trigo con ciertos parámetros de calidad. Pero la soja, que en los últimos tiempos es nuestro cultivo estrella, es un commodity. No hay valor genético en un cultivar de soja en Uruguay, nunca se apostó a crear un mercado diferenciado, al menos hasta hoy.
La investigación biotecnológica no va a ir en la soja exportada, va en la semilla. Hoy el valor agregado en la soja no se lo quedan los productores uruguayos, ni el Inia, ni el país, se lo quedan las grandes empresas de semillas porque son las que las desarrollan. La semilla es un producto diferenciado, de altísimo valor y con toda la tecnología. Por eso el que generó ese material es quien se queda con el plus, porque así funcionan las patentes. Si se produce la semilla en el país te quedás con una parte de ese valor, si además es un cultivar desarrollado en el país te quedás con todo el valor. Pero si importás una semilla desarrollada en otro lado no te quedás con nada de eso. Te quedás con la ventaja de rendimiento de ese cultivar respecto de las otras alternativas, menos la diferencia en el costo de la semilla, si la hubiera. Por eso te cobran patentes. Esto no quiere decir que no se genere valor, pero no me vengan con que se exporta conocimiento nacional, al menos por ese lado. Lo contrario es el plan de uso y manejo de suelos, pero ahí no se exporta, se conserva un recurso. Capaz que si pudiéramos certificar ese sistema y reflejarlo en los precios agregaríamos valor.

El agro inteligente no es un concepto tan general. Hay que ver dónde está esa inteligencia. Ya vimos qué pasa con la genética. Lo mismo con las maquinarias, en Uruguay no hay empresas que produzcan sembradoras. Por eso en nuestro país no exportamos casi nada con valor agregado, siempre se lo estamos pagando a otro. Un caso distinto puede ser el del arroz, porque los cultivares más competitivos son nacionales, son programas de Inia.

Además en ese sistema la semilla está certificada. Es la cadena más desarrollada porque realmente genera valor y lo reproduce, más allá de los problemas de mercado que ha tenido.

* Castro es PhD, doctorado en Oregon State University, docente grado 5 de mejoramiento genético de la Facultad de Agronomía y miembro del Sistema Nacional de Investigadores con nivel II.
1. Véase Brecha, “Valor Agregado”, en la edición 1521.

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