No te quedó sueño por vengar - Semanario Brecha
Indio Solari (1949-2026)

No te quedó sueño por vengar

El viernes 5 de junio, en los altos ventanales de la madrugada, el cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota murió en su casa de Parque Leloir. Una época se clausura, pero, a la vista de su obra y de los alcances inmedibles de la despedida, otra época recién comienza.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota durante una actuación en los años 70, en La esquina del sol. Rock.com.ar.

Año 4128. La primera expedición de psicoantropólogos regresa a la Tierra para encarar una serie de excavaciones en la región antes conocida como Río de la Plata. Llevan comida en aerosol, llevan técnicas y herramientas de sofisticación altísima. Con precaución, remueven toneladas de escombros y posicionan cada escáner frente a los muros de los edificios. Debajo de todas esas capas y capas sedimentarias de ceniza, pinturas y afiches fosilizados, encuentran una serie de inscripciones. Los lingüistas se arremolinan alrededor de los monitores. Estudian y estudian. Poco a poco, mientras reconstruyen una civilización completa a partir de esas letras, llegan a la primera de una larga serie de revelaciones: parece la palabra de miles y miles de personas, pero es la voz de un solo hombre.

Carlos Alberto Solari nació en Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos, pero su familia se mudó muy rápidamente a La Plata: la gran ciudad ilustrada de la Argentina. Eran los primeros cincuenta. José, su padre, era un tipo ya mayor que trabajaba en el tendido del Correo Argentino. Chicha, su madre patagónica, era un ama de casa con filiaciones anarquistas. Un discípulo de Jung vería el destino en esa ecuación familiar. Carlitos, por lo demás, ya era un conspirador: bardero a cielo abierto; niño ceremonial en privado. El rock and roll recién desembarcaba en estas costas y ya tenía un candidato en La Plata. Buena suerte.

Solari leía las historietas de Hora Cero y daba vueltas en su bicicleta Legnano. Después, como todos esos boomers que cursaban Bellas Artes en los sesenta, empezó a escuchar a los Beatles y a leer a Lobsang Rampa. Cosas así. En ese preciso momento, en distintos puntos de la misma ciudad, un puñado de átomos dispersos giraba a toda velocidad: la teddy girl con un hijo y amigos en la guerrilla; el pintor al frente de una comuna hippie; el guitarrista de ojos claros rechazado por su familia patricia. La Negra Poli, Rocambole, Skay, el Indio. Dios los cría.

Año 4130. Una segunda expedición de psicoantropólogos vuelve a la Tierra para continuar con las excavaciones en la región antes conocida como Río de la Plata. Llevan comida en vaporizadores, llevan la siguiente oleada de herramientas. Con precaución, remueven hipotoneladas de ruidos y posicionan cada escáner frente a lo que alguna vez fueron esquinas o plazas. Debajo de todas esas capas y capas sedimentarias de puteadas, bocinazos y declaraciones de amor, encuentran una serie de melodías. Hombres y mujeres se arremolinan alrededor de los parlantes. Escuchan y escuchan. Una editorial lanza un libro con esas canciones, un robot lo apoya sobre el atril y canta una pieza todas las mañanas. Poco a poco, uniendo cada parte, llega a la última de una larga serie de revelaciones: parece el canto de un solo tipo, pero es la voz de todos.

CINE DE TERROR

Ojo con el hilo que elegís para tirar. En algún punto de 1993 compré mi primera revista de rock porque venía con un póster y un suplemento dedicado a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Vivía en Tres Arroyos, a unos 500 quilómetros de Buenos Aires. Esto es casi inverosímil para los chicos que crecieron con el sistema idiosincrático de las celebridades y siempre tuvieron internet en sus casas, pero jamás había visto una foto de la banda. Jamás. Acostumbrado a estrellas como Axl Rose, me impresionó el aspecto civil de la banda. Estaba buscando desesperadamente un ídolo y me encontré con un tipo que no solo era calvo, sino que usaba camisas, pulóveres de cuello redondo y jeans pinzados. WTF. «Solos y de noche», decía. Miré a mí alrededor. Me dio miedo.

