Con Luca Casarini, del movimiento altermundista italiano

Obstinada y contraria dirección

Abocado hoy a rescatar migrantes en el mar, es un referente de la segunda generación del autonomismo en Italia. De su vida, la historia reciente de ese país y sus luchas habló con Brecha en esta entrevista.

A bordo el Nate Jonio Gentileza del autor, s. d. de autor

Pascua de 2020. Casarini recibe una carta inesperada. «Hermano Luca, gracias por lo que estás haciendo, estoy cerca de ti y tus compañeros», dice la misiva, que firma Francisco, el papa. El sumo pontífice le transmite su apoyo a la acción de la ONG Mediterranea, que, junto con una red europea de ayuda cívica –The Civic Fleet–, tiene dos embarcaciones encargadas del rescate de migrantes en el Mediterráneo central. En esa región, entre Libia y Lampedusa, se mueven miles de personas que intentan entrar a Europa en bote. O que mueren en el intento. Huyen de la guerra civil, de las revoluciones fallidas del Magreb, de la falta de oportunidades de África Central. Cruzan el desierto del Sahara, son detenidas en las prisiones libias, torturadas, violadas. Algunas logran atravesar el mar, rumbo a Lampedusa, el punto más meridional de Europa. Las más suertudas llegan a destino o son rescatadas por barcos como los de Mediterranea. Entre 2013 y 2019, según los datos de la Fundación Iniciativa y Estudios sobre la Multietnicidad, con sede en Milán, murieron más de 19 mil personas en ese cruce, lo que hace al Mediterráneo la zona de migración con la tasa de mortalidad más alta del mundo, seguida por la frontera entre Estados Unidos y México. La frontera sur es la gran cuestión geopolítica de Europa, un continente que ha cerrado sus fronteras hasta volverse una fortaleza.

«Estamos armando un barco aún más grande en un astillero en Augusta, Sicilia, y en abril queremos volver a navegar», cuenta Casarini, mientras aspira el humo de su cigarrillo de tabaco armado. Con un pendiente, barba de unos días y pelo largo, interpreta su rol de moderno pirata romántico: «Estamos deconstruyendo una frontera: por el día los Estados ponen sus ladrillos; por la noche salimos a sacarlos, rescatando, ayudando, recuperando a la gente que resiste en las inmensas aguas del Mediterráneo».

UNA LUCHA IRRACIONAL

«Lo que hacemos con Mediterranea es geopolítica, pero también es algo irracional. Es una emoción que nos empuja, que mueve la mejor parte de la sociedad europea a reaccionar contra la política antihumanitaria de los Estados. Lo irracional es lo que hoy más me interesa», afirma Casarini. No es obvio que la Iglesia quiera dialogar con él, siempre etiquetado como uno de los malos por su militancia, una que supo contemplar la fuerza como otro instrumento político.

Hoy Casarini vive su activismo como una experiencia que abarca también la dimensión espiritual. «El arzobispo de Palermo me ha preguntado: “¿Qué es lo que te mueve?”. Y la verdad es algo que no sé explicar con los instrumentos clásicos de la racionalidad: ir con mis compañeros a rescatar migrantes es una indignación vuelta acción. La cultura de la izquierda clásica ha ignorado la dimensión de las emociones, pero creo que hoy es una cancha donde darle la pelea al sistema. No es posible ganarle al capitalismo sólo con los instrumentos de la convicción. Ya no son el fordismo, la planificación, el orden del siglo pasado. Es un capitalismo de emociones, anárquico. Para enfrentarlo, hay que batallar también en el campo de lo irracional», afirma.

LOS PIRATAS ITALIANOS

«Tengo una fascinación con la conspiración», admite Casarini, quien en los noventa fundó Tute Bianche, un grupo horizontal de activistas que se manifestaba en bloques masivos de integrantes, todos enfundados en monos blancos. Agrupaba a jóvenes trabajadores precarios con un buen nivel educativo, pero sin derechos ni representación, hijos del nuevo capitalismo posfordista. Sus acciones creativas se movían en una zona gris entre la legalidad y la ilegalidad, que incluía la desobediencia civil activa, la acción directa y las ocupaciones.

