Orígenes – Brecha digital

Orígenes

En plena dictadura, a un grupo de gente, vinculada o no al quehacer cinematográfico –era bastante azarosa, en esos tiempos, esa vinculación– se le ocurrió organizar cursos de cine para niños y adolescentes.

Hace muchos años, en plena dictadura, cuando un montón de actividades debían ir acompañadas de la prudencia y el disimulo, germinó una de esas ideas de luz. A un grupo de gente, vinculada o no al quehacer cinematográfico –era bastante azarosa, en esos tiempos, esa vinculación– o a la docencia, con el respaldo y el impulso de Cinemateca, se le ocurrió organizar cursos de cine para niños y adolescentes. Graciela Sobrino, Cristina Hernández, Susana Gascue, Pablo Quintans, Eloy Yerle, Anahir Benelli, Kiko y Daniel Márquez trabajaron en aquel proyecto en el cual los chiquilines comenzaron a aprender el lenguaje del cine, y también a ponerlo en práctica. Salieron a tomar fotos de las calles, las plazas, la gente, se pusieron detrás y delante de las cámaras, se manejaron con grabadores y equipos de edición, elaboraron guiones para dar un sentido a los cortos en súper 8 que realizaron.

El cine y los niños; qué notable alianza. En un contexto con tantas similitudes como diferencias –se ubicaba en un barrio pobre de Santiago de Chile, también durante la dictadura de allá– Ignacio Agüero realizó, en 1988, aquel conmovedor Cien niños esperando un tren. Esta película uruguaya, a la vez que la documenta y evoca, reflexiona por medio de sus protagonistas sobre aquella experiencia inusual. Kiko Márquez, que en aquel entonces tenía 21 años y era uno de los “maestros”, es responsable de la idea, la fotografía y la dirección del documental, con su hermano Daniel en sonido, montaje y posproducción –todo un asunto de familia– y la producción de Mario Jacob. El material de archivo lleva al espectador a aquellos años ochenta, en un blanco y negro que parece lleno de luminosidad, por la materia que contiene –esos niños y muchachos, seriamente abocados a su trabajo o divirtiéndose sin disimulo con él, en espacios tan reconocibles–, y porque esa materia se percibe como un espacio de creación y de libertad. Además, ante la cámara cuentan la experiencia y reflexionan sobre ella –en color– los que fueron sus protagonistas. Los que enseñaron, y los que aprendieron, aunque se desprende de esos testimonios que todos enseñaron y todos aprendieron. El ayer y el hoy, se sabrá al mirar la película, unido por un camino insospechado.

La enseñanza curricular estaba controlada, como todo lo demás, por las autoridades de la época. Pero ese proyecto armado con pasión y voluntad pero sin un complicado “sustento pedagógico” lleno de esdrújulas, como se requiere hoy, se convirtió en un fermento cuyas consecuencias en aquel momento sus protagonistas seguramente no pudieron prever. Porque aquella semilla germinó con fuerza, teniendo en cuenta la cosecha. Pablo Stoll, Micaela Solé, Martín Sastre, Federico la Rosa, Javier Peraza, Andrea Fantoni, Ramiro Rodríguez Barilari, Alfredo Ghierra, Noelia Campo, entre otros, fueron aquellos niños. Hoy son hombres y mujeres que rondan los 40 años, y trabajan como directores, productores, animadores, editores, camarógrafos, directores de arte, fotógrafos, actores, dibujantes, escritores y poetas. La “locura de hacer cine en Uruguay” dejó de ser tal por numerosas circunstancias que confluyeron y se sucedieron a lo largo de los últimos 30 años. Desde Niños de cine, habrá que agregar a esas circunstancias la existencia, durante unos pocos años, de aquella “escuelita” que posibilitó que un montón de chiquilines descubrieran el placer y la alegría del trabajo en equipo y de una forma de la creación que los conectaba, además, con su entorno y su sociedad con una fuerza particular.

1. Uruguay, 2015. Niños de cine se exhibe hasta el próximo viernes en Sala Pocitos.

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