Música es pensamiento – Brecha digital

Música es pensamiento

Mañana sábado 12 a las 21 horas se presentan en la sala Balzo SantoAzar y la Orquesta SubTropical. Son dos proyectos muy distintos, pero vinculados. Ambos están integrados por Santiago Lorenzo (“Santo”) y Diego Azar, y basados sobre todo en composiciones de ellos. Brecha conversó con Diego Azar sobre su trabajo y sus puntos de vista respecto del papel actual de la canción.

Diego Azar / Foto: Juanjo Castell

—¿Qué es lo que hace que te den ganas de tocar con alguien?

—Nunca tuve ganas premeditadas de tocar con alguien. Creo que si uno tiene un rumbo honesto en cuanto al quehacer musical, la propia vida trae a las personas, y creo que esa es la única manera para que la cosa realmente funcione, al menos en esta época en que la música se transformó en algo completamente marginal en la sociedad. En particular, con el Santo empezamos a tocar porque allá por 2002 tenía compuestos tres temas para los que escribí arreglos de bandoneón (“Cumbia mambera”, “Buenos modales” y “Desierto”1), lo encontré por la calle y me contó que se había comprado un bandoneón. Así de sencillo.

El Santo es el tipo que toca más instrumentos que conocí en mi vida, tiene un talento extraordinario para encontrarle la vuelta rápidamente a cualquier cosa. Para alguien como yo, que escribe cosas orquestadas, era la persona soñada para laburar. Además de la parte compositiva, claro, una maravilla.

La Orquesta SubTropical casi que contiene la formación de SantoAzar: son casi los mismos músicos, con el agregado de algunos otros. ¿Cómo se vinculan esos dos proyectos? ¿Cómo conviven?

—La Orquesta SubTropical nació como una gracia conceptual más que musical y tenía que ver con la contextualización de las músicas del Almohadones y lo que luego fue No. Tocaba en whiskerías al principio, pero eso fue cambiando.

En una gira que hicimos por el Interior en el verano de 2011 se tocaba el Almohadones en un teatro del pueblo y luego con la SubTropical en un boliche bailable. Eso generaba un estado mental desde el cual se tocaban ambas músicas de una manera completamente diferente a que si se tocara cada proyecto exclusivamente. Después la SubTropical empezó a trabajar más, y ahí, creo, la cosa perdió un poco de tensión. Por suerte ahora volvió todo a su cauce normal.

¿A qué responde el nombre “SubTropical”? ¿Es una orquesta tropical?

—El nombre SubTropical se le ocurrió al Santo y era más bien una manera de pedir permiso para entrar en el mundo de la música tropical uruguaya, que lleva décadas desarrollándose. Planteaba una instrumentación no tradicional del género y composiciones propias con ribetes jazzísticos, y cosas que no se estilaban en el género, al menos acá en Uruguay.

Pasaste tu infancia en Suecia, y llegaste a Uruguay en 1985. ¿Queda algún rastro activo en tu música de esa vivencia de hijo de exiliado?

—Suecia lo que me dejó es que viví el imperialismo cultural desde ambos bandos.

Alguna vez manifestaste la idea de que la canción era algo cuyo ciclo vital se agotó. Sin embargo, en tus tres proyectos editados –Almohadones (solista), No (SantoAzar) y Tropicalgia (Orquesta SubTropical)–, los temas consisten mayormente en piezas cantadas y con letra, y uno diría que son canciones. ¿Qué querías decir con eso?

(El percusionista) Álvaro Salas un día me dijo que el verdadero tocador de tambor lo que hace es pensar a través del tambor. Esa idea puede ser generalizada a toda la música. Toques la música que toques, ésta siempre va a revelar el pensamiento de quien la hizo. Eso es elemental. E insisto en la palabra, tan mal vista en esta época: “pensamiento”. Supuestamente si uno piensa ya no tendría swing ni energía musical, cuando lo que realmente ocurre es lo contrario. El vuelo viene siempre de observadores atentos del mundo que les tocó vivir.

A fines del siglo pasado se tendió a asociar la canción con la sencillez, y eso devino en una jerarquización: una buena canción sería básicamente algo que se comunica con mucha gente. Incluso el mundo “intelectual” empezó a considerar fundamental la idea de que algo “comunique”, y a despreciar lo que supuestamente no comunica, que en realidad es que no comunica a determinada clase social, o grupo o lo que sea. Esas ideas construyeron el siglo XXI.

