Los coristas de Brasilia – Brecha digital

Los coristas de Brasilia

Una ciudad sin esquinas es una ciudad sin encuentros. Quien llega a Brasilia desde un pueblo nordestino o la enorme Rio de Janeiro, al principio se queda pasmado por la falta de sonrisas y saludos en la calle. Los recién llegados de pronto se sienten aislados en una ciudad hostil.

Una ciudad sin esquinas es una ciudad sin encuentros. Quien llega a Brasilia desde un pueblo nordestino o la enorme Rio de Janeiro, al principio se queda pasmado por la falta de sonrisas y saludos en la calle. Los recién llegados de pronto se sienten aislados en una ciudad hostil.

Le pasó a Danilo Alves Rippel, un psicólogo carioca. Le pasó a Antonio Alves Cardoso, un servidor público que vivió en varias ciudades antes de instalarse en Brasilia. Le pasó a varios de sus colegas de la Serenata de Natal, un coro formado por voluntarios que desde hace 36 años recorre en buses la ciudad sin esquinas –que acaba de cumplir 56 años– para desembarcar en las supercuadras del Plan Piloto cantando villancicos.

Quizás, dice Danilo, esa falta de sentido de comunidad de la ciudad sea la razón por la cual tantos llegan a Serenata de Natal y nunca salen. Es un punto de encuentro de gente que, si no fuese por el coro, no cruzaría palabra en una ciudad donde, por tradición, cada cuadra es ocupada por un “sector”: aquí los trabajadores del Banco Central, en esta otra los diplomáticos, más allá los del Senado.

El antropólogo californiano James Holston, que estudió el efecto que Brasilia produce en sus habitantes, dice que la falta de esquinas hace que también falte todo el entramado social que los cruces de las calles hacen posible. No faltan sólo las esquinas –dice– sino las aceras bordeadas por una alineación continua de fachadas de tiendas y residencias, las plazas y las calles mismas. La falta de esquinas, entonces, hace que desaparezca todo ese sistema de interacciones que son la esencia de una ciudad.

No todos los coristas viven en la ciudad sin esquinas, el llamado Plan Piloto de Brasilia, esa parte monumental que vista desde el cielo parece un avión. La mayoría llega de las ciudades satélites, esas que aun cuando nacieron de la planificación, luego se expandieron como cualquier ciudad brasileña y crearon esquinas donde los vecinos se saludan y se pueden reunir para charlar.

En el coro hay especialistas en ballenas y expertos en hornear galletas, funcionarios y profesores, banqueros y químicos, biólogos y una trabajadora social.

En 36 años aquí han llegado padres arrastrados por sus hijos –como Antonio, quien culpa a su hija “de haberme metido en este lío”–, se han formado parejas, como la del regente Leonardo Alves Barbosa y la contralto Natalia Carvalho da Silva. Hay quienes llegaron desde antes de poder cantar, como Vinícius, hijo de Leonardo y Natalia, quien hoy tiene 4 años pero que ha estado en el coro desde la barriga de su mamá; o Vivian, de 15 años, quien llegó en 2004, cuando tenía 3. También están los que llegaron al coro cuando sus hijos estaban solteros y hoy cantan junto con sus nietos, como Socorro Dias, de 65 años e integrante del grupo desde hace 14 (ya hace tres que sus nietos, Davi, de 9 y Sofía, de 8, cantan con ella).

Cada enero se abren las inscripciones. Para anotarse no es necesario haber cantado antes. Luego comienzan los ensayos para aprender técnica vocal, respiración y el repertorio. En 36 años, la Universidad de Brasilia (Unb) fue la patrocinadora y hogar del coro. Este 2016, por la crisis, la Unb se limitó a darles un espacio para ensayar, que luego se perdió, cuando los estudiantes ocuparon la universidad durante una protesta contra las medidas económicas del gobierno.

Así que el coro firmó su independencia. Buscó patrocinadores. Modificó las tradiciones. Ya no se canta hasta las tres de la mañana. Ya no se canta sólo en el Plan Piloto: ahora hacen una pretemporada en las ciudades satélites, para cantar en lugares donde reparten donaciones que sus patrocinadores les entregan (el coro también hace obra social). Ahora comienzan su recorrido en un punto turístico y luego van parando cada cuatro cuadras. Suben y bajan del bus hasta las 11 de la noche. Lo harán hasta el 21 de diciembre, no hasta Nochebuena, como se hacía hace algunos años. La única tradición que respetaron es dejar en el repertorio esas dos canciones que están desde el primer momento: la clásica “Noite Feliz” (que en castellano es “Noche de Paz”) y la brasileña “Boas Festas”, una canción amarga, de alguien que le escribió a Papá Noel y pasa la noche muy triste porque los regalos nunca llegarán. Pese al tema, la canción, de Assis Valente, resulta la más animada de un repertorio lleno de canciones de letras alegres. Los coristas la cantan con sonrisas, tocan campanas, hacen una coreografía y, en el bis, salen de la formación y se mezclan con el público para invitarlo a bailar. Un desorden que no está mal en una ciudad sin esquinas.

