Béla Tarr, el más radical de los directores cinematográficos contemporáneos, ha muerto y es inevitable sentir que su desaparición física marca el fin de la concepción del cine como el arte político del siglo XX. Béla Tarr había nacido en la Hungría sovietizada, hijo de un escenógrafo y una apuntadora teatral, cuyo destino hubiera sido la filosofía si su padre no le hubiera regalado una cámara 8 mm cuando cumplió 14 años. No fue, sin embargo, su fascinación por el cine lo que lo alejó de la filosofía, sino más bien su torpeza y su entusiasmo. Su primera película, hoy perdida, ganó un concurso de cine amateur. Era un registro documental sobre la iniciativa de un grupo de trabajadores gitanos de pedir al secretario de Partido que los dejara viajar a Austria, ya que no encontraban su...
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