No está solo

Unas encuestas publicadas por Le Figaro cuantifican las opiniones xenófobas francesas. Mientras Gran Bretaña alberga sus fuertes pujos nacionalistas en la posición favorable a la salida de la Unión Europea y en Dinamarca, Kristian Thulesen Dahl -y sus consignas antimusulmanas- salió segundo en las elecciones de 2015. Donald Trump no está solo.

“En un importante número de países europeos los movimientos patrióticos surgen vigorosamente”, fue el saludo de Donald Trump a la mayoría obtenida en Austria en primera vuelta por Norbert Hofer, el candidato del antiinmigrante Partido de la Libertad (35,5 por ciento y buenas perspectivas para la segunda vuelta, el 22 de este mes). Como Trump, él porta un arma “para defenderse”.

En Francia, el socialista François Hollande lanzó una serie de medidas nada liberales en nombre del antiterrorismo, autorizando el allanamiento de mezquitas y otras instituciones islámicas sin intervención judicial, y el arresto domiciliario de personas a la espera de decisión judicial: en abril del año que viene debe enfrentar en las presidenciales a Marine Le Pen, y eligió parecerse a su contrincante.

Por decir fútbol

Unas encuestas publicadas por Le Figaro el 29 de abril cuantifican las opiniones xenófobas. En 2010 el 55 por ciento de los ciudadanos franceses estimaba que la influencia y visibilidad del islam en el país era excesiva; hoy, el 63 por ciento opina así, y el crecimiento del 8 por ciento se adjudica por entero a votantes de izquierda. Entre los votantes declarados del PS, el rechazo a la presencia islamista pasó del 39 por ciento en 2010 al 52. Tanto en Alemania como en Francia, 60 por ciento y 67 por ciento, respectivamente, de la ciudadanía opina que los musulmanes “están mal integrados” a la sociedad, y un 47 por ciento en ambos países cree que esa comunidad “es más bien una amenaza”.

Mientras Gran Bretaña alberga sus fuertes pujos nacionalistas en la posición favorable a la salida de la Unión Europea, a decidirse en el referéndum del 23 de junio, hoy de incierto resultado, los “movimientos patrióticos” que alientan a Trump están –además de en Austria– en Hungría, cuyo primer ministro Viktor Orban hace caudal del temor popular ante el pasaje de inmigrantes de Siria y Turquía hacia el norte, y ya concretó la amenaza del muro de Trump haciendo los suyos con alambre de púas y cortantes (hechos por presos) en las fronteras con Croacia, Serbia y Eslovenia, y anunció uno nuevo sobre la frontera rumana. Humans Rights Watch denuncia que los refugiados que lograron cruzar su frontera entre enero y setiembre, 204 mil personas, son tratados como criminales.

En Polonia, formalmente menos afectada en forma inmediata por la ola migratoria, las elecciones de octubre fueron ganadas por el marcadamente derechista Partido por Ley y Justicia, con las consignas de “purgar Polonia de influencias liberales y cosmopolitas”. Luego del ataque terrorista de marzo en Bélgica, su primer ministro, Beata Szydlo, se retractó de la cuota de 7 mil refugiados que había aceptado, con el argumento de que pueden traer “posibles epidemias: cólera desde las islas griegas y disentería desde Viena”.

En Dinamarca, en fin, Kristian Thulesen Dahl, con su Partido del Pueblo, salió segundo en las elecciones de 2015 apoyándose en consignas antimusulmanas, y hoy las encuestas lo dan como favorito para primer ministro. En Holanda, Geert Wilders, el crítico del islamismo que compara al Corán con Mi lucha, y su Partido por la Libertad plantean luchar “contra la islamización del país”.

En The New Yorker del 2 de mayo se reflexiona sobre esta realidad: “Es suficientemente perturbador ver a agitadores charlatanes en posiciones de poder en lugares como Berlín, Varsovia y Viena, de los que se podía esperar que hubieran dejado atrás las pesadillas del siglo pasado. Pero que una figura tal (como Trump) se aproxime a la presidencia de la democracia líder del mundo, su mayor economía, con hegemonía militar y la única superpotencia, sería una tragedia de otro orden”. 

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