Nosotros también – Brecha digital

Nosotros también

“Yes, we fuck!”, se llamaba la película que daban el viernes pasado en el Centro Cultural de España. La nota empezó cuando se volvió a encender la luz: sexualidades ahogadas hasta extremos inquietantes; gente moviéndose para desahogarlas, iniciativas e ideas que merecen discusión, embriones de cambio. La siguiente nota trata sobre sexo y personas con discapacidad.

Sexo y personas con discapacidad. Dibujo: Ombú.

Una decena de cuerpos “no convencionales” tendidos sobre colchonetas, desnudándose entre sí, descubriéndose, intercambiando mimos, teniendo sexo. Una mujer paralítica y bastante gorda junto a su amante, un varón sin discapacidades que declara amar su cuerpo quieto y la penetra suave, dulcemente. Un jovencito con tantas nanas como Stephen Hawkings disfrutando del sadismo leve y juguetón con que lo incita la trabajadora sexual que contrató a esos efectos. Una filósofa en silla de ruedas que carece de gobierno sobre sus brazos es ayudada a masturbarse por Teo, su “asistente sexual”. “No sabía que mi mano era tan suave”, confiesa.

Las escenas pertenecen a la película española Yes, we fuck! exhibida el viernes pasado en el Centro Cultural de España. Fue la última del II Festival de Cine Creative Commons, que Valentina Gómez y Salvador García programaron con la idea de que los títulos seleccionados atrajesen a distintas comunidades de activistas, cosa que en el caso de Yes, we fuck! efectivamente sucedió. No sólo la sala estaba colmada, sino que el debate posterior mereció perfectamente tal denominación.

“Claro que no era gente que pasaba por la calle y se metió al cine”, observó a Brecha Natalia Farías, psicóloga e integrante del panel que el viernes inició la conversación. Su tocaya Natalia Guala, directora de la Unión Latinoamericana de Ciegos y parte del mismo panel, contó que los jóvenes de la filial uruguaya de la organización siempre están intentando generar actividades y que regularmente los oye quejarse de que concurren siempre los mismos. El viernes, sin embargo, estaban todos. “Cómo convoca el sexo, ¿no?”, les decía.

La película ganó el primer premio en la categoría documentales en el décimo festival de cine porno de Berlín, pero calificarla de porno parece un disparate. Si no fuera un anacronismo habría que decirle punk. Es simplemente franca y directa. ¿O no tan simplemente?

“¿Por qué no me perturbó la orgía del principio? Tal vez por la voz en off que ofrece una narración, tal vez por la cámara que toma distancia y nos aleja de la obsesión anatómica de la pornografía”, responde Sergio Meresman, psicólogo y psicoanalista, quien con la antropóloga Luisina Castelli completaban el panel.

PARA QUE NO SUFRAS. Meresman cree que todo empieza muy temprano. Un hijo con discapacidad desafía los deseos y las fantasías construidas por los padres. Los progenitores deben tramitar el duelo del hijo imaginado. Demasiado a menudo no sucede. Demasiadas veces el niño sentirá que su cuerpo no merece ser amado. La pareja también puede estallar. Frecuentemente la madre orientará todo su amor hacia ese hijo, lo hará su objeto hasta el punto de impedirle que finalmente se asome a la aventura de asumirse sujeto.

“No es tanto un ‘no hagas esto’. No es tanto establecer una prohibición, sino asumir que no tenemos sexualidad”, precisó por su parte Guala. Aquellos cuyos cuerpos se apartan de la norma quedan atrapados en “círculos viciosos de sobreprotección”: como se entiende que tales cuerpos no serán nunca deseados, para evitarles dolor debe procurarse que no deseen. Otra precaución atormenta sobre todo a las mujeres: “Si alguien quiere tener relaciones sexuales con mi hija discapacitada en realidad quiere abusar de ella, piensan las familias”, graficó Guala. Luego hay muchachas y muchachos de 23 o 24 años a los que no se les permite tener novio o novia.

En su diálogo con Brecha Farías recordó observaciones recogidas en una investigación sobre salud sexual y reproductiva realizada en 2010 con el Instituto Interamericano sobre Discapacidad y Desarrollo Inclusivo y la Intendencia de Montevideo: “Muchas personas ni siquiera consideraban que una muchacha con alguna discapacidad necesitase ir a un ginecólogo. ‘¿Para qué va a ir?’, preguntaban. ‘¿Qué necesidad de tocarla? ¿Qué necesidad de someterla a un tacto?’”.

