El argumento, molesto, se repite una y otra vez: «Para bajones ya tengo bastante con la vida real». O su variante: «No me gusta que el cine me haga pensar, veo películas para descansar». Todos hemos escuchado alguna vez este tipo de sandeces. Y lo cierto es que representan un sentimiento extendido entre el gran público: uno por el que se concibe al cine como un espectáculo –vale recordar que el cine nació precisamente como atracción de feria– cuyo único propósito y utilidad es entretener. Pero, para quienes se acercan al cine –al arte, en general– con una mirada un poco más exigente, este abre perspectivas, moldea nuestra forma de pensar, nos hace conocer realidades ajenas y empatizar con seres remotos –e incluso, como señalaba Gilles Deleuze, nos cambia subjetivamente–. Es desde esta con...
Artículo para suscriptores
Hacé posible el periodismo en el que confiás.
Suscribiéndote a Brecha estás apoyando a un medio cooperativo, independiente y con compromiso social
Para continuar leyendo este artículo tenés que ser suscriptor de Brecha.
¿Ya sos suscriptor? Logueate

