Música de las formas

Dos pequeñas muestras en distintos museos de Montevideo enseñan piezas poco conocidas de Nerses Ounanian, armenio nacido en Grecia y radicado en Uruguay, y nos alertan sobre una producción artística que anticipa tendencias locales, no sólo en materia de escultura sino también en pintura y collage.

Estaba llamado a ser un gran renovador de la escultura uruguaya, pero en el esplendor de su trayectoria creativa lo sorprendió la muerte. Dos pequeñas muestras en distintos museos de Montevideo1 enseñan piezas poco conocidas de Nerses Ounanian (Samos, 1924-Montevideo, 1957), armenio nacido en Grecia y radicado de niño en Uruguay, y nos alertan sobre una producción artística que anticipa tendencias locales, no sólo en materia de escultura sino también en pintura y collage.

Formado con Antonio Pena y Edmundo Prati en la Escuela Industrial (1938-1939), cultivó una escultura convencional de solvente nivel técnico –con reconocimientos en salones nacionales–, sustentada en un dibujo sensible, de fina línea, hasta que el viaje de estudios a Europa (1954-1955) le brindó el conocimiento de la tradición escultórica yugoslava, así como de Brancusi (quien fallece en el mismo año que Nerses) y de Henri Moo-re, suscitando un camino de exploraciones modernas. “Serpiente” (1956) y “Figura volante” (1956), en el Museo de Artes Decorativas, son ejemplos de estas indagaciones signadas por una gran concisión de la forma, una escultura que materializa la idea en el espacio, más conceptual que descriptiva. “Figura volante” recorre el mismo sendero que “Rayo” (1970), de Yepes, pero sin la organicidad de esta última. Es decir, una escultura que sin despreciar la figuración tantea un concepto platónico, sintético en extremo, de lo real. Conviene Nerses a esta minúscula sala por su proximidad helénica a las colecciones arqueológicas allí presentes (los lécitos áticos de fondo blanco o las jarras de vidrio soplado de estilizados cuellos). Ese mismo perfil griego que Antonio Pena capta en el rostro de Ounanian, busto que acompaña estas pequeñas piezas de su alumno, pero que se manifiesta además como una inclinación estética en ambos artistas: observable, por ejemplo, en las ilustraciones que realizaron para los poemarios Estampas de la Biblia, de Juana de Ibarbourou (Pena en 1934) y Raíces del Tiempo, de Ernesto Pinto (Ounanian en 1949).

Ahora bien, ese fulgor helénico, si bien no se apaga del todo, se diluye más tarde en una búsqueda dirigida a los ritmos de la forma y del color. Esa es la clara evidencia de la exposición en la sala uno del Mnav. “Concretismo sensible”, “Vista aérea”, “Derivación número V” son todas pinturas de 1957 (año de su fallecimiento) que desde la abstracción manejan diferentes ideas de ritmo y de vibraciones cromáticas. La repetición de líneas cortas, pequeños arcos de medio punto y punteados, procedimientos presentes al mismo tiempo en la obra figurativa (“Maternidad”, témpera sobre papel, 1953) y en la escultórica (“Maternidad”, bronce, 1957), no cumplen un rol de embellecimiento ornamental, sino que encauzan las energías inherentes a la materia y a la forma, el “movimiento” como pulsión interior. Por esta razón, si bien es factible –como se afirma en los textos de sala– la identificación de la obra de Ounanian con el dolor del pueblo armenio, víctima de un terrible genocidio, predomina en su obra un sentido más vitalista y musical que dramático. Dos collages de 1956, sin título, apenas unos papelitos superpuestos que juegan con los horizontes y los matices de color, prefiguran las sutilezas que Barcala, Germán Cabrera o Humberto Tomeo lograrían años después en la misma técnica. Todo un descubrimiento esta faceta preciosista del autor de “Mártires armenios”, en estas dos pequeñas exposiciones que queremos imaginar como adelanto de otra, necesaria, más nutrida y abarcadora.

1. Nerses Ounanian en la Colección Mnav en conmemoración de los 100 años del genocidio armenio, y Nerses Ounanian en el Museo de Artes Decorativas del Palacio Taranco.

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