Del otro lado del mostrador, a pesar de la formación académica, suele encontrarse el mismo prejuicio. “Cuando una mujer va al ginecólogo usualmente se le pregunta cuándo ha tenido su última relación. Cuando es una mujer con discapacidad eso muy raramente se pregunta”, contó Guala.

Ella percibe que toda la sociedad replica esta negación. “Es mucho más común de lo que uno desearía que cuando pasa por la calle una mujer ciega embarazada le digan: ‘Pobrecita, ¿quién te hizo eso?’. No puede ser una mujer que decidió ser madre, sino que alguien malvado abusó de ella y le hizo algo terrible”, observó.

Guala anotó también que incluso las personas con discapacidad caen en la trampa. “Es que cada uno vive su discapacidad como su entorno de confort. Lo conocés, sabés como funcionás con eso, y desde ahí mirás al que tiene otra discapacidad como lo hace el resto de la sociedad”, explicó.

La negación de la sexualidad no involucra solamente el acto sexual. “El derecho a la sexualidad pasa también por el derecho a la intimidad, a poder elegir cuándo, dónde y con quién se está, y por el derecho a estar solo con uno mismo, tenga o no que ver explícitamente con la sexualidad”, argumentó por su parte Farías. La psicóloga recordó la fuerza con que eso había surgido en los talleres que realizó en la escuela número 200, la única del país especializada en personas con discapacidad motriz severa, y a los que asistieron muchachos de entre 14 y veintipico de años: “Lo de la intimidad resultó ser todo un tema. Lo planteaban con pila de angustia. Querer estar solos un par de horas y no poder…”. Tampoco faltarían en Uruguay los extremos más tremendos: “La esterilización forzada –señaló Guala– también existe en nuestro país”.

Sin embargo, sostuvo también, “nadie va a dejar de comer porque le digan que no le conviene comer”. Las cosas suceden de todos modos, y el problema, coinciden todos, es que la mayor parte de las veces pasan sin que esté disponible la información necesaria. El temor y la hipocresía privan a la mayoría de las personas con discapacidad de los datos más elementales sobre enfermedades de trasmisión sexual y anticoncepción.

Además, y no es menos importante, las privan de nociones eróticas elementales. “Se ve mucho en las personas con discapacidad visual esta cuestión de querer explorar a la otra persona un poco con miedo, un poco con desconocimiento y a veces hasta con poco respeto. Intentar estrategias para tocar al otro en ámbitos que no tienen que ver con la sexualidad, por ejemplo”, ejemplificó Guala.

Por otra parte, explicó Farías, en estos casos hay un derecho que está siendo vulnerado; y el dolor que esto provoca suele ser malinterpretado, porque “cuando a las personas con discapacidad les pasan cosas, todo se atribuye a su discapacidad. Si estás triste es por la discapacidad, si estás enojada es lo mismo, si no querés cenar también. Y creo que con esto de la sexualidad pasa lo mismo. Si no te dejan ser, si no hay permiso de crecer… En realidad por algún lado explota. No tengo números, pero estas situaciones a veces desembocan en una enfermedad mental. No digo que tenga que ser así, pero las cosas explotan por algún lado”, aseguró.

Paradójicamente, la misma sociedad que niega el deseo de las personas con discapacidad es habitada por otras que por extrañas razones las desean. “Sé que existen trabajadores sexuales buscados por ser personas con discapacidad. Es bastante frecuente que haya quienes quieran tener sexo con personas con discapacidad, por el morbo que les genera o porque creen –hay mucha gente que lo cree– que las personas con discapacidad tenemos una especie de espiritualidad superior, que somos algo así como unos superhéroes con discapacidad”, narró Guala.

“SOY TUS MANOS.” ¿Pero cómo tendría lugar la actividad sexual de alguien impedido de moverse? Yes, we fuck! sugería una alternativa, la del “asistente sexual”. Teo, que –como documenta la película– lo es de Soledad Arnau, usó la frase del subtítulo para definir su labor, la que en Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza y Dinamarca contaría con regulación legal y financiamiento público.1 Que ese asunto por acá será polémico lo advirtió más de uno en el debate que siguió a la proyección.

