Manini: el elefante en la sala

¿Quiénes son los militantes de CA?

Batallón de Infantería número 13 de Montevideo / Foto: Magdalena Gutiérrez

En 1814 el poeta Iván Krylov escribió una fábula sobre un cronista que iba a un museo, describía los pequeños detalles, pero no se percataba de un gigantesco elefante que estaba en la muestra. Desde entonces se acuñó la expresión “un elefante en la sala”. Los sucesos vinculados al lugar de Cabildo Abierto (CA) en el proceso electoral se adecuan a esta metáfora. El elefante aparece, se mueve, hace temblar la habitación, pero la mayoría de los que participan de la esfera pública no se percatan. Un coro de columnistas muestran lo evidente, advierten sobre los riesgos, pero no concitan mayor atención.

Con la mesura que las caracteriza, las elites uruguayas dicen “aún sabemos poco”, “hay que esperar”. Pero ¿qué sabemos hasta ahora? ¿Quiénes son los militantes de CA? En la prensa nos hemos encontrado con militares retirados acusados de violaciones a los derechos humanos o que denuncian al “gobierno marxista” usando el mismo lenguaje de la dictadura; convencionales que llaman a crear un escuadrón de la muerte; neonazis que se sacan fotos con Manini; un diputado electo que convoca a ir en contra de la agenda de derechos, y una diputada electa que habla de Manini como el defensor de la tríada patria-familia-religión. También conocemos un programa que no parece tener mucha relación con las expectativas radicales de sus militantes. Y un liderazgo que adquiere características mesiánicas típicas de los líderes autoritarios: “Dios nos mandó a Manini Ríos”, dijo el entonces candidato a vicepresidente del partido. Sabemos además que CA tiene un semanario oficioso, La Mañana, dirigido por su hermano Hugo Manini Ríos, quien fue dirigente de la Juventud Uruguaya de Pie a fines de los sesenta. Por último, vimos un video en el que Manini, en su condición de ex comandante en jefe del Ejército, recurre a su antigua relación jerárquica para pedir votos a sus subalternos.

Es cierto que la experiencia de CA es nueva, pero los actores e ideas que representa no lo son y ya tienen una historia que puede ser rastreada. En la posdictadura hubo agrupamientos políticos menores que vincularon el pensamiento de extrema derecha a asociaciones militares, pero ninguno adquirió estas dimensiones. Estos intentaron presionar a la clase política en torno al problema de los derechos humanos, y luego de que el asunto quedara cerrado con la aprobación plebiscitaria de 1989, algunos hablaron de una reconciliación entre la familia militar y los partidos tradicionales, quienes ayudaron a moderar u ocultar su discurso. Durante el siglo XXI la crisis de los partidos tradicionales ambientó la idea de crear un partido propio.

Aunque CA no reivindicó explícitamente la experiencia dictatorial, esta ha resultado un elemento omnipresente en el discurso y la simbología del partido. La idea de que Manini por su sola condición de militar puede resolver el problema de la seguridad remite a la idea de que la dictadura tuvo un impacto ordenador sobre la sociedad uruguaya. En el video reciente el general retirado refuerza un antagonismo que también se asocia a la experiencia dictatorial: las Fuerzas Armadas se encuentran amenazadas por aquellos que los odian. Ya lo había dicho en su video de despedida como comandante, a comienzos de 2019, pero en este último directamente denuncia al FA como actor y culmina diciendo que “a ellos esta vez los soldados les contestamos que ya los conocemos”. La referencia abierta al “ya los conocemos” remite a una historia común que tiene que ver con el pasado, cuando el FA fue perseguido por los militares. Las denuncias en la justicia que acusan a Manini abonan significados en la misma dirección. Por último, frente al surgimiento de una ola de protestas en América Latina, el líder de CA y sus seguidores han tendido a revitalizar aquellos discursos conspiratorios de la Guerra Fría: antes todo se explicaba por la Urss y Cuba, ahora por el Foro de San Pablo.

