Nostalgia del infierno

Western de Leonardo Oyola.

Chamamé, de Leonardo Oyola. Random House. Buenos Aires, 2017. 231 págs.

“Nunca empiezan. Explotan. De una.” Con estas palabras abre y cierra Chamamé, la historia de un duelo a muerte entre dos criminales feroces, otra ficción hiperviolenta del argentino Leonardo Oyola (1973). Ganadora del premio Dashiell Hammett al mejor policial en la XXI Semana Negra de Gijón, la novela fue publicada en España en 2007. Ahora se reedita en Buenos Aires, desfasada de su tiempo de escritura, detrás de libros como Siete & el tigre harapiento, Hacé que la noche venga y Kryptonita que, entre otros, convirtieron a Oyola en una de las voces más originales de la actual narrativa argentina.

Si la impresión de descarga eléctrica que potencia el ritornello “Nunca empiezan. Explotan. De una”, puede aludir al torrente de sueños agitados del narrador, a la música que suena constantemente en su cabeza, a los asesinatos sangrientos que recorren la novela, el lector pronto percibe que las fronteras que cruzan los personajes corren en forma paralela al vértigo de la escritura, a las palpitaciones inquietantes de la prosa de Oyola, al ímpetu argumental que atrapa desde la primera página. Intervienen, también, la osadía discursiva de su realismo sórdido, el afán de tensionar los relatos al límite, la disposición a mostrar la violencia en ficciones que interrogan la pulsión de muerte que condena al marginal.

Lo que Chamamé cuenta, de manera extrema, es la historia de una traición. Manuel “Perro” Ovejero y Noé “Pastor” Carabajal eran amigos, casi hermanos. Juntos habían delinquido, sobrevivido a la cárcel, consignado “los diez mandamientos del buen chorro”, una lección sui géneris sobre códigos de honor entre criminales. Guiños y referencias populares del cine, la música y la televisión favorecen el diseño biográfico de estos personajes, y funcionan como un lugar de encuentro emocional que trasciende el ajuste de cuentas.

Se ha afirmado que Chamamé es un western moderno, un spaghetti a ritmo de rock n’ roll, una road movie que fatiga las polvorientas rutas del litoral argentino, una novela negra que tiene muy presente la iconografía tarantiniana y a veces convierte el argot carcelario en poesía.

Oyola no ahorra los flashbacks, sobre todo de la infancia y la adolescencia del Perro, criado en la ley de la calle por un padre implacable del que recuerda las últimas palabras –“Sálvese quien pueda”– mientras una lluvia de balas caía sobre ellos. El Perro viene de muy abajo y su historia es el resultado de una serie de violencias aparentemente inevitables. Eso, en cierto modo, lo humaniza.

Un día el Pastor huye con la parte del botín del Perro. La acción propicia una persecución que hará correr ríos de sangre y destrucción. El Pastor es un sádico que puede ser hilarante en su locura, un fanático que escucha la voz de Dios en las letras de las canciones de la radio y se obsesiona con construir una iglesia evangélica. Al Perro lo vuelve ciego su deseo de venganza, cuando sale de prisión se embarca en la cacería del traidor por las rutas más peligrosas de Argentina, hasta la triple frontera. Ambos, a su vez, son perseguidos por el Pombero Vega, obsesionado por vengar el asesinato, en la cárcel, del travesti que era su pareja.

Hay una suerte de banda sonora que otorga estructura rítmica al relato: Bon Jovi, Guns n’ Roses, Los Fabulosos Cadillacs, Los Pericos, Bruce Springsteen, Creedence Clearwater Revival, Miguel Mateos y Shakira, entre muchos otros. El chamamé no aparece. En varias entrevistas Oyola sostuvo que el título tiene origen en una declaración que él atribuye, no sin ciertas dudas, al “Chango” Spasiuk –compositor y acordeonista argentino de chamamé–, quien habría dicho: “Del folclore, el chamamé es lo más punk”. Además, apunta Oyola, “en guaraní significa ‘improvisar, hacer algo sin plan’, que es lo que les pasa a mis personajes”.

A la hora de dibujar la realidad exterior y el mundo interior de los personajes, Oyola es convincente, desarrolla al máximo su capacidad de combinar diálogos, jergas, pensamientos, tiempos, espacios, el individualismo fuerte de los protagonistas y la influencia de factores externos en sus personalidades. Construidos con la fuerza de la atracción y la repulsión, éstos horrorizan y fascinan a un tiempo. Es que Oyola sabe narrar la violencia, los lugares marginales, las maneras periféricas de habitar el mundo. Los episodios que transcurren en la cárcel recuerdan la brutal y explosiva miniserie Tumberos, dirigida por el uruguayo Adrián Caetano, que retrataba ese universo tristemente célebre al que la sociedad da la espalda, donde imperan la droga, la prostitución, el terror, las transas, la corrupción del sistema penitenciario. En la literatura de Oyola no hay denuncia social, subyace la maldad, “que es algo innato en nosotros”, y una realidad de violencias múltiples que hace más potente su ficción.

Por decir fútbol
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