Memento mori

Foto: Héctor Piastri

Una pandemia es un tema de vida o muerte. El mundo está convulsionado por un intento desesperado de evitar que mueran millones de personas. El virus mata, pero también lo hacen las múltiples crisis sociales, económicas y políticas que la epidemia y el combate contra ella están desatando, aunque no necesariamente causando.

Las personas lidian con el miedo a morir de muchas maneras. Cada uno de nosotros tiene la suya. Pero durante esta pandemia aparecieron grosso modo dos formas estereotipadas de enfrentar la situación, asociadas a dos ideas de virtud diferentes, pero que no necesariamente se excluyen entre sí. Llamémoslas responsabilidad y coraje.

El responsable no quiere morir ni que otros mueran. Sabe que el aislamiento puede ser incómodo y tener graves consecuencias, pero lo entiende necesario. Sigue a la ciencia y a las autoridades, es cauto y se piensa como alguien que piensa en los demás. El corajudo no le teme tanto al virus. Teme, en todo caso, por otras cosas que juzga más importantes. Sospecha de las autoridades científicas. Sabe que muere gente todo el tiempo y que la muerte no es algo que podamos evitar.

Estas no son en sí mismas posturas políticas, pero han tendido a ubicarse políticamente (aunque con numerosas excepciones y posiciones ambiguas) de la siguiente forma: los progresistas y socialdemócratas tienden a ser responsables, y los liberales y ultraderechistas tienden a ser corajudos. Las otras posturas políticas son menos legibles en este mapa.

El progresismo tiene desde siempre una veta tecnocrática y biopolítica. Las gráficas que representan la muerte tienen que bajar. La cruzada de Vázquez contra el tabaco y la tolerancia cero con quienes manejan con alcohol en sangre son buenos ejemplos de esto. A menudo, acompaña a esta postura política toda una forma de vida para la que elegir la comida se vuelve un proyecto científico, el ejercicio, un mandato, el uso de todo tipo de productos naturales para el cuerpo, una necesidad. Postergar la muerte organiza la vida.

Hace tiempo asoma una revuelta contra esto. Mucha gente ve un mundo demasiado regulado, técnico, miedoso, cheto. Y sectores empresariales, militares y religiosos intentan canalizar este descontento para que sume fuerzas a su disputa contra el progresismo. Desde allí está emanando un renacer de cierto tipo de derechismo romántico, para el que la violencia y la muerte son parte del paisaje. Frente a la pandemia, esta forma de pensar reivindica la “inmunidad de rebaño”, que quiere decir dejar morir a los débiles (viejos, enfermos, pobres) para mantener el vigor de la economía. O sea, darwinismo social puro y duro. Los portaestandartes en el mundo de esta posición son Trump y Bolsonaro, a quienes se les nota por todos lados cuánto los erotiza la muerte.

Las dos posturas tienen un componente elitista, pero tienen también un componente popular. El cuidado obsesivo del cuerpo (y del lenguaje) despierta la burla y la exasperación. El rechazo a los “responsables” tiene algo vagamente machista y homofóbico (al estilo de quien añora a los futbolistas que no se arreglaban el pelo y comían todos los días asado), pero no se reduce a eso. El miedo a que el progreso mate a la espontaneidad y a la ligereza del descuido placentero es extendido y comprensible. Por otro lado, no hay nada más universal y popular que el miedo a la muerte y la disposición a escuchar y a obedecer a quien nos diga que sabe cómo salvar la vida. Porque tenemos una sola.

El control promete alargar la vida, y hay que decir que muchas veces cumple. El problema es que si siempre hacemos lo que más alarga la vida, eso implica siempre aceptar más control. No queremos vivir en un mundo donde se nos dice cuándo podemos salir de nuestras casas ni donde todo está envuelto en nylon. Es cierto que hay cosas más importantes que no morir. La pregunta es cuáles, y quién decide cuáles cuando hay que tomar decisiones colectivas.

