Escondida entre el monte y la chirca, a orillas del arroyo San Francisco, la chacra La Graciela resiste firme en las afueras de Paysandú bajo un sol inclemente. Casi 10 quilómetros la separan de la capital sanducera, distancia que Topolansky, la casera, recorre en su Volkswagen para encontrarnos. Con 81 años –casi 20 de ellos entre la clandestinidad y la cárcel–, la Parda se mudó a La Graciela hace tres décadas. La precedía, entonces, un pasado intenso y en este sitio encontró una posibilidad de empezar otra vez junto a su compañero Germán González, que falleció en 2024. Allí supo volver a ser arquitecta, productora agrícola y más recientemente –aunque reniega de esa definición– escritora. En diciembre, publicó Pequeña memoria. La vida, ese torrente, libro en el que recorre su infancia, su militancia estudiantil y su pasaje por el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros [MLN-T], además de la prisión y el después, lo que compone un retrato delicado y profundo de una mujer hija de su tiempo.
Según Topolansky, la periodista Nadia Amesti fue la que sembró la semilla del libro cuando la perfiló para el portal Zur, en 2018. En palabras de la exguerrillera, a quien las entrevistas la ponían «furiosa», Amesti la convenció tras «una clase» que le dio «sin proponérselo» en aquellos días compartidos. «Me dejó pensando que si yo quería un relato que contara realmente mi vida, tenía que escribirlo yo», recuerda.
Diez años como administrativa en una panadería le enseñaron a usar la computadora y, apenas se jubiló, Topolansky se compró una. Así conoció las redes sociales, que, dice, fortalecieron el incipiente deseo de narrar su historia a través de publicaciones que hacía en Facebook y una serie de intercambios con una prima que le preguntaba sobre sus comienzos en la política durante la pandemia. «Ahí me fui dando cuenta que había un hilo, que amalgamaba dos vertientes: eso que me había dicho Nadia y lo que hablaba con mi prima. Y me dije: “Tengo que empezar a contar yo”. Además sentía una satisfacción: terminaba de elaborar un relato y quedaba contenta. Incluso en ese momento, que mi compañero estaba vivo, se los leía. Él siempre me hacía críticas que me servían. A veces me decía: “Con este le diste, con este no”. Y fui acumulando cosas, hasta que un día dije: “Tengo que escribir todo esto, tengo que armar un libro”.»
—Estamos a días del 8 de marzo [8M], misma fecha en que te fugaste de la cárcel de Cabildo en 1970, en la Operación Julia.
—Operación Julia es el nombre original que le dimos nosotras. Era el nombre de una compañera, y para no decir la palabra fuga y que alguna monja o alguna otra presa común escuchara, nosotras decíamos «para Julia hice esto, para Julia hice lo otro».
Siempre digo que nosotras nos fugamos ese día no por el Día Internacional de la Mujer, sino por casualidad. Y lo recalco porque he escuchado decir que fue por el 8M. Es más, en el momento en que nosotras nos fugamos, el 8M existía, pero como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, planteado así en 1910 por la Internacional Socialista. Después, la Organización de las Naciones Unidas en los años setenta generalizó el asunto.
Yo participo en todas las marchas del 8 de marzo, y sigo pensando que el origen es la mujer trabajadora. Me parece que es importante, es una forma de liberación. Nosotras las mujeres todavía estamos con algunas cadenas.
—«Pero no contaré la historia de los tupamaros, contaré mi historia, mi pequeña historia» es una frase que, como un mantra, se repite en varios pasajes del libro y puede interpretarse como una advertencia al lector sobre lo que se va a encontrar o, por qué no, como una regla autoimpuesta para la construcción del relato. ¿Cuál es la interpretación más adecuada? ¿Qué es este libro?
—Las dos cosas. Es una advertencia al lector de que ahí no va a encontrar la historia del MLN y a su vez es mi necesidad de no hacer la historia del MLN. Si hubiera hecho la historia del MLN, hubiera cotejado opiniones, investigado, recurrido a fuentes, documentos. Eso con mi propia historia no lo tuve que hacer, no lo pretendía. Sobre los tupamaros hay infinidad de libros: buenos, malos, medianos, horribles. Los que te puedas imaginar. Yo sabía que por mi nombre, propagandeado por mí misma y por mi hermana [Lucía Topolansky], la gente iba a pensar que iba a contar sobre el MLN, pero el MLN solamente tenía que ser el telón de fondo, no el personaje, y yo tenía eso constantemente en la cabeza.
