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Mensaje de paz

“Mandarinas” nos lleva a los primeros años noventa, cuando la disolución de la URSS disparó la fragmentación de sus antiguos territorios, con el despertar de pasiones nacionalistas, étnicas y religiosas que la mano de hierro soviética había acallado durante décadas.

Esta película1 nos lleva a los primeros años noventa, cuando la disolución de la Urss disparó la fragmentación de sus antiguos territorios, con el despertar de pasiones nacionalistas, étnicas y religiosas que la mano de hierro soviética había acallado durante décadas. Es en el marco de la guerra que Rusia alentaba, por la separación de Abjasia de Georgia, que el director georgiano Zaza Urushadze (1965) ubica la trama de Mandarinas. Ivo es un hombre mayor (Lembit Ulfsak) que hace cajones para las mandarinas de Margus (Elmo Nüganen). Son los únicos que quedan
–ambos aunados en la tarea de recoger, encajonar y vender las frutas– en ese rincón que quizás alguna vez fue un pueblo habitado por georgianos, rusos, chechenos, estonios. Un paisaje de montañas y bosques, que apenas se ve de a ratos, y el interior de la modesta casa de Ivo, que acapara casi todo lo que allí sucede, son los escenarios de la “acción”: Niko, un soldado georgiano (Misha Meskhi), y Ahmed, un mercenario checheno al servicio de Abjasia, son heridos frente a la casa de Ivo, que los recoge y los cura. El centro de la historia es la forzada convivencia de estos dos jóvenes bajo el cuidado y el control de Ivo, que no permite que nadie mate a nadie bajo su techo. Con la asistencia de Margus y de un médico que aún habita en las inmediaciones, bajo reglas de respeto a la palabra que los dos guerreros se comprometen a cumplir, la película va desarrollando una serie de enfrentamientos y corrimientos, de jactancias y marchas atrás, como las que podrían sostener dos gallos de riña sujetos a una cuerda para no poder alcanzarse. La “cuerda” es ese viejo sereno, decidido, con una autoridad natural, como un padre con dos hijos revoltosos a los que es necesario contener.

Es una película de diálogos y de reacciones, que crece hacia la propuesta que emana de la actitud del protagonista –la posibilidad de la convivencia en paz–, en virtud de los mínimos cambios que van forjándose en ese mundo de impronta masculina; la única presencia femenina es la foto de la nieta de Ivo, que funciona como un delicado recordatorio, para esos hombres jóvenes, de que hay otras cosas además de la guerra que valen la pena ser vividas. Una violenta vuelta de tuerca casi al final hace que la guerra vuelva a alcanzar ese modesto territorio neutro, pero queda sin embargo un atisbo de esperanza, a la vez que se aclara para el espectador por qué ese señor anciano no quiso abandonar territorio tan peligroso. Si las películas “con mensaje”, después de su auge en los años sesenta, gozan hace tiempo de mala prensa, hay que aclarar que en este caso eso sería absolutamente injusto. Mandarinas –que costó apenas 650 mil euros y compitió al Oscar en la categoría de filme en lengua no inglesa– es una película austera, expresiva, bien afirmada en sus actores y en un libreto de extrema precisión, y es una película con mensaje, pero no sacado a fórceps. (…) chicos que juegan a ser soldados, y (…) soldados que juegan como niños”, le dice el capitán alemán al capitán francés en algún momento de La gran ilusión (1937), de Jean Renoir. Algo de ese espíritu de juego pueril y temible aletea en esa cabaña donde dos viejos van acostumbrando a dos jóvenes a descartar el odio. Y sí, es un mensaje. Uno bueno.

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