Movimiento social

Coreografías de la pandemia.

Distribución solidaria de sopa en la Plaza de los Treinta y Tres / Foto: Mauricio Zina

El problema del movimiento es central para la situación que vivimos. Quizá hay que pensar menos en lo que parece detenerse y más en lo que se sigue moviendo y nos coreografía.

Estamos en una situación de bloqueo, de parálisis. Al menos de nuestras coreografías habituales. Sin embargo, y por debajo de la detención, cosas y relaciones se siguen moviendo, como un cuerpo que en apariencia está quieto, pero sigue con el corazón latiendo, la sangre corriendo, los pulmones llenando y vaciando.

El movimiento es una pieza fundante de la identidad globalizada, y por eso el famoso “sujeto transnacional” no sabe qué hacer o de qué vivir si se le prohíbe moverse. Su subjetividad ha sido formateada en torno a la imposibilidad de detenerse. Si en la posmodernidad global la gran conquista ha sido el aumento de la capacidad de movilidad, ¿podría ser este el virus de la parálisis? ¿Qué movimientos no pueden y no deben ser detenidos?

El movimiento siempre ha estado en la base de las luchas sociales. Son su medio, pero también su fin. Los movimientos (sociales) vienen luchando por adueñarse de su propio movimiento, el de los sujetos colectivos y también el de los individuos que los integran.

Las luchas son por movernos cuando queremos y parar cuando así decidimos, pero ¿qué pasa cuando la situación no es elegida? ¿Priorizamos la autonomía del movimiento, la del sujeto moviente, la de los efectos de los movimientos? ¿La autonomía del movimiento presupone la del sujeto que se mueve o necesita de su sumisión? ¿El libre mercado es una forma de libertad del movimiento?

La cuestión de qué y quién controla nuestro movimiento obsesiona no sólo a la política, sino también a la danza. Y diferentes danzas tendrán diferentes respuestas. Algunas están organizadas por un ideal del movimiento; para otras existe un especialista capaz de hacernos mover mejor; otras entienden que debemos responder únicamente a lo que emerge de nuestro movimiento interno; otras reivindican el no moverse. Hay danzas que proponen renunciar a predefinir todo movimiento y aceptar que siempre estamos improvisando. Hay debates sobre si improvisación es igual a espontaneidad. Se sabe que no es lo mismo lo que componemos solas que lo que creamos colectivamente. Al intentar la repetición, lo que sucede es un enigma. Estos problemas coreográficos son, en sí mismos, problemas políticos del presente.

Decía Pina Bausch: no me interesa cómo se mueve la gente, sino qué los mueve. Porque elegir movernos o detenernos tiene que ver con la autonomía, los deseos y las necesidades del sujeto (y no sólo del movimiento). Pero el sujeto deviene tal en movimiento. Entonces, observar atentamente lo que nos mueve –o nos paraliza– hoy nos puede acercar a entender cómo está pegando esto en nuestras subjetividades.

EL CUERPO COMO EXTENSIÓN DE LOS MEDIOS. Pero ahí donde decíamos parálisis, ahí donde íbamos (ah, ¡por fin!) a enfrentarnos con la detención del incesante, agotador, inclemente movimiento que coreografía el neoliberalismo para nuestros cuerpos, nos encontramos con otra cosa. Zoom, Whatsapp, Jitsi Meet, Tik Tok, Hangouts, de Google, Instagram, Skype, Telegram, Messenger, Facebook, Twitter, Youtube: nos dicen cómo seguir produciendo. El mundo está en tu teléfono y, sorpresivamente (o no tanto), estábamos preparados. En menos tiempo de lo que le llevó a mi primer surtido agotarse ya estaba manejando todas estas aplicaciones e interactuando afectiva y laboralmente a través de ellas. Hasta parecería que alguien lo estaba esperando.

Mi nuevo cyborg es precario e inestable. Un día no tengo voz, otro día pierdo la escucha, aparezco y desaparezco haciendo de mi presencia un acto fantasmagórico. Si estaba moderando la reunión, es posible que mi conexión caiga y regrese media hora después, que se entrecorte y mi discurso se vuelva absurdo, lelo. Es posible que tenga que escuchar por el celular, hablar por la computadora y tomar notas en la tablet. Pero el movimiento sigue mientras los problemas técnicos me hacen imposible atender a lo que está sucediendo en mi cuerpo. Además, cuando termino la reunión en Zoom, tengo decenas de sitios web que, preocupados de que no me aburra, me ofrecen entretenimiento ilimitado en línea: ópera, teatro, museos virtuales y películas de reciente estreno.

La movilidad sigue estando. La aceleración también. El cambio está en la calidad de los vínculos, en las conversaciones que no estamos teniendo mientras movemos cables y bajamos apps. La conectividad agrava la sensación de aislamiento, como cuando al fin salimos, vemos el vacío en la ciudad y decimos: mi casa es menos inhóspita que esto, me vuelvo para adentro.

