Match

Cuento.

Nos cruzamos por Facebook hace tres meses y quizá la diferencia empezó ahí. Yo decía “nos cruzamos”, ella “nos conocimos”.

La rubita vivía en Berlín y yo en Buenos Aires. Había aceptado su solicitud de amistad aunque sólo teníamos tres contactos en común: una amiga de Córdoba, una directora teatral y un bailarín. También Facebook nos decía que habíamos estudiado en la misma facultad, aunque no precisaba si habíamos cursado durante los mismos años. Ella tenía 32, yo 35. Era probable que nos hubiéramos rozado bajando una escalera, o que hubiéramos esperado en el mismo pasillo para rendir un examen final, o que una hubiera sido relevo de la otra en una mesa del bar. Pero al final hablamos por Facebook porque la computadora era lo que teníamos más a mano. Le pregunté a mi amiga cordobesa qué onda y la vendió bien. Así que no sólo acepté, sino que apuré un saludo.

Llevaba cinco meses separada y la soltería era demasiado 2.0 para mí. Cada tanto me daba una vuelta por Tinder: izquierda, derecha, derecha, izquierda a la espera de algún match. Pero no terminaba de sacarle la vuelta. Después de quince años de convivencia había quedado en el tiempo donde avanzar implicaba pasar de Icq al Messenger y después al teléfono. Ahora Facebook, Instagram, Tinder, Snapchat, Whatsapp coincidían en un cruce a las tres de la mañana a la salida de un ensayo. Creo que por eso la saludé. Ella estaba en Berlín, ¿qué tan rápido podía tocarme el timbre?

Chateamos un par de veces antes de pasar a videollamada. Me contó que se había separado hacía poco; que le gustaba Berlín pero prefería el clima gris de Londres; que se había ido por una beca del que había sido su novio, pero cuando él decidió volver a Buenos Aires ella se quiso quedar; que los vínculos con su familia no fluían y vivir lejos la ayudaba; que le costaba mucho enamorarse. Yo la leía tranquila mientras recorría sus fotos: sentada en el pasto, con la cabeza hacia atrás, las piernas estiradas y un short más largo hacia arriba que hacia abajo. Otra, de espalda con la cabeza de costado, una sonrisa ambigua y el foco sobre un pique negro que tenía en la nuca.

Toqué la pantalla, rocé apenas su tatuaje.

—¿Qué hacés?

—Te miraba.

Se alejó de la computadora para vestirse. Una remera larga, acaso de su ex, que usaba de pijama y le dejaba un hombro descubierto. La pantalla touch acusó recibo de mi dedo.

—Esperame.

Escuché el agua correr y supe que estaba lavándose los dientes. Desde la noche que comencé a acompañarla a dormir, llevaba mi notebook a la cama y me acostaba con ella. Aunque estaba lejos de dormirme, las cinco horas de diferencia hacían que para mí la madrugada fuera futuro.

Un día me encontré hablando de ella con un amigo, ya no era la rubita. Tenía nombre y yo tenía fotos suyas en mi teléfono. Algunas más soft y otras no tanto. Ella sabía que me gustaba ir por la calle o estar arriba del colectivo y recibir una imagen. Tensarme y disimular.

Pasaron siete meses cuando me contó que había sacado pasaje para venir a Buenos Aires.

—¿Se tildó? –escribió.

Mi cerebro era el que se había tildado.

—Acá estoy.

Yo tipeaba lento. ¿No era que no quería volver a Buenos Aires, que por eso se había separado?

—¿Da para darnos? Jeje.

Tuve que leer varias veces la frase para entender a qué se refería.

—Bueno, sí, no sé.

—Te llamo –apuró.

—Podemos ir a tomar algo, conocernos –fue lo primero que dije.

Parecía idiota. ¿La flaca me gustaba? Sí. ¿Podíamos coger? Sí. ¿Tenía ganas, iba a tenerlas? No estaba segura.

—Ya nos conocemos –dijo.

Que había sido una compañía estos meses no lo dudaba. Encender la computadora, ver si estaba online, cruzar un hola, una foto, un gif. Pero todo eso desde allá. Que viniera a mi casa, el sillón, la previa, el vino, no me tentaba.

—Cuando te vea no vamos a durar ni tres minutos.

—¿Qué?

—Vestidas. Cualquier cosa que hayas sentido antes va a parecer de cotillón.

Si canchereaba o se tenía mucha fe me era indiferente. Si hablaba en serio, también.

De alguna manera, la distancia era una especie de impermeable.

—Te quedaste callada.

—Me sorprendiste.

—Y no sabés cuando nos veamos. ¿Decís que de Ezeiza voy directo para tu casa? ¿Me esperás? El vuelo llega a las 19; entre que busco la valija…

—¿Y tu familia? –interrumpí–. Hace mil que no la ves. ¿Avisaste que venís? ¿Qué dijeron?

Mi cerebro manoteaba bombas de humo.

—Mi viejo, feliz; dice que te quiere conocer.

—¿A mí, por qué?… ¿Le hablaste de mí?

—Tranquila. Sos la que me lleva a volver, así que sí.

En ese instante se abrió otra ventana de chat. Nuestra amiga en común me contaba los planes para que fuéramos a visitarla. Habían hablado: que ella nos dejaba el cuarto grande y se iba al entrepiso; que llevara antialérgico, por los gatos; que nos prestaba el auto si queríamos pasear.

Yo leía y escuchaba alternadamente los planes para vacacionar en Córdoba y los planes sobre mi cuerpo. Cómo iba a mojarme. Sus dedos entrando y saliendo, entrando y saliendo. El escote abierto. La lengua tibia.

Bajé la pantalla de la computadora cuando tuve un calambre. Cerré los chats a la par de los ojos. Sentí cómo mi corazón pedía más. La piel erizada.

Esos quince días antes de que viniera a Buenos Aires nos cruzamos poco en el chat. Yo no tenía demasiadas ganas de hablar y prefería volver a los archivos guardados en mi teléfono. Tenía uno en particular donde en un loop eterno sus manos deslizaban el corpiño negro hacia abajo y me mostraba los pezones. Una vez y otra, sus pezones pálidos y duros.

Cuando me llamó desde el aeropuerto demoré en atender. Habló del vuelo y de la escala en Rio. Siguió hablando mientras buscaba la valija, silenció el teléfono en Migraciones y yo aproveché el momento: metí la mano por debajo del pantalón y me abrí. Tenía la bombacha húmeda. Ella retomó lo que decía: había pedido que no la buscaran, estaba tomándose un taxi para venir a casa.

Con un pie me descalcé el otro y me saqué el jean. Puse el teléfono en altavoz y fui hasta el primer cajón de la cómoda. La oí darle mi dirección al taxista, agradecer que cargara la valija en el baúl. Me acomodé en una esquina de la cama con una pierna a cada lado. La espalda erguida. Oí que ya estaban en la autopista.

—En veinte minutos estoy en tu casa –dijo.

Me enteré de que se sacaba la campera, el chofer comentaba algo sobre el clima. Ella hablaba.

—Linda, ¿todo bien?

No sé si escuchó mi respuesta. Yo me movía sentada sobre el vibrador. Ella repitió la pregunta y sentí su voz mucho más cerca. La distancia se acortaba y había algo que se perdía.

Al acabar, volví a vestirme. Ella estaría a diez minutos de llegar, así que puse una muda de ropa en la mochila, dejé el celular sobre la cama, agarré las llaves y me fui.

Artículos relacionados