Unos días después desplegué aquella lámina y la colgué en la pieza que compartía con mi hermana. Hasta donde recuerdo, Eliana no puso reparos. Entonces, mientras el Indio comenzaba a dominar la escena con sus dos metros y medio de papel satinado, me tiré en la cama para seguir con la lectura. La historia se desplegó ante mis ojos como Las mil y una noches: una saga llena de sultanes de facultad, strippers, barrabravas ontológicos, cineastas de super-8, drag queens, milicos con Ray-Ban, periodistas, enamorados en el último estadio de la desesperación. Los personajes entraban y salían de escena como en un sainete, excepto los tres protagonistas: Skay, Poli y el Indio. Ellos orbitaban alrededor de una idea. ¿Qué idea?

En el principio, Patricio Rey es una fuerza magnética cuyo epicentro está en el subsuelo del Pasaje Rodrigo. Decididos a componer y grabar la música de la película Ciclo de cielo sobre viento, dirigida por Guillermo Beilinson, un puñado de músicos y artistas hace una serie de ensayos abiertos. Es 1976. Esconderse en un sótano no suena como una mala idea. Frente a la carnicería de la dictadura, hacer un soundtrack es una excusa tan buena como cualquier otra para no perder la cabeza. Literal y metafóricamente. Munido con un silbato, Skay (el hermano menor de Guillermo) dirige la orquesta y el Indio trata de hacer sentido. Para que sea un lugar habitable, Poli se encarga del oxígeno. Unos días después llevan ese mismo quilombo al Teatro Lozano. Todavía no tienen nombre, pero ya son los Redondos.

Los milicos dicen que se retiran y estos tipos mudan su circo al circuito de pubs porteños. En el camino, como una nave que ingresa en la atmósfera, pierden todo el fuselaje hasta quedarse con el núcleo: la banda de rock. Si los sesenta fueron tres putos años, la primavera alfonsinista es un solo disco: Gulp! Apenas unos meses después, Oktubre ya es el pájaro de mal agüero. Todavía no habían sucedido ni la hiperinflación ni los carapintadas, pero los Redondos levantaban el dedo de la advertencia. «Los buenos volvieron», decía Solari, «y están rodando cine de terror». El gesto terminó de definir su personalidad. Con el mural de Rocambole, en contrapunto con la guitarra de Skay, Solari amonedaba su propio sentido de la melodía. No hay uno sin el otro. Escuchemos las escalas derviches de Skay, su ataque, su silencio. Escuchemos «Fuegos de octubre»: es pregunta, respuesta y acuerdo. Uno es el contorno del otro.

La aparición del Indio, en ese sentido, es un salto evolutivo no solo para el género sino para toda la cultura argentina. Antes, nadie había llevado la jerga del pulp al escenario y muchísimo menos la había puesto a bailar con aquella banda de rock wagneriano, y por supuesto que a nadie se le había cruzado por la cabeza la peregrina idea de usar esa distancia para observar el horizonte de la noche con anteojos de sol. Y nadie es nadie. Con ese humor vidrioso, con esos globos de diálogo, con esa sensualidad (¿nadie va a hablar del BDSM en «Te voy a atornillar»?), con esa precisión política, con esos destellos de vulgaridad.

Por suerte, no hacía falta ser Noam Chomsky para escuchar al Indio. Era el encanto de la música y la naturaleza del primer exégeta, su propio autor. Ese tano más bien petiso que usaba su voz como un látigo de dos puntas: bajos de FM a las tres de la mañana; agudos con ronquera de vendedor ambulante. Una gestualidad minimalista para completar o expandir el sentido. Giros centrífugos y cejas alzadas en ademán de sospecha. Las manos pellizcando los pezones de la «tetita cruel», alzando la cuchara de los alicientes. Más claro echale agua.