EL PROBLEMA DEL COREÓGRAFO. Y de repente somos youtubers, manejamos el humor de las nuevas tecnologías, nos enganchamos al modo cómico-irónico del Tik Tok, al formato síntesis de Twitter, a la lógica visual de Instagram. Ajustamos la performatividad al hiperestímulo de la web, nos adueñamos de sus discursos y somos, más que nunca, actores. Hacemos para que otros vean, publicamos para existir. Existimos cuando otros constatan nuestra presencia en sus dispositivos. La expansión tecnológica está de fiesta. No es casual el nombre de Youtube. Me? Las aplicaciones entienden lo que queremos o, mejor dicho, al contrario: nuestra subjetividad entiende y se adecua a lo que ellas necesitan.

Como en todo formateo de las relaciones sociales, siempre hay algo que nos estructura y algo que, con nuestros hábitos, estructuramos. Podríamos llamarlo “el problema del coreógrafo”: ¿me muevo en una danza que yo misma he creado?, ¿cuánta libertad hay en bailar lo que otro coreografía?, ¿toda coreografía captura mi libertad de moverme?, ¿es posible moverse sin coreografía?, ¿es posible gobernar todos y cada uno de mis movimientos?, ¿es el movimiento un problema individual o colectivo?

LA PEOR POSICIÓN ES LA FIJA. Si este es un problema coreográfico, ¿qué tienen para decir del cuerpo los capos de la danza? La ontología lenta de la performance; teorías sobre la potencia de la inmovilidad; los medios como extensiones, la virtualidad y lo espectral; la performatividad de las identidades; cuerpos y contagio: repaso títulos y autores y por momentos siento que ya lo pensaron todo, que se trata, finalmente, de poner en juego sus ideas. Otras veces pienso que todo eso ya no sirve, que la situación cambió radicalmente y hay que pensar todo de nuevo.

Desde el campo escénico veníamos diciendo: reivindicamos el derecho de parar, de ir más lento. Frente al biopoder decíamos: no nos pueden detener, somos libres de movernos donde y cuando queremos. Desde el autocuidado decíamos: el sistema nos impulsa hacia la explotación y la violencia, debemos autoprotegernos. Desde el análisis del poder veíamos: las instituciones que dicen cuidarnos nos vigilan, castigan y reprimen. Desde el liberalismo decíamos: tengo derecho a hacer lo que quiera sin condiciones. Desde el posmodernismo decíamos: comunidad, pero con diferencia. Desde el anarquismo decíamos: desconfiá del Estado, no lo necesitamos. Desde el feminismo decíamos: mi cuerpo, mi territorio.

Pero ahora el virus (y sus efectos) se comporta en contra de muchas de las premisas que estábamos manejando. A otras las pone, por lo menos, en conflicto. Y del resto me pregunto si estoy pronta para llevarlas adelante, ahora que ya no son metáforas atractivas intelectualmente, sino urgencias que bailan al ritmo de la vida o la muerte.

CONFIAR EN LO QUE RESPIRA. Entonces, ¿quién controla nuestro movimiento? Lo que nos coreografía hoy en términos situacionales y subjetivos responde a una lógica radicalmente diferente de la que veníamos pensando. Veníamos deseando una coreografía que rajara el suelo. Ahí la tenemos. No somos sus autores exclusivos, pero sí sus intérpretes. Y sabemos que, en ese rol, hay mucho espacio de creación. En este contexto repensarlo todo y crear las coreografías que nos potencien sigue estando en nuestras manos, pies y orejas. Quizá no se trata de parar –porque, en definitiva, nada ha parado–, sino de seguir de otras maneras. Quizá se trata de superar la frustración de no estar completamente al mando de nuestras coreografías y, aun así, sin caer en la resignación, seguir bailando.

Que sacar “algo bueno” de la situación no nos haga olvidar que hay coreografías de la detención que están cambiando vidas. Que cuestionar el poder no nos haga perder de vista las coreografías que sí estamos eligiendo para preguntarnos si no podríamos estar bailando otra cosa. Por ejemplo, si no podemos parar de trabajar, quizá podemos redireccionar aquello que producimos para que llegue a quienes más necesitan ser cuidados, que jamás pagarán porque no tienen con qué. La reivindicación de parar no tiene por qué significar ocuparnos únicamente de nuestras necesidades e intereses personales, e incluso podemos hacerlo por fuera de quien paga nuestro salario; salir y hacer por y con otres, de tapaboca y guantes o como se pueda.

Podemos (y esto también es luchar contra la enfermedad) resistir la apropiación y detención de nuestra fuerza vital por parte de empleadores y gobiernos. Podemos activar las técnicas del hackeo para infiltrar los canales que ya existen. Podemos palpar, escuchar y lamer esos movimientos que sí están sucediendo, y los que se vienen. Podemos empezar a entrenar, confiando en todo lo que respira.

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