Miradas hacia atrás

“CLASE”, “CINE RADIO ACTUALIDAD”, “ÚNICAS”

Un enseñante que reflexiona acerca de cómo ha llegado a un punto crítico de su existencia, un musical que vuelve a echar una ojeada a décadas pasadas y cuatro damas mediáticas que le cuentan a la platea pintorescos episodios acaecidos en su trayectoria integran la cartelera teatral de estos días.

Clase (Sala Verdi), del chileno Guillermo Calderón, dirigida por Coco Rivero, se hizo presente en la III Muestra Iberoamericana de Teatro de Montevideo. A la clase en cuestión asiste una alumna pronta a disertar sobre Siddharta, de Hesse, ante un profesor que, en lugar de disponerse a escucharla, siente la necesidad de hablar de sus propias experiencias vitales, así como de las conclusiones que ha extraído en un mundo cada vez más implacable y condicionante. Por cierto que la intención del docente es ayudar a quien tiene delante de modo que se sepa defender en el futuro que se avecina, y que lo que tiene que comunicar cuenta con la profundidad suficiente –Calderón, además de respetable dramaturgo, resulta ser un pensador de fuste– como para seguirlo en su plática con interés. Esta comprobación, sin embargo, choca con la escasa verosimilitud de la situación inicial –el hombre, en realidad, debería prestarle todos sus oídos a la chica para después emitir un juicio– que, poco a poco, se torna todavía menos creíble. En efecto, cerca de la culminación, la muchacha le replica al docente echando mano a una serie de argumentos nada frecuentes en el discurso corriente de una joven de su edad. De todas maneras, a pesar de la velocidad que la puesta de Rivero le exige a Rogelio Gracia para expresar sus ideas, el actor se las arregla para trasmitir toda la apasionada convicción que el angustiado personaje reclama. No sucede otro tanto con el trabajo de Camila Vives, quien, más allá de su convincente apariencia, enfrenta ciertos altibajos de dicción que dificultan la comprensión de la platea.

Cine Radio Actualidad (Notariado), de Rafael Pence e Ignacio Cardozo con dirección del segundo, de acuerdo a un formato de revista musical vuelve a la carga con el repaso de temas, modas y características de la época de auge de la publicación invocada por el título. Una docena de muy bien entrenados artistas en escena, afinadas coreografías de Cardozo, Graciela Barboza, Eduardo Ramírez, Christian Moyano y Fabienne Haret, estupendas luces de Agustín Romero, oportunos arreglos de Carlos García y el infaltable despliegue del vestuario del mismo Cardozo coinciden en un disfrutable desfile que, más allá de alguna cuestionable licencia –los radioteatro nacionales se apoyaban en un único relator y no en dos–, acierta en la evocación de figuras como Marilyn Monroe –excelente la idea de hacer que el personaje de Los caballeros las prefieren rubias se transforme en la protagonista de La picazón del séptimo año–, el homenaje fílmico a Chaplin, Laurel y Hardy y los hermanos. Marx, así como en la recreación de las ridiculeces de la mayor parte de los teleteatros habidos y por haber. Renglón aparte merece la aparición del titular poniendo en práctica milimétricos movimientos rítmicos a propósito del manejo de una vieja máquina de escribir.

Únicas (La vida es puro cuento…) (La Gaviota del Stella d´Italia), de Juanse Rodríguez, a cargo también de la dirección, acude al improbable efecto de que Julia Möller, Rosario Castillo, Daniela Marotta y Lilián Anchorena, cuatro divas mediáticas, se encuentren en el gimnasio que atiende el comediante Yoni Kurlender y se pongan a contar distintas anécdotas que les acontecieron a lo largo de sus respectivas carreras. Nada de eso, en realidad, se relaciona con el lugar al cual acuden y a ninguna de las nombradas se le va a ocurrir cambiar de ropa y ponerse a hacer ejercicios, ya que lo que importa es que las cuatro se vean las caras y se enfrenten a un público deseoso de mirarlas y escucharlas. Y las cuatro, cabe señalar, se saben defender al rememorar viajes, encuentros, desencuentros y, faltaba más, nombres famosos que se les cruzaron por el camino. Simpáticas, desenvueltas y seguras en eso de darle la cara a quien les salga al paso, las muchachas, al igual que el anfitrión Kurlender, se las arreglan para mantener la atención de una concurrencia que asiste no precisamente a una función de teatro, sino a un encuentro con gente conocida y admirada que tiene algo –verdad absoluta o maquillada, no interesa– para contar a sus amigos.

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