Menos por menos es Más

Cuentan las crónicas que mientras su Nacional ganaba, Álvaro Gutiérrez era considerado un entrenador tranquilo y prometedor, de esos que siempre tratan a la prensa de la mejor manera. Sin embargo, un buen día, al Nacional del “Guti” se le dio por perder un partido y empatar otro, y la situación cambió radicalmente.

Foto: Agustín Fernández

Situación que aprovecharemos para volver a formularnos esa pregunta tan incómoda como necesaria: ¿qué es saber de fútbol?

Breve reseña: Nacional quedó fuera de la Libertadores ante el débil Palestino de Chile, y días más tarde empató 0 a 0 con Defensor Sporting. Durante la conferencia de prensa posterior al encuentro con los violetas, Gutiérrez demostró estar molesto con algunas manifestaciones periodísticas referidas a su planteo táctico ante los chilenos, y largó frases tales como “los que entendemos de fútbol somos nosotros” o “nunca jugaron al fútbol y no tienen idea”, que parecían dirigidas a los hinchas pero que luego se supo estaban dirigidas a un periodista en particular (que curiosamente no es el doctor Da Silveira), cosa difícil de creer pues en todo momento habló en plural.
Acto seguido, Gutiérrez afirmó que “este tipo de periodistas” (parece entonces que no se dirigía a un solo periodista, sino a una “clase” acaso representada por un periodista de Sport 890) opinan “sin todas las herramientas necesarias”, en alusión a que juzgan lo que ven sobre la cancha sin preo­cuparse por averiguar lo que sucede en los entrenamientos.
Recuerdo hace más de 20 años las palabras del periodista Nelson Filosi, por entonces en el hoy extinto programa Deporte total: “Así como el crítico teatral juzga la obra sin asistir a los ensayos, el periodista deportivo juzga lo que ve en los partidos, no en las prácticas”.

Más allá de que los programas deportivos suelen tener personas encargadas de describir lo que sucede tanto en Los Céspedes como en Los Aromos (seguramente sea gente que en vidas pasadas se portó muy mal y que hoy está pagando por los pecados pasados, viéndose obligada a decirnos cosas tales como “Taborda entrenó diferenciado”, “Abreu trotó alrededor de la cancha”, o lo que es peor: “Los titulares hicieron fútbol en espacio reducido”), Gutiérrez confunde “saber de fútbol” con “saber jugar al fútbol”, y fundamentalmente con “saber hablar de fútbol”.

Saber jugar al fútbol implica manejar cuestiones inherentes al devenir de un partido cualquiera: saber dónde y cómo pararse, saber correr la cancha para no quedar sin aire a los cinco minutos, saber marcar abajo y hacer daño arriba, meter un cambio de frente (cual Novick), etcétera. Como en casi todos los órdenes de la existencia, calculo que el haber jugado unos 700 partidos en tu vida te permite adelantarte al desenlace de la jugada, al contar con más elementos para interpretar las diversas situaciones de juego y saber cómo obrar en consecuencia. Eso es, según lo veo, saber jugar al fútbol. Quienes combinan esa cualidad con una condición creativa innata y/o cultivada con los años para eludir, asistir, convertir o pegar patadas sin que el árbitro lo note, son aquellos jugadores que consiguen sobresalir del resto. Pero aun el más modesto de los volantes centrales del más modesto equipo de nuestro fútbol profesional sabe jugar al fútbol.

Otra cosa es saber de fútbol. Saber jugar al fútbol no es una condición excluyente para saber de fútbol, y es ahí donde –a mi entender– Gutiérrez se equivoca. Uno puede estar tres años frente a un televisor viendo videos de partidos del fútbol uruguayo sin parar y, si no se suicida, saldrá manejando axiomas tales como:

• Dos cabezazos en el área son gol.
• Goles errados son goles en contra.
• Hay que jugar con dos punteros bien abiertos pegados a la raya.
• Si un delantero de cuadro grande que va perdiendo cae en el área durante los descuentos, es penal, haya o no haya contacto.
• El fútbol son momentos.

Ergo, uno puede manejar perfectamente las bases del fútbol (o de cualquier otro deporte) sin haberlo jugado profesionalmente. Por ende, aunque ayude (a los Diego Latorre más que a los Mario Kempes), haber sido jugador de fútbol no es una condición necesaria para saber de fútbol. Basta ver infinidad de partidos (preferentemente en la cancha, pues en la televisión se pierden algunos detalles relativos a la posición de los jugadores) y leer un poco.

Por último, llegamos al arte de opinar de fútbol. Para lo cual no sólo no es necesario saber jugar al fútbol: tampoco lo es saber de fútbol. La popularidad de un periodista deportivo no va a depender de su pasaje por las canchas profesionales (pienso en Marcelo Tejera), ni siquiera de su conocimiento de las reglas, de la historia o de su capacidad para interpretar las instancias de juego. Un buen periodista deportivo necesita, básicamente, dos cosas: a) hablar “medianamente bien” (léase: sin comerse las eses, etcétera); y b) decir cosas que “el hincha” ya haya pensado antes, para permitirle a ese pobre hombre –que vive una vida miserable y cuya única alegría semanal pasa por ese momento en el que se siente amo y señor de esa ínfima parcela de mundo en la que es dueño de insultar al lateral izquierdo que acaba de tirar mal un óbol– sentir que –después de todo– no está solo.

Por eso los mejores periodistas son los que mejor interpretan el sentir del hincha. ¿Y el hincha qué quería? Ya lo dijo Guti: pasarle por encima a Palestino, clasificar a la fase de grupos, avanzar a octavos, a cuartos y llegar a semifinales. Hasta ahí, porque el hincha será lo que será, pero no es ningún gil: sabe que salvo que algo cambie, o que los dirigentes de cuadro grande razonen que en lugar de pagar diez jugadores de 30 mil dólares por mes es mejor traer uno que cobre 300 mil y sea realmente bueno, para un equipo uruguayo ganar la Libertadores es algo imposible.

Gutiérrez dirá: “Pero son unos irresponsables, si cuando nos quedamos con diez seguíamos atacando, y poníamos a Recoba tal como Buysan quería, en lugar de uno nos terminaban metiendo cinco”. Y tendrá razón, pero poco importa: el hincha de fútbol se mueve en el terreno del “pudo haber pasado”, del “capaz que”, del “si en lugar de hacer a el técnico hacía b, seguramente en lugar de pasar c, pasaba d”. En la historia del fútbol uruguayo no hay registro de un solo entrenador que, tras haber perdido un partido importante, haya recibido comentarios de prensa del estilo “hizo todo lo que estaba a su alcance” o “a veces el hacer las cosas bien no garantiza el resultado”. Para los técnicos, mucho más que para los jugadores, siempre será verdad que si perdió fue porque no hizo las cosas bien: no puso a fulanito, puso tarde a zutanito, insiste con menganito o hizo mal en haber dejado a Abreu afuera de la lista de buena fe.

Por eso Gutiérrez, que de 21 partidos dirigidos ganó 18 y apenas perdió dos, deberá entender cómo funciona este baile en el que decidió meterse hace algunos meses: así como cuando le toque ganar habrá quienes lo pidan para suceder a Tabárez, cuando pierda se habrá equivocado, será un burro, será hora de cuestionar su continuidad.

Ni más ni menos. Atentar contra esa lógica sería equivalente a afirmar la existencia de laterales izquierdos con marca y desborde, o de parejas de cabezazos en el área que no terminan en la red.

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