Alguien fue más lejos: “Esta película nos muestra cosas sobre las que sólo hemos leído, principalmente sobre el tema de los asistentes sexuales. Es algo sobre lo que nosotros mismos tenemos demasiados prejuicios como para poder hablar. Y también nos cuesta decir claramente: ‘que se lleve adelante’. Lamentablemente acá hay asistentes personales, pero es una actividad oculta, y es una actividad oculta porque está mal visto. Se dice que a lo mejor puede hacer un daño a la persona con discapacidad, o se teme que (el asistente) haga algo que la persona con discapacidad no quiere. Entonces lo que hay por ahí es totalmente oculto, y que nadie sepa. Es un gran problema que tenemos, esa hipocresía que muchas veces en nuestros mismos sectores también la tenemos”, expuso uno de los espectadores.

Hace ya un lustro, en unas jornadas de sexología realizadas en el Elbio Fernández, Carina Núñez, trabajadora sexual de larga militancia por los derechos de sus compañeras, presentó un trabajo sobre asistencia a cuadripléjicos, parapléjicos y adolescentes con síndrome de Down. “Desde entonces hemos atendido a más de veinte personas con capacidades diferentes. Derivadas justamente por sexólogos, sin contar aquellas personas que vinieron por sí mismas”, explicó a Brecha. Según Núñez, “no es lo mismo una persona con capacidades diferentes que sea dependiente, que una que sea independiente. Y no es lo mismo una persona con capacidades diferentes dependiente con una familia de mente abierta, que cuando la familia es de mente cerrada. Dependiendo de la apertura de la cabeza es la visualización de la sexualidad”.

Nuñez afirmó además que “por lo general las personas que consultan están tan sobremedicadas para que se les inhiba el deseo sexual, que ni saben lo que les pasa, por lo menos en los casos que a mí me han tocado”. Pero también cree que el tiempo no ha discurrido en vano. “La forma de proceder cambió. A los que tienen 40 años o más les tocaron, pobres, médicos retrógrados que quisieron curarlos por un lado y generaron adicciones por otro. Para inhibirles el deseo sexual les subían tal o cual medicación generando hasta farmacodependencia en algunos de ellos. A mí me tocó tratar uno que era parapléjico, y a través de los procesos de terapia sexual logramos disminuir la cantidad de ansiolíticos que consumía. Recuperamos su predisposición al ejercicio físico, lo que ayudó a detener la pérdida de masa muscular. No hay medicina que pueda equipararse a la generación de endorfinas, adrenalina y demás que libera el orgasmo, no hay nada que lo pueda suplantar”, argumentó.

Todavía, sostiene sin embargo, predomina una sobreprotección asfixiante. “Los discapacitan desde lo motriz y desde todos los otros aspectos. Los castran. Imaginate que en una familia tipo sigue siendo complejo que un adolescente cuente su primera masturbación. Imaginate lo que puede ser esa misma masturbación contada a su familia por una persona con capacidades diferentes. Es letal.”

“Encima –recordó Núñez– está la parte de género, ¿no? Porque capaz que pueden llegar a aceptar que se masturbe si es varón. ¿Pero si es mujer? Probablemente le terminen atando las manos. ¿Y si llega a ser lesbiana o si llega a ser un varón gay con discapacidad? ¿Y si llega a ser trans? Esos están totalmente en el horno.”

E insistió en no olvidar que en este pequeño país coexisten mundos muy diferentes: “En el Interior profundo todavía encontrás chiquilines que son llevados a la iglesia por sus madres para que les saquen los demonios. Ojalá que el nuevo Sistema Nacional Integrado de Cuidados tenga en cuenta esto cuando le toque poner tutores a personas con dependencia”, manifestó.

En aquellas jornadas de 2011 Núñez conoció a la médica y sexóloga Magdalena Joubanoba, quien alienta la creación de la figura del “asistente terapéutico sexual”.

En su fundamentación, Joubanoba afirma verse “enfrentada a importantes barreras en la atención a los pacientes con distintas discapacidades” por carecer de “un marco legal adecuado” y de “personas preparadas para atender sus necesidades sexuales”.