En los años setenta brasileros y uruguayos, pero también en toda la cuestión inglesa y gringa, el juego y el rompimiento de la canción eran moneda corriente, era lo que le daba vida. La muerte llega en los noventa, cuando empiezan a importar frases como “menos es más”, “volver a las raíces”, “comunicar”, etcétera, que fueron todos pretextos para tocar cosas vecinas a un yingle y venderlas como arte. Fijate lo que todo eso provoca en el lugar espiritual desde el cual vos estás sintiendo la música. Ahí aparece el deseo de trascendencia, de éxito, que corta la discusión de uno con lo que hace. Busca no irse al carajo por miedo a no “comunicar”, busca que las cosas estén “bien terminadas”, y así.

Yo me crié en esa época, y como soy un tipo sin ninguna aptitud particular, tuve que pensar mucho para poder filtrar esas patadas a la libertad mental que hoy son absolutas: hoy no tenés derecho a pensar diferente a lo que manda el pensamiento publicista y artístico-industrial. Se te va a armar un lío de la masita. Pocas veces en la historia se han vivido fascismos culturales como los de esta época, porque están desarrollados bajo una supuesta “libertad” y “heterodoxia” que no son tales.

Entonces, si vos pensás a través de la palabra “canción” te pasan muchas cosas por dentro que escapan a tu poder. La “Cumbia mambera” originalmente era un candombe mateístico, y un día pasando por el parque Rodó y escuchándola tocada con viola y voz en el walkman, para terminar una parte de la letra, escuché eso mezclado con una cumbia villera que pasaban en el Mambo y con todos los sonidos de la máquina. Eso provocó lo que quedó grabado, que no tiene nada que ver con la idea original. ¿Por qué? Porque la canción como tal me importaba tres pepinos. “Miradas indiscretas” era una pieza adolescente de jazz que para mí no tenía ninguna importancia pero era linda. Terminó siendo una pieza que es un guitarrista de jazz tocando en un restaurante y la gente no lo escucha y le habla encima, y todo eso.

Ojo, podés llegar a la canción, pero es desde ese estado de percepción de la música, no es premeditado. La Orquesta Subtropical entera es una forma de entender esta idea en cuanto a su concepción original, que era hacer versiones en plena-danza de las piezas de No y Almohadones.

Hay ejemplos explícitos también: los gatos de ambos discos (“El gato decimal” y “Gato triste”). Cuando uno armoniza una melodía, se podría decir que ve la melodía desde diferentes ángulos. Lo que ocurre en los gatos es que se ve la canción desde diferentes géneros.

—¿Qué papel juegan las letras en esos trabajos?

—En lo personal, trato de que la música haga decir algo y que lo que importe sea la música contenida en la fonética. En la época que vivís, que teme al misterio y prefiere siempre lo cristalino –o si tiene una lectura oscura la quiere como forma de asegurarse una jactancia social dominada intelectualmente por gente que normalmente viene de la literatura y que no sabe absolutamente nada de música ni le interesa saber, y que tiene la sensibilidad y el vuelo musical destruidos por músicas de dos pesos pero que supuestamente “molestan al seudoprogresismo” de sus papis–, a mi parecer, es una forma de rebeldía hacer letras poco ostentosas. La simpatía con las letras genera lo peor del escucha, es un señuelo para poses por una supuesta comprensión de la música que no es tal. También hay que hacer notar que las personas interesadas en la cultura, hoy, le exigen de todo a la danza, a las letras, al teatro, pero en cuanto a música se refiere escuchan cualquier porquería libres de culpa.

En una entrevista con Brecha,2 Fernando Cabrera te felicitó pero también te recomendó “aflojar un poco” con la tendencia “experimental” y cuidar de “no pasarse de rosca y caer en un pozo negro donde ya no se sabe dónde estás”. ¿Qué opinás de esos conceptos?

—Con Cabrera tocamos juntos en 2009 y lo que escuchó fueron cinco temas en vivo de Almohadones. El toque ese fue bastante decente, según recuerdo. Parecía haberle gustado mucho, incluso. Y luego conversando me decía eso que preguntás, como sugerencia de marketing para llegar a más gente, cosa que desatendí respetuosamente. Según él yo le daba demasiada novedad a las personas, y eso parece que es algo que uno debería decidir de antemano cuando compone. Lo raro es que hoy dice que no hay nadie que haga algo novedoso.

Eso habla de quién es Cabrera hoy. Yo me quedo con el de los ochenta y noventa, sin duda alguna. También es raro que en la época que él dijo lo que preguntás, le daba para arriba realmente a cualquier cosa, todo le venía bien menos esto. Qué le vamos a hacer.

  1. Editados en Almohadones (2008), único disco solista de Azar.
  2. Véase Brecha, 10-XII-2011.

 

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