LO PEOR ES ESTAR SOLO

¿Es o no es una paradoja? Aunque el Indio pregonaba el placer como principio rector, su ética de trabajo era disciplinada. Juicio extremo con el material. La hornalla del ego controlada. Solari, como cuenta Enrique Symns, nunca sucumbió al usufructo erótico del escenario. No es que se abstuviera de desplegar su sexualidad ahí arriba, sino que jamás se insertó en el circuito de las groupies. No casualmente en este mismo período, después de agotar el mismo circuito que Soda Stereo, Los Twist o Baglietto, los Redondos tallaron en piedra su tabla de los mandamientos. Como Bartleby, llevaban una frase en la palma de la lengua: «Preferiría no hacerlo».

Charly se colaba en los camarines y les ofrecía producirlos. El Indio declinaba la oferta con una sonrisa. Badía los llamaba para invitarlos a su programa y Poli se hacía pasar por una empleada doméstica. Con el oro y el moro en las manos, Grinbank los emboscaba en los pasillos de la Rock & Pop. «Dejo a todas mis bandas para dedicarme en exclusividad a los Redonditos», les dijo. «Gracias, Daniel», respondían, «pero estamos bien así». Bien así. Es decir: sin contratos, sin sponsors, sin prensa. Una ética, como todo el mundo sabe, no se define por la positiva. Se define por la negativa.

Sus siguientes discos, en ese sentido, fueron una proyección astral hacia el corazón del neoliberalismo: ese tiempo de plumaje blanco en el que los pibes de Dock Sud o Isidro Casanova, sentados en el cordón de la vereda con su botella de Quilmes Cristal, veían pasar el cortejo fúnebre de su propio futuro. Un baión para el ojo idiota se distribuyó en las primeras semanas de mayo de 1988, con el país en uno de sus cíclicos procesos de desintegración. La voz de Solari no solo dialogaba con ese contexto sociopolítico, sino también con obras del mismo período, como Téster de violencia y Patria o muerte. Sin embargo, a diferencia de aquellos discos de Spinetta o Don Cornelio, los Redondos no armaban su búnker ni paniqueaban en medio de la selva. «Yo creo que peor es estar solo», decía el Indio. «La soledad es lo más cercano a la muerte. El dolor solo duele, no mata, gracias a Dios; pero hay que bancárselo.»

Visto con la suficiente perspectiva, esas canciones avanzaron sobre la época como pánzers blindados con consignas situacionistas. Hakas de riffs inolvidables y estribillos para desplegar en el territorio enemigo. «Todo un palo» fue un talismán para todos esos muchachos que, rechazados por la Isla de Caras, viajaban con una Topper en el estribo del vagón y la otra flotando en el aire cromado del conurbano. «Yo voy en trenes/ No tengo donde ir.» Así eran las cosas. Había comenzado una guerra, pero, excepto Patricio Rey, nadie se había dado cuenta.

El Indio era su santo y seña. En dos décadas de experiencias estrictamente undergrounds, había caminado por el desierto como Jesús y había recibido sus tentaciones. Irradiado por la budeidad, ingresó en su período de masividad clandestina. Un concepto que nace y muere con los Redondos. Sin logo, casi sin fotos, los chicos estampaban las ilustraciones de Rocambole. La calva era más simple y concentraba la renuncia: este no es mi mundo, parecía decir. Reclamo mi deseo por otro mundo. Así, exactamente así, abandonaron los escenarios porteños y se lanzaron a peregrinar por el país. ¿Qué clase de carrera era esa? ¿En qué se habían convertido?

En agosto de 1997, poco antes de sus conciertos en el club Estudiantes de Olavarría, el gobierno municipal suspendió los shows con el chamuyo de la seguridad. De pronto, en cada hogar de la capital y el interior, las señales de TN y Crónica TV interrumpieron su programación habitual. La banda entró en una sala del Hotel Savoy, tomó asiento y ofreció la única conferencia de prensa de su historia. Todos hicimos silencio, algo hizo ruido. «No estamos para bajarle línea a los chicos, sino para escucharlos», dijo Solari. «En sus nervios hay mucha más información del futuro que la que tipos de nuestra edad puedan tener para aconsejarlos.» Nuestros padres nos miraron a los ojos. El molde estaba roto.

