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Nunca está bueno tirar comida

La comprobación visual del volumen de alimentos que se desperdicia en el Mercado Modelo fue el disparador principal de una idea que ya lleva casi un año en acción y que consiste en recoger y clasificar el descarte de los operadores del mercado –al menos una parte– y distribuir los alimentos rescatados y limpios en diferentes organizaciones sociales que los necesiten. Veamos cómo funciona.

Integrantes de Redalco reciben productos que un vendedor del Mercado Modelo descartó para la venta / Fotos: Mauricio Kühne

De lejos no se ve. Por ninguna de las avenidas que uno circule puede imaginar el mundo que se despliega dentro y fuera de los tres enormes galpones que componen el Mercado Modelo. Pero apenas se comienza a transitar por la calle Cádiz, desde la madrugada hasta cerca de mediodía, se es testigo de una actividad intensísima de compra y venta, de carga y descarga, de buena parte –60 por ciento– de la fruta y la verdura que produce Uruguay para consumo interno. Es como una megaferia, pero para mayoristas. Por ahí transitan camiones, camioncitos, camionetas, autos destartalados o carros tirados por caballos, cargados de cajones, bolsas y bandejas. Por todos los pasillos interiores y las calles laterales circulan decenas de changadores que empujan unos carritos flacos y altos que trasladan “torres” de cajones o de bolsas grandes de mercadería. Con los músculos tensos y los sentidos alerta, concentrados en el vertiginoso tránsito interno, van y vienen a un ritmo febril. Casi todos andan corriendo, no hay tiempo que perder. Es que al mercado ingresan –seis días de la semana– entre 800 mil y 1 millón de quilos de alimentos frescos por jornada. Son unas 300 mil toneladas al año. Hasta ahí, todo normal. Pero el hecho que motiva esta nota es que de ese volumen gigantesco de comida se descarta, por distintas razones, casi el 2 por ciento. Para mitigar ese desperdicio surgió la Red de Alimentos Compartidos (Redalco). Vale la pena echar una mirada a su funcionamiento y escuchar las razones que los mueven.

DOS TONELADAS Y MEDIA. Cuenta Marcel Birnfeld, uno de los fundadores de la red: “Un compañero de facultad tenía un emprendimiento culinario e iba seguido al mercado a comprar, y veía la cantidad de alimento en buen estado que se tiraba. Nos lo comentó y nos pusimos a pensar cómo se podría aprovechar ese desecho”. Así empezaron a ir al Mercado Modelo con una infraestructura muy básica (bolsas de basura) y hablaron con algunos operadores para pedirles que les dieran lo que iban a tirar en la volqueta. Llevaban lo que conseguían a la casa de uno de los integrantes del grupo, clasificaban y lavaban lo utilizable, y buscaban un destino para lo rescatado. Empezaron con un refugio. En paralelo, vinculándola a una materia de la Facultad de Ciencias Sociales, como un trabajo de la Licenciatura en Desarrollo, bajaron la idea al papel, la pensaron a mediano y largo plazo, con un modelo de sustentabilidad económica posible, y cuando la terminaron la pusieron en marcha.

Recuerda Marcel que enseguida lo presentaron a un fondo que apoya emprendimientos solidarios, y les gustó la idea. “Nos apoyaron y eso nos permitió conseguir un mínimo de infraestructura: compramos un gazebo, mesas, cajones, equipo de trabajo, guantes y, en una primera instancia, con el apoyo del Mercado Modelo –que está bastante a gusto con la idea–, empezamos a recorrer todos los puestos para explicarles nuestra propuesta a los comerciantes.”

El proyecto como tal comenzó a funcionar en agosto de 2016, pero fue en setiembre que empezaron a trabajar con la infraestructura y la logística que tienen hoy en día. Marcelo Sus, Yamandú Plada y Marcel Birnfeld formaron parte del primer grupo fijo, al que se sumaron otros que empezaron como voluntarios. Como Massimiliano Iannolo, que siendo economista se vinculó a esta idea de economía solidaria cuando ya estaba en marcha, porque no cree “en la economía como es manejada y entendida hoy”. Entre todos se reparten las tareas de planificación, gestión y organización; otros integrantes del núcleo central ayudan en lo operativo o promueven acciones de difusión. El resto del trabajo funciona con voluntarios.