La referencia de los Tute Bianche era una de las herejías de la tradición de izquierda italiana: la Autonomia Operaia de los setenta, un movimiento de izquierda revolucionaria que se contraponía al Partido Comunista Italiano (PCI), por entonces el más grande de Europa occidental. Este «otro movimiento obrero», como lo describe el historiador Karl Heinz Roth, tuvo como teórico principal al filósofo Toni Negri, profesor en Padua. La tradición autonomista se definía en contraposición con la cultura comunista, a la que le disputaba el monopolio sobre el movimiento obrero y le cuestionaba sus ideas positivistas, su relación con las instituciones burguesas y sus modos verticalistas de organización. Por aquella época, mientras el PCI buscaba tomar el poder a través de las urnas y el Parlamento, en las calles se enfrentaban grupos radicales de derecha e izquierda, en un marco de represión dura de las fuerzas estatales contra los trabajadores. Fueron los llamados años de plomo, que culminaron con el secuestro y la ejecución, a manos del grupo terrorista Brigadas Rojas, el 9 de mayo de 1978, de Aldo Moro, ex primer ministro de Italia y líder democratacristiano que intentaba armar gobierno junto con los comunistas.

Por decir fútbol

Por entonces Casarini tenía 10 años y frecuentaba el oratorio, donde un cura obrero lo acercaría al activismo social para ayudar a las familias trabajadoras del Véneto. Él mismo venía de una de esas familias: su madre trabajaba en una fábrica de tabaco, su padre era obrero metalúrgico. En 1982, cuando a su padre lo trasladan de fábrica, la familia se muda a Battaglia Terme, un pueblito proletario en el sur de Padua, en el noreste industrial de Italia. Él y sus compañeros crecen con el mito de Autonomia Operaia, escuchan fascinados los cuentos de quienes esquivaron la cárcel, el exilio o el entierro. «Mi papá murió de fábrica. Trabajó 39 años y se murió unos años después de jubilarse. Siempre me dijo: “Hacé lo que quieras, pero nunca en una fábrica”. Crecí con esa idea y no me conformaba con la mitología comunista del obrero», recuerda.

Para los ochenta Italia había cambiado. La izquierda radical había sido ferozmente reprimida por el Estado y la política de compromiso intentada por los comunistas había fracasado. Los jóvenes de la izquierda no comunista, los nietos de la Autonomia Operaia, reinterpretaban la tradición fundiéndola con las nuevas tendencias. «Fuimos los primeros en llevar los altavoces a las marchas, en mezclar la militancia con la cultura punk y la rastafari», dice Casarini, que marca las distancias de esos nuevos movimientos con la cultura comunista oficial: «El PCI era el partido de lucha y de gobierno; nosotros éramos la nave de los piratas. No creíamos en la dinámica del poder. […] Lo nuestro era el contrapoder. Los piratas del siglo XV, las comunidades paleocristianas, el subcomandante Marcos, en Chiapas. Todas esas experiencias nos mostraban que se podía modificar la realidad sin tomar el poder. El poder es un mecanismo esparcido de creencias, de sentido común, de dinámica social». Y la conspiración, agrega, es «el mecanismo que permite transformar un reto –a menudo irracional– en algo que de otra manera sería una confrontación tolerada dentro de las reglas». «Nosotros éramos el error en la matrix. Queríamos cambiarla de manera que pudiera contener los errores sin reprimirlos», cuenta.

LA CASA EN EL BOSQUE

Casarini se formó políticamente en Padua, en el Centro Social Ocupado (CSO) Pedro. Entre los ochenta y los noventa, surgieron en Italia 150 CSO: antiguos cuarteles, asilos psiquiátricos, escuelas, espacios abandonados que fueron ocupados y autogestionados. Había CSO en Roma, Nápoles, Milán y también en pequeñas ciudades de provincia, Vicenza y Brindisi. Lugares desconectados del sistema, islas de los piratas, zonas temporalmente autónomas, según las definió el escritor anárquico Hakim Bey. «De niño jugaba con mis compañeros construyendo casas en el bosque, entre las colinas del pueblo. Era nuestro espacio de libertad, de secretos. En el CSO intentamos la misma dinámica», explica. La izquierda reformista lo criticaba por crearse su pequeño mundo perfecto, donde encerrarse y renunciar a cambiar el mundo real. Sin embargo, los CSO fueron, sostiene, «seres vivientes»: «Fue un modo de estar en la sociedad, de vestirse, un estilo musical, un lenguaje, un modo de manifestar». Influenciaron a miles de jóvenes que iban allí a escuchar la mejor música del momento, fumarse un porro, bailar, dar clases de italiano a los migrantes o tomar un curso de autodefensa femenina, entre las miles de actividades que surgían y desaparecían, en una destrucción creativa constante. «Somos la sangre nueva en las venas de la metrópoli», decía un eslogan de esa época. Para el periódico francés Le Monde, fueron «las joyas de la cultura italiana».