*    Periodista ecuatoriana, habitante de Brasilia. En 2015 fue finalista del premio Gabriel García Márquez de periodismo.

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Cervantina

Por Federico Bianchini

La primera vez que leí a Cervantes fue en el secundario, en un aula del Colegio Nacional de Buenos Aires. No recuerdo si estábamos en tercero o cuarto año. Sé que a la profesora, a quien no voy a nombrar, le interesaba bastante poco lo que hacíamos, y leía algún apunte esperando que el griterío que traíamos con nosotros del recreo al menos se apaciguara. Con un compañero que estaba en la otra punta del aula decidimos, en broma, empezar a leer fragmentos del Quijote. Él leía una oración, yo la siguiente. Uno, a los gritos: “Ella, que estaba bien en todo, entendió que había que responder que sí, y así dijo”. El otro, más fuerte: “Sí, señor. Hacia ese reino es mi camino”. Estuvimos así un rato hasta que, no sé si por cansancio o porque la burla nos pareció excesiva (el murmullo decrecía y nuestros gritos contrastaban demasiado con el sonido ambiente, cada vez más calmo), le hice una seña a mi compañero (o él me hizo una seña a mí) y nos callamos. “¿Qué pasa? –nos preguntó la profesora con cara de sorpresa–, si no siguen, va a ser imposible que terminemos el programa.” 

Bianchini es un periodista argentino. Editor de la revista Anfibia.

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El verdadero árbol de Roma

Por Igiaba Scego

El árbol de Navidad está un poco deprimido. La gente lo mira desconcertada. ¿De verdad este año es tan feo y sin adornos? Los romanos y las romanas no pueden entenderlo. Pero, ¿cómo? El árbol de plaza Venezia fue el más hermoso y extravagante de Italia, ¿cómo es posible tanta decadencia? Así que los ciudadanos de Roma, pálidos dobles de un pasado glorioso, se sienten incómodos en sus zapatos. En el mundo, Roma es Julio César, Octavio Augusto, Julio II y, por pasar al arte, Roma es la ciudad creada primero por Miguel Ángel y después por Bernini. ¿Qué ha quedado de todo eso? ¿Qué hemos logrado conservar?

Las piedras, los monumentos están aquí, por suerte… pero el alma, me pregunto, ¿todavía permanece el alma de Roma? Ya no logran reírse de sí mismos los romanos; Alberto Sordi y su autoironía parecen estar a años luz de distancia. El árbol está torcido, sin adornos. Espejo de los escándalos que están golpeando a la nueva administración de la alcaldesa Virginia Raggi. La gente no está contenta. “Al menos el árbol lo podrían haber hecho un poco más decente.” Esos adornos tan miserables y decadentes dañan el corazón del romano. Hace tiempo ya que la ciudad está en las garras de la mafia y la corrupción. En las garras de las ratas, de la mugre y de los ómnibus que no pasan. Roma parece cada vez más fea, sucia y malvada.

Conviene caminar un poco, alejarse de la plaza Venecia y del árbol que la alcaldía no ha sabido gestionar. Entonces los pasos nos llevan por Via Nazionale y después, como por arte de magia, a la estación Termini.

Aquí hay otro árbol, más modesto pero pleno de alegría. En él los romanos y las romanas, de cualquier color y religión, pegan con un post it o una hoja de cuaderno sus pensamientos, sus deseos, sus buenas intenciones. Lo hacen también los turistas, los viandantes, los inmigrantes. Cada uno con un pequeño gran sueño que compartir. Y así se le pide a Roma, o a un fantasmagórico Papá Noel, salir de una grave enfermedad, terminar bien el embarazo, pasar un examen, encontrar el amor. Hay quien pide la paz en el mundo, el fin de racismo, el renacimiento de la izquierda. Se pide en voz baja que Jimi Hendrix o Enrico Berlinguer resuciten. Y se dibuja la propia casa o aquella que algún día se querría tener. Los mensajes se escriben en italiano, en inglés, en romanesco, en tagalo, en chino, en árabe, en urdu. He aquí la verdadera Roma. He aquí el verdadero árbol de los romanos y las romanas. Entonces Roma sueña todavía, y si sueña quiere decir que no está acabada. Es como si Roma quisiese decirle al mundo, desde este corazón palpitante que es el escenario de la estación Termini, “sigo siendo Roma, he durado más de dos mil años, de alguna manera voy a superar también esta mala página”.

Roma nos mira.

Roma sonríe.

Es realmente la más bella del mundo, pienso.

Sí, la más bella a pesar de todo.

Igiaba Scego es una escritora italiana de origen somalí. En 2011 ganó el premio Mondello, el mismo que en 1980 ganara Juan Carlos Onetti.

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