Por algunos cálculos gruesos que realizaron en Redalco, cada día van a parar a la basura casi dos toneladas y media de alimentos utilizables. El cálculo es el siguiente: si cada año circulan por el mercado unas 300 mil toneladas de comida y –siendo conservador– el 1,5 por ciento es desechado, se tiran por día más de 16 toneladas. Si, como estiman, sólo un 15 por ciento de ese descarte fuera aprovechable para consumo humano, se podrían salvar 2,4 toneladas de alimento en buenas condiciones. Las estimaciones son gruesas, explicaron a Brecha, porque todo varía: por el volumen de la oferta, por los problemas en la producción, por los precios, por la escasez, por la temperatura. “Nuestra experiencia también es variada, algunos días tuvimos tres toneladas de alimentos para clasificar. Hubo jornadas donde distribuimos 1.800 quilos y muchas que sobrepasaron la tonelada. Y a veces hay menos”, dice Ma­ssimiliano.

En las ferias, en el campo, en los mercados, la gente siempre ha ido a buscar lo que está bueno de entre lo que se descarta, eso no es novedad. Lo novedoso de este proyecto es que se hace de manera organizada y con trabajo voluntario, y que el destino de lo recuperado va a parar a organizaciones que en distintas modalidades les dan alimentos a sus usuarios.

Hoy, después de marcar presencia sistemáticamente y de ganarse por eso el respeto de varios operadores del mercado, están pensando en expandirse. Pero comencemos por el principio, cuando muchos los miraban con prejuicio, como si se tratara de un arrebato de esnobismo estudiantil, bien intencionado pero esnobismo al fin. Sin embargo el tiempo pasó y a fuerza de verlos comprometidos y con las manos sucias por la tarea, le fueron dando cada vez más crédito al proyecto.

“Al principio pensamos que nos podían ver mal, incluso consideramos ofrecer algún tipo de retribución si eso facilitaba las cosas, pero todo lo contrario. Muchos operadores nos apoyaron desde el primer día”, cuenta Marcel. De hecho, a los puesteros también les sirve que ellos se hagan cargo de la mercadería que ya no tiene valor comercial, porque les ahorran la gestión de descartar. “A veces a los puesteros les llega mercadería nueva y les quedó mercadería sin vender, así que tienen que hacer espacio, y descartan mucho. Por ejemplo, si los nabos tienen las hojas amarillas ya no llegan a la feria. Hay mucho descarte estético”, explica Massimiliano.

En el mercado operan más de 550 comerciantes, grandes, medianos y pequeños. Y como se puede suponer, hay actitudes de todo tipo, como en todos lados. “Nosotros igual les dejamos en claro a todos que somos una sociedad civil, no una empresa, y que no estamos generando lucro”, dice Marcel. Lo cierto es que han creado buenos vínculos con varios comerciantes que colaboran siempre y que se muestran interesados por conocer el destino de los alimentos, quieren saber quiénes son los beneficiarios y se sienten formando parte del proyecto.

Pero la acción del grupo no se queda sólo en el mercado. Para difundir su trabajo y convocar voluntarios, participaron en jornadas de investigación de su propia facultad y en instancias de extensión de la Facultad de Agronomía. “La Universidad nos puede ayudar en lo académico para darle un marco a la investigación, y también a través de fondos que se abren, de extensión e investigación científica. En lo educativo, aspiramos a que se acredite esta actividad como una práctica estudiantil en la que estudiantes de distintas licenciaturas puedan participar. Y que se les acredite como una actividad optativa dentro de su carrera”, explica Marcel.

SUSTENTABILIDAD. El talón de Aquiles de este tipo de iniciativas suele ser casi siempre la sustentabilidad, mantener el proyecto funcionando más allá del entusiasmo inicial. En Redalco lo saben y desde que elaboraron el primer borrador del plan tienen ese aspecto presente.

Massimiliano reconoce que en la etapa actual “estamos en camino de hacerlo sustentable”. Del préstamo de 23 mil dólares no reembolsable que obtuvieron, ya recibieron una parte –unos 7 mil dólares– que sirvió para viabilizar el arranque y comprar la mínima infraestructura necesaria. La segunda parte les permitirá comprar un camión.

¿Pero cómo piensan darle continuidad a la idea y afrontar los costos asociados?

Explica Marcel: “La idea no es comercializar nada. El objetivo del proyecto es combatir la inseguridad alimentaria, recuperar los alimentos que se descartan y distribuirlos, y sólo les pedimos a las organizaciones sociales que reciben el alimento, que colaboren de acuerdo a sus posibilidades con una contribución muy baja”.

Esa contribución –dijeron a Brecha– no es para pagar el alimento, sino para financiar los costos de la clasificación y la distribución. No están pagando por el cajón de morrones o de manzanas, pagan el flete que lo llevó o el carrito que tuvieron que alquilar en el mercado para sacar los cajones. Los costos logísticos.