Pero, sin duda, el riesgo de encerrarse era real. «Salir del gueto, romper la jaula» era el lema que, para conjurar ese destino, propagaban en los noventa los grupos que integraba Casarini. Aceptaron entonces el desafío y las reglas de la sociedad del espectáculo, en la que las relaciones sociales son mediadas por imágenes. Él y los suyos acompañaron sus acciones de desobediencia civil con imágenes y rituales nuevos: en la campaña electoral presidencial de 1996, cuando Silvio Berlusconi llegó con su crucero a la laguna de Venecia, le impidieron el acceso al puerto con el Rivolta Yellow Submarine, una pequeña embarcación pirata estilo Beatles. En 2011, en plena ola de protestas estudiantiles contra la reforma universitaria, se presentaban en las marchas con los libros-escudo, placas de plexiglás con los títulos de grandes clásicos de la literatura usadas para defenderse de la Policía. La segunda solución contra el encierro era la participación de miembros de los CSO en elecciones locales, regionales e, incluso, en ocasiones, nacionales.

LA HERIDA

Julio de 2001. Berlusconi, respaldado por una amplia victoria electoral, lleva apenas un mes en su segundo mandato como primer ministro. Aún circula la lira italiana, la economía crece y la gente mira con esperanza el nuevo milenio. Centroderecha y centroizquierda repiten a la par que la globalización es un juego en el que todos ganan. El 20 de julio llegan a Génova los poderosos del mundo, invitados a la cumbre de las ocho mayores economías del planeta, el G8. Para cuidar el decoro público el gobierno ha prohibido colgar ropa en los balcones y despliega 13 mil policías. Pero hay también otra Génova, la de quienes no creen en las promesas de la globalización neoliberal y saben que en el sur del mundo se ocultan sus consecuencias desagradables, como se barre el polvo bajo la alfombra. Ya se han encontrado en Seattle hace dos años, son parte de un movimiento internacional y la conciencia de ello les da fuerza: son los antiglobalización o altermundistas, que insisten en que otro mundo es posible.

En la víspera de la cumbre, como parte de centenas de miles que toman las calles, unos 10 mil miembros de Tute Bianche les declaran la guerra a los poderosos: sus tácticas de desobediencia civil se mueven dentro de la no violencia, pero al filo de la ley. Casarini, que llegó en tren a aquella Génova en rebelión, cree que si hoy compartiera vagón con ese militante treintañero, le diría: «Cuidado, no confíes en el sistema, protege a tu gente». «Confiamos demasiado en que estando en el corazón de Europa, en pleno tercer milenio, habría límites que el Estado no cruzaría», admite. No sería así.

Entre el 20 y el 22 de julio, aquella ciudad del norte italiano viviría «la suspensión más grave de derechos democráticos en un país occidental desde la Segunda Guerra Mundial», según denunciaría en su momento Amnistía Internacional. «Creíamos estar en Italia y estábamos en el Chile de Augusto Pinochet», afirma el activista. Una minoría de quienes protestaban –«menos del 5 por ciento», dice– actuó en aquellas jornadas bajo una dinámica de enfrentamiento violento directo con las fuerzas represivas. La reacción de la Policía fue desproporcionada y tuvo como objetivo a la totalidad de los manifestantes, que en su abrumadora mayoría se movilizaban de forma pacífica. El Estado asesinó a Carlo Giuliani, un militante de 23 años, y centenares fueron gaseados, golpeados, arrestados y torturados, como testimonia el documental de Netflix Diaz. Casarini prefiere usar un lenguaje bélico: habla de prisioneros, no de detenidos. Y, efectivamente, los tres días de la cumbre fueron una guerra, una herida –según la definición del gran libro del periodista Marco Imarisio La Ferita– aún abierta en dos generaciones de italianos que, desde el tórrido verano de 2001, cambiaron para siempre su visión del mundo. Génova fue también el terreno de caza de la Alleanza Nazionale, la continuación del neofascista Movimiento Social Italiano. Su líder, Gianfranco Fini, por entonces vice primer ministro de Berlusconi, supervisó en persona el accionar policial durante la rebelión, en busca de perfilar al suyo como el partido del orden y la ley.

LA MARAVILLA

Pero antes de la guerra, la maravilla. Un pueblo colorido y creativo tomó las calles de una ciudad pensada como escenario para los poderosos del globo; echó mano de Internet –cuando aún no era el instrumento de masas que es hoy– para organizar una movilización horizontal; el Genoa Social Forum (GSF), con sus 800 organizaciones –desde Iglesias evangélicas hasta ambientalistas, pasando por los autonomistas de Tute Bianche–, aprovechó la oportunidad para presentar propuestas innovadoras, como la Tobin Tax, el impuesto a la riqueza financiera que se pondría de moda siete años después, con la crisis de 2008.