INFORMACIÓN DEL FUTURO

Autopista del Oeste. En una estación de servicio, a la altura de la avenida Martín Fierro, un periodista espera por su contacto. Es el año 2004. Néstor Kirchner acaba de descolgar el cuadro de Videla en el Colegio Militar. Después de 16 ciclos de tensión, el glaciar Perito Moreno quiebra su puente de hielo. De pronto, una camioneta Land Rover busca su lugar en el estacionamiento de esta Shell desangelada. Unos minutos después, con el periodista a bordo, deambula en zigzag por los caminos suburbanos de Parque Leloir hasta que llega a la casa quinta. El intermediario solicita acceso y, apenas abren las puertas, le aconseja al invitado que espere unos minutos. Hay que atar a los perros.

En el marco de la edición de El tesoro de los inocentes, su primer disco solista, Solari ofreció una serie inédita de entrevistas a revistas especializadas y diarios de gran tirada. Comían empanadas, escuchaban el disco, conversaban. En alguna de esas veladas, acicateado por el periodista de turno, el Indio trazó una línea en el suelo. «Las canciones no son de Los Redonditos», dijo. «Son mías.» Era un acceso de despecho, qué duda cabe. Solo hacía falta escuchar un minuto de cada disco para advertir qué cosas habían perdido el Indio y Skay en ese divorcio. Y qué cosas habían ganado.

Liberado de la elefantiasis, el guitarrista se deslizó nuevamente hacia el under y encontró esa voz gruñona de personaje de Tolkien. Solari profundizó la veta opresiva de Momo Sampler y recibió una andanada de público en retroactivo: todos aquellos pibes que, en las selvas de internet, descubrieron esa banda tan exudada de aura que ni siquiera existía. Escucharon respetuosamente cada disco nuevo y, mientras viajaban a Tandil o Mendoza o Montevideo, juntaban las palmas de las manos: «Solo te pido que se vuelvan a juntar».

En algún punto de 2015, «Juguetes perdidos» comenzó a utilizarse en los actos de campaña de CFK y Solari hizo muestras de acercamiento. Publicó un libro de memorias, colaboró con Wos (el León Gieco de su generación) y recomendó a escritoras que ya estaban en el candelero. El desplazamiento lo estabilizó en el imaginario. Esa posición más estática, simultáneamente, lo acercó de otra manera a una parte del público y lo posicionó como enemigo acérrimo de la otra parte. De pronto, había chicos que le decían Míster. De pronto, había nabos que le decían kuka. Solari pasó del modelo Dylan (el artista inatrapable) al modelo Seeger (el artista militante) y, como si hubiera gatillado una cuenta regresiva, comenzó a ceder. Mandó mensajes a diestra y siniestra, apareció vulnerable frente a cámara, firmó versos que parecían dictados por su público. Hacemos lo que podemos.

Nunca había sido una figura precisamente querible. Era otra cosa. Me crucé varias veces con Skay en situaciones, llamemoslé, civiles: un cumpleaños, un recital de Television (escuchen «Elevation», ¿no suena como Oktubre?), una caminata por la calle Arévalo. Siempre me dieron ganas de abrazarlo. El Indio, por el contrario, era una figura más bien oracular. Un poco lejana. Casi holográfica. Paradójicamente, cuando me llegó la noticia de su muerte, se terminó de corporizar. Como si el deceso lo trajera. Como si el póster de dos metros y medio hubiera dado un paso adelante y, en un fast-forward imposible, caminara directo hacia la muerte: el niño con las cerbatanas en la plaza Olazábal; el adolescente copiando los dibujos de Solano López; el hippie rodeado de perros en Valeria del Mar; el primer beso con Viru; el padre con los mapas para el colegio de Bruno; el marido mandándose cagadas con las redes sociales; el paciente con el diagnóstico en la mano; el viejo apoyado en el bastón, retratado para siempre entre los liquidámbares de su jardín. Un hombre en la pileta. Solo y de noche.

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