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El surgimiento de CA se da en un contexto global de crecimiento de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos, donde varios advierten sobre los riesgos de ese crecimiento para el mantenimiento de la democracia. En América Latina también ocurre algo similar, con un elemento adicional. Dos días atrás, Steven Levitsky (uno de los principales politólogos preocupados por la crisis democrática a nivel global) y María Victoria Murillo escribieron en el New York Times una columna llamada “The Coup Temptation in Latin America”, donde planteaban que los civiles están recurriendo a los militares para resolver las crisis políticas y que eso conlleva el riesgo del retorno a las dictaduras militares al estilo de los setenta. O sea, no se trata sólo de algo local, sino de un fenómeno con dimensiones regionales y globales.

Pero los políticos uruguayos que redefinieron su compromiso republicano y construyeron una nueva institucionalidad democrática en los ochenta han actuado de una manera inercial frente al desafío de este partido y de este momento global. El FA, por motivos que aún resultan difíciles de entender, posibilitó la carrera política de Manini Ríos dentro de las Fuerzas Armadas. Algunos interpretaron la dimensión nacionalista y popular como un elemento compartido, pero se olvidaron de que más allá de dicha retórica lo que prima en esos movimientos es un componente antiigualitarista y reaccionario. Para muestra vale el ingenuo posicionamiento de algunos sectores del FA en 1973 ante la declaración de nacionalizaciones y reforma agraria en los comunicados 4 y 7 que terminaron abriendo camino a una dictadura que no tuvo nada de redistribución sino de represión.

En los partidos de la coalición multicolor ha primado una lógica político-electoral que suspende el juicio ético-político ante el objetivo de alcanzar la victoria electoral. Sectores que se dicen liberal-progresistas (Talvi) o socialdemócratas (Mieres) optaron por acordar con CA. Ambos han hecho malabares para justificar su posicionamiento, para terminar luego diciendo que sus diferencias con Manini se tratan de “matices”. Es extraño cómo estos centristas que aspiraban a visiones más moderadas de la política, teniendo la oportunidad histórica de crear un gobierno de centro al condicionar sus votos a Martínez, optaron por formar una coalición que se radicalizó por derecha. Dentro del Partido Nacional el efecto CA llevó a que algunos extremen sus definiciones y defiendan a Manini con argumentos dignos de la Guerra Fría. Frente a las críticas contra CA llegaron a decir que en realidad los antidemocráticos son los del FA por su postura sobre Venezuela. Esas maneras en que sectores liberales democráticos se posicionaron frente a actores autoritarios también remiten a experiencias históricas, como cuando los grupos democráticos del Partido Colorado convivieron con Juan María Bordaberry, o el arrepentimiento de Wilson Ferreira por votar la ley de seguridad del Estado, que habilitó el camino a una mayor participación de los militares en la vida política en 1972.

El pasado no se repite, es una herramienta que tenemos para entender la experiencia presente. Pero lo cierto es que nuevamente la experiencia de la historia reciente adquiere una brutal vigencia. No sólo resulta necesario reflexionar sobre las condiciones que habilitaron el autoritarismo, sino también continuar las luchas sobre lo que significó la dictadura en Uruguay. Puede sonar simplista, pero en esta nueva ola de extrema derecha se puede establecer una causalidad casi directa acerca de las maneras en que en las últimas décadas se desarrollaron políticas de memoria en los países del Cono Sur y el resultado electoral de organizaciones políticas que empatizan con el pasado dictatorial. En Argentina alcanzaron sólo el 2,7 por ciento; en Chile 7,9 por ciento, en Uruguay el 11 por ciento, y en Brasil Jair Bolsonaro alcanzó el 43 por ciento.

Hay mucho que pensar sobre cómo contener y reducir estas tendencias. Pero parece claro que la discusión pública sobre el pasado y sus conexiones con este presente sigue resultando útil para cercar los discursos autoritarios, para que los partidos y los medios comiencen a evaluar más seriamente lo que está en juego, y para que aquellos que se sienten seducidos por aquellos impulsos autoritarios replanteen y aclaren sus políticas o sufran el aislamiento político.

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