«Para la gente como yo, que pasó toda su vida contrapuesta a quienes estaban en la misma mitad de la cancha, la experiencia del GSF fue increíble. En las iglesias, después de los sermones de los curas, había asambleas del movimiento, se conversaba sobre cómo organizar las marchas y cómo permitir la convivencia de maneras distintas de manifestar. Todos hicimos un gran esfuerzo para cuidar la unidad en la diversidad», rememora Casarini. Y también reflexiona: «Pensábamos que el problema era lo que hacíamos nosotros. Y no lo que hacían ellos. […] El objetivo del poder era poner en las sombras la fuerza del movimiento. Después de la gran movilización altermundista en Seattle en 1999 habían decidido terminar con un movimiento que se estaba expandiendo en todo el planeta». Y lo lograron con la represión y la relocalización, dice. Después de Génova, las cumbres del G8 pasaron a celebrarse en lugares más apartados, lejos de las ciudades.

LA OCASIÓN PERDIDA

Después de la represión policial de julio llegaron el 11 de setiembre y las guerras de George W. Bush en Iraq y Afganistán. El mundo volvía a cambiar y también las reglas del juego. «Nosotros nos encerramos en nuestras certidumbres, cada uno a hacer sus cosas, y con la lógica del mundo en guerra ya no había espacio para la disobbedienza», se lamenta Casarini, que recuerda los grandes movimientos pacifistas italianos del período entre 2002 y 2004, cuando los Tute Bianche se acostaban en las vías del tren para obstaculizar el transporte de material bélico hacia las bases militares estadounidenses en Italia. Finalmente, llegó la crisis de 2008, que golpeó fuerte a los llamados PIGS, los países cerdos, como decían con desprecio algunos banqueros y medios del norte europeo para referirse a los vecinos del sur: Portugal, Italia, Grecia y España. La crisis transformó el escenario político en esos territorios: surgieron nuevos partidos de izquierda, que planteaban un cambio de paradigma frente a las políticas neoliberales de Bruselas. Syriza llegó al poder en Atenas, Podemos amenazó con romper el bipartidismo en España.

En Italia, las inquietudes y las energías en pos de transformar el modelo vigente desde los ochenta y los noventa fueron absorbidas enteramente por el Movimiento 5 Estrellas (M5S), que se definía a sí mismo como «ni de izquierda ni de derecha». Guiado por el cómico Beppe Grillo, resultó el partido más votado en las elecciones de 2012, elegido por un italiano cada cuatro. «El M5S ocupó un espacio que hubiera podido ser el nuestro; fue nuestra gran ocasión perdida. Teníamos fuerza y consenso popular para cambiar el escenario. Perdimos la ocasión porque después de Génova nunca abrimos un debate sobre el gobierno», señala Casarini.

CAMINAR, PREGUNTAR

Veinte años después de la rebelión genovesa, el militante vuelve la vista atrás, revisa la senda que ha pisado. «En mi experiencia actual, de rescate de migrantes en el Mediterráneo, me encontré de frente con la vida, la tuve entre los brazos rescatando gente que se ahogaba en el mar. La vida, así, de esta manera, es una gran novedad para mi lucha; nunca había sido un objetivo tan inmediato de mi acción de disobbedienza», confiesa. En cambio, sí había visto de cerca a la muerte. En Génova, en 2001, con el asesinato policial de Giuliani. En Palestina, en 2002, cuando, junto con otros voluntarios europeos, participó de la defensa de un hospital, en Ramallah, que el Ejército israelí quería bombardear: «Nosotros estábamos adentro del hospital y, cuando se acercaban los militares, salíamos corriendo y mostrando nuestros pasaportes, para que vieran que éramos extranjeros y que si lo hacían, no sería en secreto. Yo tenía un zapato roto; llovía y hacía frío. Pedí un zapato nuevo y el médico me llevó a la morgue. Allí tuve que buscar entre los cuerpos unos zapatos tamaño 43».

A sus 54 años, Casarini observa el recorrido desde el pueblito obrero del Véneto hasta sus viajes a la Chiapas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, desde el Tute Bianche hasta su relación con el partido ecologista italiano Los Verdes: «Tengo una mochila cargada de historias y cada una de ellas me ha transformado. Hoy siento que, con el barco de rescate, todos los líos de mi vida toman sentido. Los pedazos del puzle van cada uno a su lugar». Siente que esta es una nueva etapa, «de preguntas que abarcan una dimensión más íntima, relacionada con la vida»: «No tengo certidumbres para ofrecer; quiero seguir mi búsqueda, mi caminar preguntando».

(*Gracias por las ideas y los comentarios a Clelia Bartoli, Fabio Calè, Ida Dominijanni y Walter Tocci.)

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