Además, algo que me alarmaba, y me sigue alarmando: los mitos que se forman a partir de una cosa mal dicha, algo inventado por parte de algún escritor y que después se reproduce… Por ejemplo, la frase que dicen que Raúl Sendic dijo cuando lo agarraron: «Soy Rufo y no me entrego». Eso es una mentira. Con Raúl Sendic cayeron la que era compañera de él, Xenia Itté, y [Jorge] Ramada. Eso lo inventó un periodista cuando relató el hecho, y Ramada les dice a todos los que lo entrevistan que el Bebenunca gritó esa frase. Y yo cada vez que leo algunas de esas cosas me caliento porque crean falsos héroes, y no éramos héroes, no éramos superhombres ni supermujeres, éramos seres comunes y corrientes que metíamos la pata, que le embocábamos a veces. Entonces a mí me parecía importante rescatar al individuo como individuo, como ser humano, que es lo más valioso, Y cuando decidí contar mi propia vida dije: «Como soy».
Yo no quería que fuera un testimonio cronológico frío ni una cuestión sensacionalista heroica, sino transmitir la vivencia de una persona, pero que cuidara la forma literaria, que tuviera un valor en ese sentido. Te diría que es una memoria literaria; no sé si existe esa clasificación, pero no es una autobiografía. Y escribir sobre mí misma me sirvió para laudar el pasado; me obligó a pensarme, entenderme y confesarme cosas.
—Hay algo terapéutico también entonces.
—Sí, hay. Yo terminé de escribir el libro y me sentí en paz, pero no una paz editorial, me dio tranquilidad, y creo que fue la mejor manera de hacer el duelo por la muerte de Germán, porque además ahí también pude contar la muerte de él, pero como quería yo.
Si pasaste por experiencias extremas, como haber vivido interrogatorios, tortura, cárcel, en algún momento necesitás contar. Yo salí de la cárcel y necesitaba preguntas, pero la gente no las hacía, o te hacía preguntas banales, y vos necesitabas algunas más profundas, como las que me hizo mi prima. Es como abrir las compuertas de una represa, porque salen en pelotón todos los recuerdos.
—Los recuerdos de la infancia, con la familia, tienen una dedicación especial. El nombre que el tío Max le puso a la muñeca que te regalaron de niña, Jomo Kenyatta, o la importancia del tío Juan como el que introdujo la literatura en tu vida. ¿Fueron determinantes esos detalles en la militancia posterior?
—Fueron determinantes. Por el tío Max nos enteramos de que en África recién estaba pasando lo que nosotros aprendíamos en la escuela, que lo que había hecho Artigas o los 33 orientales en Uruguay, los africanos recién lo estaban haciendo en los años cincuenta. Y en el caso de la lectura todavía más. A mi tío Juan le dedico el libro porque fue el respaldo que tuvimos los hermanos Topolansky. Él vivía afuera, en un campo que tenían mis abuelos, donde pasábamos nuestras vacaciones, y se dedicaba a leer y leer. Tenía una enorme biblioteca con todo tipo de libros y siempre nos prestaba alguno que después pedía que le contáramos. Eso es lo que te da la pauta de que no aprendés solamente en la escuela, sino que aprendés también en el barrio, con la familia y las circunstancias que vivís. Esas enseñanzas para mí fueron importantes. Después en la cárcel los libros eran una ventana a la libertad, de ahí que una de las sanciones que los milicos utilizaban era sacarnos los libros.
—Coincidiste con Elena Quinteros, primero de niñas como scouts, luego presas en Cabildo, y también compartiste cárcel con Sara Méndez, a quien recordás haciendo la campaña por el voto verde en 1989. Y decís sobre el terrorismo de Estado que «aún a 40 años no se ha resuelto». Viniendo al presente, ¿qué análisis hacés de esto luego de tres gobiernos de izquierda?
—Y yo sigo pensando que no está resuelto. Mi militancia es fundamental ahora, en la Intersocial de Paysandú, y, dentro de la Intersocial, en la comisión de memoria. Entiendo que si nosotros no sabemos de dónde venimos, de qué país venimos, por qué razón hay compañeros desaparecidos, hay un crimen que se está cometiendo en este momento en que estamos hablando. Si no entendemos eso, no entendemos cómo está estructurada la sociedad. Entonces puede haber impunidades de otro tipo, porque sobre la base de esa impunidad tenés la impunidad de los abusos sexuales, tenés la impunidad de los abusos laborales. Todas esas impunidades las tenés porque, cuando vos no atacaste la impunidad del aparato del Estado, el terrorismo del Estado con toda su burocracia, que agarra a mengano, lo interroga, lo tortura, lo mata o lo desaparece y ejerce así terrorismo sobre sus familiares y sobre toda la sociedad, es el aparato del Estado el que está en falta. Entonces si después un particular se siente impune, y va un tipo como ese que secuestró a sus dos hijos y los mató en un arroyo, tiene que ver con la impunidad general. Y no vamos a poder combatir las impunidades menores si no combatimos la impunidad mayor. Por eso hasta el día de hoy mientras haya terrorismo de Estado, mientras no haya verdad y justicia, vamos a seguir reclamando. Y ahí justamente es donde yo tengo una de las grandes diferencias con algunos del Movimiento de Participación Popular y del Frente [Amplio], porque hay debilidad en eso, porque el asunto de los «pobres viejitos»… Eso es espantoso.