Pero además, en el camino de la sustentabilidad, quieren desarrollar segundas etapas: “Como puede ser el compostaje con lo que nosotros mismos descartamos, para generar abono para quienes quieran plantar, o la elaboración de alimentos, bajo los principios de la cocina saludable”, asegura Massimiliano. Siguiendo esa línea, les acercan recetarios a las organizaciones beneficiarias y en el futuro cercano van a hacer talleres con cocineros expertos. “Queremos cerrar el ciclo, con el compostaje y con la elaboración de alimentos, para que nosotros mismos no tengamos desperdicio”, dice.

Respecto del abono que pueda producirse mediante el compostaje, piensan que puede servir para apoyar iniciativas barriales de huerta o también a productores que lo necesiten, “y si nosotros llegamos a tener un terreno, también podemos utilizarlo”.

Los que forman el núcleo fijo cobran un viático simbólico para sostener los traslados y los gastos que se asocian a la tarea. La idea es que el proyecto se sostenga con lo que aportan las organizaciones beneficiarias, pero también apuestan a obtener más fondos para poder expandirse y hacer crecer la escala, para alcanzar la sostenibilidad.

OPERATIVA VOLUNTARIA. La red opera actualmente sólo tres días a la semana. Pero el desperdicio se da todos los días. Por eso piensan que se pueden expandir hasta por lo menos el doble sin salir del mercado. Se plantean también recuperar del campo, que es donde se da el mayor desperdicio. Cuentan que hay mucho descarte en la producción por las exigencias en la presentación y el envasado. Se descarta mucha fruta no porque esté fea, sino por su tamaño o su aspecto. Y cuando es un año bueno y hay sobreproducción, el descarte es exponencial. “Pero ese es un trabajo lento, de armar redes con los productores, para que nos den lo que no pudieron ni van a poder vender. Nos llamaron una vez de una empresa: tenía un excedente de fruta en una cámara de frío y la tenían que desocupar”, recuerda Marcel.

La operativa concreta es bastante sencilla y ordenada. Un equipo de no más de cuatro o cinco personas llega sobre las 8 de la mañana al mercado y empieza a recorrer los puestos que siempre colaboran. Después de hacer esa recorrida, levantan lo conseguido en carritos y lo centralizan en un lugar. Acopian todo lo que pueden hasta que contratan un elevador que les arrime la mercadería a la zona de clasificación (un espacio fijo que les otorgaron las autoridades del mercado para que pudieran trabajar con mayor tranquilidad y tuvieran agua). En esa zona, a poco más de una cuadra del galpón central, se concentran los voluntarios. Apenas llega el elevador con la mercadería, disponen los cajones cerca de las mesas para comenzar la clasificación. Lo que sirve se separa y luego se distribuye en cajones –ellos les llaman mixes– donde se arma una suerte de canasta que combina alimentos variados.

“Basarnos fuerte en el voluntariado nos parece conceptualmente muy bueno. Porque es muy bueno que la gente –sin esperar nada a cambio– venga a dar un poco de su tiempo para ayudar a otros, que crean en eso, que vengan a trabajar y se comprometan”, dice Massimiliano.

En lo que llevan trabajando, han pasado por Redalco más de cien voluntarios; algunos se mantienen. En verano van muchos jóvenes, la mayoría tiene entre 25 y 30 años. Ahora en invierno casi todos son mayores de 40.

Contando al núcleo fijo, por jornada se juntan unas 15 personas. Vienen de contextos bien variados e historias de vidas muy distintas. Hay vecinos del barrio que se enteraron de la iniciativa a través de una recorrida que hicieron explicando la idea, viene gente que está desempleada y se enteró por la tele, o incluso changadores que trabajan en el mercado y después de su jornada se quedan un par de horas más a colaborar. Van también muchos estudiantes de diversas áreas. “Nosotros embromamos con que la clasificación de alimentos es muy terapéutica. Porque estás en una mesa de trabajo con seis personas que no conocés mucho, pero que sabés que tenés algo en común con ellas. Se dan unos intercambios muy enriquecedores. Y todo el trabajo se hace escuchando música y en un clima muy cordial y distendido”, cuenta Massimiliano.

Brecha estuvo el viernes pasado en el mercado viendo cómo trabaja Redalco. Muchos de los voluntarios era la primera vez que participaban.

