El mapa del tesoro – Brecha digital

El mapa del tesoro

Son cifras siderales, en verdad imposibles de imaginar. Y sin embargo son reales: lo escondido a través de paraísos fiscales por los más ricos del mundo –el 0,1 por ciento de la población mundial– podría ser tanto como 7,6 billones (millón de millones) de dólares. Eso es más de un tercio (2,3 partes) de la riqueza sumada de todos los habitantes de Estados Unidos.

Son cifras siderales, en verdad imposibles de imaginar. Y sin embargo son reales: lo escondido a través de paraísos fiscales por los más ricos del mundo –el 0,1 por ciento de la población mundial– podría ser tanto como 7,6 billones (millón de millones) de dólares. Eso es más de un tercio (2,3 partes) de la riqueza sumada de todos los habitantes de Estados Unidos, el país más rico del mundo durante el último siglo.

Hay una flor y nata entre estos millonarios. Los más ricos entre los muy ricos que conforman ese grupo del 0,1 por ciento son las 100 mil familias más acaudaladas del planeta. Para pasar por el ojo de la proverbial aguja e integrar ese tan selecto paraíso se debe tener al menos 30 millones de dólares. Esos elegidos que se sientan a la derecha de Plutón, dios de los infiernos pero también de la riqueza, son propietarios de algo más de un tercio de esa riqueza de 7,6 billones de dólares. Eso es lo que calcula el economista de Berkeley Gabriel Zucman, ayudante de Thomas Picketty, el destacado economista francés autor de Capital en el siglo XXI.

En cuanto al total del dinero que se maneja a través de los paraísos fiscales, en 2010 se estimaba entre 21 y 32 billones de dólares, cifra que desde entonces viene aumentando a razón de 16 por ciento anual y que el año pasado oscilaba entre 24 y 36 billones, según Foreign Affairs del 12 de abril. Es difícil la precisión tratándose de estas sumas siderales, pero el trabajo de Picketty se basa en la convicción de que la verdadera dimensión de la inequidad económica es invisible, pues escapa a cualquier parámetro de riqueza que pueda manejar el gran público. A esa riqueza que se maneja a través de las sociedades offshore se le debe agregar el resguardo offshore de entre 5 y 10 billones de dólares en bienes no financieros: resulta prácticamente imposible imaginar esa montaña de bienes inmuebles, oro y otros metales preciosos, gemas, arte, incunables y otros libros raros, automóviles, íconos religiosos, colecciones variadas, yates, barcos, submarinos, jets privados, establecimientos rurales, minas, bosques y pozos petroleros.

Los 11,5 millones de documentos que se filtraron en el caso de los Panama Papers son una parte imprecisa de los 370 mil negocios offshore que alberga Panamá, y para el lunes 9 de mayo el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (Icij, por sus siglas en inglés) anuncia “la mayor revelación jamás hecha sobre compañías offshore y la gente tras ellas”, lo que incluirá “más de 200 mil compañías, fideicomisos, fundaciones y fondos incorporados a 21 paraísos fiscales, desde Hong Kong a Nevada, en Estados Unidos”.

“Incorporados” es una buena palabra para adentrarse en el mecanismo del que las offshore forman parte. Pues los arquitectos y controladores del tráfico de esta auténtica industria global de manejo de dinero negro son los grandes bancos, los 50 más grandes del mundo, como el Hsbc, Ubs, Credit Suisse, Citigroup, Bank of America, Royal Bank of Scotland, Barclays, Lloyds, Standard Chartered, J P Morgan Chase, Wells Fargo, Santander, Credit Agricole, Internationale Nederlanden Groep (Ing), Deutsche Bank, Bnp Paribas, Morgan Stanley y Goldman Sachs.

Desde la década del 70, cuando la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep) logró un significativo aumento del precio del crudo y generó una crisis, estos bancos estuvieron a la vanguardia en asociar a poderosos inversores a su clientela, y los ayudaron a mover sus riquezas a los pagos brumosos del offshore. La arquitectura del sistema debe necesariamente incluir paraísos fiscales dispuestos a arrendar su soberanía fiscal a cambio de que el dinero les llegue. Otorgan anonimidad para el huésped y para su capital corporativo, para su propiedad intelectual y sus bienes no financieros, y un estricto secreto bancario que lo aleja de impuestos, regulaciones y la ley de su país. La gracia del asunto es que el dinero no se queda allí, porque estos súper ricos son tan temerosos como los pequeños burgueses asustados de Bertold Brecht. Los paraísos fiscales no pueden ser, por lógica, laxos en su legislación, cómplices en el secreto bancario y además tener un sistema policial, judicial y político riguroso. Por lo tanto, no son un lugar seguro para guardar plata; sí para lavarla. Una vez seca y planchada, la platita vuelve al circuito financiero a través de los grandes bancos. Así llega a mercados con todas las posibilidades de movimiento a su favor, gerenciamiento del mejor nivel y estabilidad política y financiera.

En esos territorios a los que la plata negra va primero no se puede invertir porque su mercado de capitales es muy pequeño, como lo es el uruguayo. La inversión posible en esos casos es con el capital protegido por una legislación especial (como el régimen de zonas francas) y además favorecido por beneficios extraordinarios (como no pagar peaje por el paso cotidiano de barcazas de celulosa rumbo al puerto de Nueva Palmira), y hecha en nombre del aporte de tecnología y capital productivo para la explotación de recursos naturales, que son en esencia lo que estos territorios tienen como base de su economía. Por eso, por más genuflexa que sea su soberanía impositiva, estos estados son suplantados para ciertos propósitos por jurisdicciones onshore como la ciudad de Londres, Suiza, Delaware, Nevada, Luxemburgo, Dubai, Singapur, Malasia, y Hong Kong. El gran capital tiene todas las opciones a su disposición.

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