—En el libro, la ausencia de una «síntesis colectiva» aparece como decepción a la salida de la cárcel. ¿Qué pasó ahí? ¿Cuál es tu síntesis?
—No hubo una síntesis colectiva. Durante los 13 años de cárcel todos teníamos el sueño de lograr la libertad y juntos hacer un balance de lo que había pasado. Porque había compañeros muertos y desaparecidos, y la idea de que eso no hubiera sido en vano… Pero tenía que ser colectivo. Hubo intentos, pero no fueron hasta el fondo; se miraba al futuro, pero no al pasado, y no podés dar vuelta la página y empezar de cero sin leerla y pensarla. Por eso para mí es importante la memoria.
Mi síntesis es que perdimos, pero perdimos en lo estratégico, no en el objetivo. Es personal y entiendo que haya gente que no la comparta, pero es lo que pienso. Nosotros nos metimos, incluso hasta la muerte de compañeros, intentando hacer una sociedad mejor, porque la creíamos posible. Todavía creo que es posible que el hombre viva en armonía consigo mismo y con la naturaleza.
—Hacia el final del libro recordás cuando fueron a Paysandú a comprar unos championes para Germán, unos Nike. Al abrir la caja te das cuenta de que estaban hechos en Vietnam y eso motiva una serie de reflexiones. Contás que Vietnam, en la guerra con Estados Unidos, «era el punto rojo de la política internacional» cuando comenzaron a militar, y que «el mundo ha cambiado». Hoy, tal vez con otra carga ideológica, podría decirse que Palestina es ese punto rojo. ¿Qué opinás de la postura que ha tomado nuestro país sobre el tema?
—Horrible. Yo creo que hay un genocidio en Palestina. Hay que decir que es un genocidio. Hay que usar la palabra, porque cuando no usás la palabra es como con la impunidad; el no darles la orden a los milicos de que digan dónde están los desaparecidos… Hay que ser claros en algunas cosas, con Palestina pasa eso.
Hoy está muy complicado. Es mucho más difícil el mundo que estamos viviendo que el que me tocó vivir a mí en la juventud. Era un mundo más estable en términos de las instituciones. Había más recuerdos, más memoria de lo que habían sido las guerras mundiales. Ahora preguntale a un chiquilín de 15 años sobre eso y lo piensa en términos de enfrentamiento militar, pero toda la miseria y los problemas sociales que generaron las guerras… ¿Vos creés que un chiquilín sabe algo de eso? Nada. Y no porque sea burro, sino porque simplemente estamos lejos, porque está esa enormidad de información que es desinformación.
—¿Creés en la revolución todavía?
—Creo que el hombre puede y debe vivir en una sociedad justa y solidaria, donde seamos seres humanos que se respetan los unos a los otros y no tengamos que vendernos por un pedazo de pan. Ahora, si vos me preguntás cómo llegar a esa utopía, no sé, en este momento no lo sé.
Extracto
Ni un minuto de distracción
«Todo ha sido muy rápido. Es diciembre de 1966, 22 de diciembre: han matado a Carlos Flores y a Mario Robaina. Han detenido al Loco Rivera y cinco más. La policía busca a casi todos con nombre y apellido, han allanado sus casas, los han buscado en sus trabajos, han atado cabos, relacionado datos. La célula E se ha salvado, también su base: un sótano en una casona de la calle Gonzalo Ramírez, a media cuadra del parque Rodó, que para los vecinos es un bulín de estudiantes de arquitectura, un refugio de salidas y juventud. Dos escalones por debajo de la entrada, por el costado de la escalera principal que lleva a la casa, una pequeña puerta, un sótano. Un salón rectangular, amplio, iluminado por dos banderolas altas sin vista al jardín, una pequeña pieza con ventana al salón, un baño, suficiente para que la célula E sueñe con construir un mundo mejor, más justo y solidario, y construirlo sin demora.
La célula E: Emilio, Eugenio, Eros, Eco y Elvira.
Diciembre de 1966, un grupo clandestino irrumpe en la escena política.
Matan a Carlos en una persecución y a Mario en un allanamiento. Hay muertos, presos y compañeros clandestinos. Hay allanamientos, noches a la intemperie, reorganización. Hay casi que partir de cero.
Y la vida clandestina y la muerte y la cárcel.
La militancia como eje y centro de nuestras vidas, ni un minuto de distracción.
Pero no contaré la historia de los tupamaros, contaré mi historia, mi pequeña historia. Una memoria personal a modo de resumen, cuando ya tengo 80 años».
*Pequeña memoria. La vida, ese torrente fue publicado en 2025 por Editora del Norte, un proyecto concebido como una herramienta «para que la gente del norte del río Negro tenga un lugar donde publicar». Será presentado el viernes 20 de marzo, a las 20 horas, en el salón de actos de la Facultad de Arquitectura. ↩︎





