Manifestismo

Un día después de la juramentación de Donald Trump, centenares de miles de personas se sumaron en manifestaciones sin una agenda clara más que expresar su repudio al nuevo presidente. Una semana después, la veda al ingreso de refugiados movilizó casi espontáneamente a decenas de miles de personas que ocuparon por horas los principales aeropuertos internacionales.

Un día después de la juramentación de Donald Trump, centenares de miles de personas se sumaron en manifestaciones sin una agenda clara más que expresar su repudio al nuevo presidente. Una semana después, la veda al ingreso de refugiados movilizó casi espontáneamente a decenas de miles de personas que ocuparon por horas los principales aeropuertos internacionales.

El miércoles 1 la visita del editor de Breitbart News, Milo Yiannopoulos, para una disertación en la Universidad de California, en Berkeley, se canceló después de que centenares de manifestantes rodearon el auditorio, y decenas de militantes equipados con escudos improvisados y máscaras encendieron fogatas y enfrentaron a la policía.

La turbulencia en las calles es resultado lógico de un hecho que irrita a Trump: el 8 de noviembre más ciudadanos votaron por su rival Hillary Clinton que por él. Hay en el país una mayoría del electorado que repudia, teme o desprecia al nuevo presidente. Pero las tácticas de teru-teru que ha empleado la Casa Blanca en estas dos semanas indican que Trump y su equipo no se arredran por las controversias, encuentran ganancia en las disputas y saben cómo se agota la resistencia. En realidad, Trump busca las confrontaciones, y cuando no las hay las inventa.

Las grandes manifestaciones de estos días traen a la memoria otras movilizaciones globales, como las protestas a comienzos de 2003 contra la invasión de Irak, o el movimiento Occupy Wall Street, que hizo eclosión en setiembre de 2011.

Todas esas movilizaciones, multitudinarias, creativas y emocionantes mostraron una debilidad crucial: cómo pasar de la protesta a la propuesta.

El gobierno de Donald Trump tiene una estrategia clara, definida e inteligente, mientras que los muchos que se le oponen carecen de esas herramientas. En gran medida esta carencia es resultado de una aversión a la práctica de la política, la organización de partidos, la formulación de programas específicos para problemas reales y, sí, la inevitable estructuración de jerarquías. Millones de personas le temen al gobierno de Trump. Pero por ahora no empieza a verse un movimiento que se enfoque en un objetivo pragmático, como por ejemplo la capacitación de candidatos que sean alternativa real en las elecciones de noviembre de 2018, cuando estará en juego la totalidad de los escaños en la Cámara de Representantes y un tercio de los del Senado.

(Véase también nota del mismo autor en la apertura de la sección.)

 

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