La sexóloga puntualizó que “cuando hablamos de desarrollo pleno de su sexualidad, no necesariamente hablamos de coito”, pues “esto constituye sólo un aspecto de la sexualidad”. Hay “otras expresiones de la misma que abarcan desde el autoejercicio de la función sexual (autoerotismo) hasta caricias y besos, entre otras”.

Subrayó finalmente que los “pacientes cuadripléjicos sin pareja estable no pueden ni siquiera disfrutar de autoerotismo”, pero advirtió que “en el caso de los no videntes u otro tipo de discapacidades mentales, hay importantes barreras culturales y sociales que no les permiten recurrir al servicio de trabajadoras sexuales”. Joubanoba dijo a Brecha que presentó su iniciativa a la Comisión de Discapacidad del Pit-Cnt, y aspira hacerla llegar al Parlamento.

MILITANDO. A Farías la sacudió una frase de la película: “Cuando nací me diagnosticaron como mujer”, sentencia una de sus protagonistas. La psicóloga siente que esas palabras resumen una virtud esencial de Yes, we fuck!: “Que es sobre cómo todos cogen a su forma y ejercen la sexualidad a su manera, y que eso también es una lucha, una militancia. Que no es sólo sobre discapacidad, es sobre sexo, discapacidad y más allá. La temática en fin es la sexualidad”.

Una probable consecuencia de esta interpretación motivó un cruce argumental en el biógrafo de la calle Rincón. En la película no se usa el término “personas con discapacidad” sino “personas con diversidad funcional”, sustitución apoyada por varios asistentes, como una jovencita que arrancó sosteniendo que si el filme “es muy potente es porque es muy queer. Otra voz femenina, con algún año más, replicó que “el concepto de diversidad funcional responde también a un posicionamiento político que intenta plantear dentro de un solo concepto muchas cuestiones. Ahora, al menos desde mi perspectiva, si estamos todos dentro esto nos vuelve a la invisibilidad que intentamos cambiar con el concepto de personas con discapacidad. Volvemos a estar en esa bolsa gigante de seres humanos”.

Por un lado entonces habría esa cuestión táctica. El catalán Antonio Centeno, codirector de Yes, we fuck!, postuló en una circunstancia argumentos estratégicos para lo que refirió como “corporeidad posmoderna”: “Esta idea aporta una herramienta muy potente para disolver dos mitos que configuran fuertemente esa idea de discapacidad y de las políticas asociadas a la discapacidad, es decir, el mito de la normalidad, pensar que hay algo que es normal, y el mito de la autosuficiencia, pensar que hay individuos que pueden organizar su existencia sin contar con los demás. Estos dos mitos que se retroalimentan sólo los podemos romper desde esta idea del cuerpo posmoderno, es decir, desde un cuerpo que apela no a la normalidad sino a la diversidad, y no a la autosuficiencia sino a la interdependencia entre los cuerpos, entre las personas”.2

CAPACIDADES. La otra cosa que cautivó a Farías fue el coraje con que los protagonistas del documental, sobre todo esos de cuerpos “no convencionales”, expusieron su vida sexual de modo explícito para que se entienda a qué angustias están sometidos tantos.

Alegra otro coraje. El que se presume detrás de la joven psicóloga que protesta ante la pregunta por cómo se sentirá “desde dentro” la negación de la sexualidad, pues ella, aunque haya que mencionarla como una persona con discapacidad, no sabe lo que es vivir eso.

El mismo valor sobre el que habló Natalia Guala: “Tuve la suerte de tener una madre que fue todo lo contrario de lo que te venía contando. Me diagnosticaron a los 2 años, y a partir de entonces lo que me decía era ‘hacé las cosas que tenés que hacer, no te ampares en que no ves para no hacer las cosas’. Me habló de sexualidad desde los 5 o 6 años, vi películas con ella, fui a una escuela convencional. No viví una limitación, una sobreprotección por parte de mi madre en relación con la sexualidad. Me costó más en la adolescencia lo de pensar que ningún hombre me iba a desear porque yo no veía. En algún momento de mi vida me pesó, hasta que me di cuenta de que no pasaba por ahí”, contó.

  1. Véase yeswefuck.org
  2. Ídem.

 

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