La elección entre salud y economía no es abstracta. No nos estaríamos haciendo las mismas preguntas si los sistemas de salud tuvieran más capacidad ociosa para bancar picos repentinos de internados. O si un Estado de bienestar más robusto o una mayor capacidad de ahorro de la clase trabajadora hicieran menos económicamente terrible una cuarentena. O si hubiera más regulaciones sobre la agroindustria destinadas a minimizar el paso de enfermedades de los animales a las personas. O si existiera un mayor control político de la economía que permitiera llevarla deliberada y ordenadamente a un estado de hibernación. O si tuviéramos una mayor capacidad de organización masiva, cambiando la relación que tenemos con la disciplina colectiva. O si las apps y otros mecanismos de control digital no estuvieran en manos de empresas transnacionales.

Pero la situación es la que es, y la vida está amenazada. Este es un tema político de primer orden, porque –por lo menos para Hobbes– la base del acuerdo entre el pueblo y el gobernante es que el segundo protege la vida del primero. Si no lograra hacerlo, vería sacudida su legitimidad. Esto quita el sueño a muchos gobernantes del mundo. Al mismo tiempo, se ve venir en todos lados una situación de mayor conflicto social atizado por la crisis económica. En este contexto, salieron primero las ultraderechas a protestar (muchas veces portando armas) contra las medidas de aislamiento social, reivindicando de forma fanática la independencia individual. Pero esta semana fue el movimiento negro de Estados Unidos el que produjo las mayores multitudes desde que empezó la pandemia. No es menor que fuera para protestar contra un asesinato, ni que las protestas se hayan encontrado con una represión policial indiscriminada. ¿Qué pasa cuando al mismo tiempo la vida está amenazada por la epidemia, la crisis y la Policía?

Después de décadas de sufrir muchas muertes, la izquierda y los movimientos populares hace mucho se cuestionan su vieja moral heroica y sacrificial. Pero lo cierto es que en los últimos años no han sido pocas las bajas: Berta Cáceres, Jo Cox, Marielle Franco, los jóvenes militantes que mató Breivik. Y a esos duelos se suman los de incontables negros y pobres matados por las policías, de mujeres matadas por la violencia machista, de trabajadores matados por la explotación capitalista. Cuidar la vida y enfrentar la muerte, aunque no nos guste pensarlo, sigue siendo un problema político central.

Hay muchas formas de defender la vida. El socialismo, el feminismo y el ecologismo, de diferentes maneras, celebran la interdependencia al entender que ser dependientes del trabajo de otros, del cuidado de otros o del ecosistema no es algo vergonzoso. Proteger la vida, entonces, podría ser pensado no tanto como alargamiento de la vida individual, sino como capacidad de crear y sostener formas de organización más recíprocas y vivibles.

El capital, al reproducirse, expandirse y organizarse a través de la competencia, parece imitar ciertas formas de la vida. Pero, más que proteger al trabajo vivo y a la naturaleza, los esquilma degradándolos y separándolos de sí mismos. También los potencia, pero sólo en la medida en que produzcan plusvalía, despotenciando sus partes menos rentables, incluidas las que les permiten sostenerse. Por eso es posible plantear un insólito conflicto entre salud y economía, y por eso vivimos en un sistema económico que destruye las condiciones ecológicas en las que es posible la vida humana. No es raro, entonces, que sectores capitalistas se burlen de los intentos de preservar la vida y glorifiquen las armas. Actúa allí el deseo autodestructivo de la civilización capitalista, que se sabe insostenible pero va hacia adelante, gozosa, a toda velocidad.

Así, no es lo mismo prolongar la vida que llevarla al máximo de su productividad o que crear las condiciones para una buena vida. Estas tres cosas pueden entrar en conflicto a nivel individual y colectivo. Hacer que la vida rinda al máximo puede destruirla. Pero que lo único que nos anime sea alargar la vida puede ser, paradójicamente, autodestructivo. Cierto tipo de desprendimiento puede ser vital. Hay muchas formas de ser responsables o de tener coraje que no se reducen a los estereotipos surgidos en esta pandemia. Freud hablaba de la pulsión de muerte no como un deseo de morir por parte del sujeto, sino de morir en sus propios términos (lo que implica luchar por no morir de formas contrarias a estos). Bataille hablaba de alegría frente a la muerte, que no quería decir querer morir, sino poder bailar con el tiempo que nos mata. Podemos no dejarnos dominar por el miedo a morir, sin que eso implique desear la muerte ni despreciar la vida.

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