Dice Massimiliano que llegó porque lo escuchó en la radio, empezó como voluntario y se quedó. No faltó ni a una jornada y hoy está en el núcleo de planificación. “Esto es acción, acción. Se ve el resultado inmediatamente y es muy gratificante. Conectás con la gente con la que estás compartiendo porque estás ahí con una idea común: dar tu tiempo para otro que precisa.”

Lucía vio un informe sobre la red en Canal 10 y quedó enganchada. Después escuchó en la facultad a una persona que estaba hablando de esto, y se dijo: “Es el momento. Me gusta el tema de la tierra, y tirar comida nunca está bueno”. Rosa dice que le parece bien utilizar el poco tiempo libre que tiene en una tarea como esta: “Para sentirnos más humanos, salirnos del sistema monetario y luchar por la alimentación de gente que está pasando mal. Y más cuando ves que se desperdicia el alimento de esta manera”.

También a Roselyn le molestó siempre el tema de tirar comida. “Me enteré por una amiga. Vine y me re enganchó ver lo tanto que se podía tirar y lo bueno que está hacer algo para evitarlo. Nosotros hacemos algo que pensamos que está bien y eso beneficia a otros. Me parece que está lindo por varios lados, este proyecto.”

Myriam, por su parte, dice que “en la práctica te vas más contenta de lo que cualquiera se puede imaginar al ver la cantidad de cosas que se pueden aprovechar. Es algo que no se dimensiona. Te lo podés imaginar, pero ver recuperar 30 o 40 cajones de manzana, ver las canastas que se preparan con mixes de verduras y frutas, ver a la gente que viene a buscar y se lleva, y ver las ganas que ponen todos, en un clima de trabajo re copado, está muy bueno”.

BENEFICIARIOS. Actualmente, según cuentan, más de 70 organizaciones sociales (Caif, clubes de niños, refugios, iglesias, hogares para adictos) se vieron beneficiadas por la Red de Alimentos Compartidos con más de 70 mil quilos de alimento entregado.

Al comienzo, cuando empezaron a tener alimentos para distribuir, llamaron a todas las organizaciones con las que tenían algún contacto y comenzaron a estudiar cómo hacerles llegar lo rescatado. “Lo teníamos que hacer con fletes contratados, y no podíamos recorrer Montevideo; la primera decisión fue concentrar la actividad en una misma zona. Arrancamos un día a la semana y entregábamos en organizaciones de Centro, Palermo, Barrio Sur, Cordón y Ciudad Vieja”, relata Marcel. Tuvieron que hacer un trabajo de comunicación, porque era necesario explicar que si bien lo que rescataban era parte del descarte, no era basura, era alimento en buen estado y en buenas condiciones de higiene. “Les comentábamos la propuesta y varias organizaciones se prendieron. Después nos expandimos y se fue corriendo la bola, y hoy hay varias organizaciones que se conectan con nosotros y se ofrecen para venir a buscar.” Colgaron en su página de Facebook un formulario para las organizaciones interesadas, para saber a qué se dedican, cuánta población atienden, qué días de la semana dan de comer, cuáles comidas del día, qué cantidad de alimento dan, si tienen refrigeración para mantenerlo, si tienen posibilidades de ir a buscarlo al mercado, si están dispuestas a cubrir los costos logísticos…

“Como llegó un formulario atrás de otro, decidimos ampliarnos a dos días por semana. Íbamos martes y viernes y sumamos a beneficiarios de La Teja, Prado, Capurro, Tres Ombúes. Crecimos al doble. Sumamos un tercer día y empezamos a ir también a la zona de Casavalle… En el caso de que lo vengan a buscar, no importa de dónde vengan”, explica Marcel. Hoy calculan que los alimentos les llegan a unas cuatro mil personas. La coordinación con las organizaciones es fundamental: les asignan un día fijo, ponen un horario y así pueden prever quiénes vendrán cada día y las cantidades que necesita cada organización. Cuando llegan, en general, ya tienen todo clasificado. Listo para entregar.

El ingeniero agrónomo Alfredo Pérez, presidente del Mercado Modelo, dijo a Brecha que “dentro de nuestras posibilidades los apoyamos. Les dimos un lugar físico, les conseguimos unos envases, les dimos agua. Ya hablamos con nuestro arquitecto, ellos van a traer un contenedor y nosotros vamos a hacer un lugar para que puedan procesar los alimentos con mayor comodidad e inocuidad. También concursaron a un fondo de apoyo y nosotros fuimos como contraparte. Creo que tienen una idea bien interesante. Ojalá tenga sostenibilidad”.

 

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