Otro espacio, otro tiempo – Brecha digital
Con Animales de Poder

Otro espacio, otro tiempo

El 20 de marzo de 2020 salió a la luz Augura, el primer disco de estudio del trío uruguayo Animales de Poder. Mañana, sábado 23 de abril, lo presentarán en el Centro Cultural Artesano. Brecha tuvo el gusto de conversar con Agustina Santomauro (guitarra) y Eloísa Avoletta (voz) sobre el espectáculo, tan esperado por el creciente público de la banda.

juan castiglioni

—¿Cómo será el formato de la presentación?

Eloísa Avoletta —Va a haber invitades, porque el espíritu es recuperar lo que hay en el disco, en el que hay más gente que nosotras tres. Como banda, necesitamos tocar en vivo estas canciones. Y creo que para las personas que nos rodean también es un momento importante.

Agustina Santomauro —Encaramos la presentación como un final de ciclo. Salió el disco y hubo muchas devoluciones. Esto es ponernos en diálogo con esas personas, es el cierre de un ciclo compositivo, humano, vital. Pensamos Augura como una etapa.

—¿Qué repercusión ha tenido el disco?

A. S. —Es raro, porque era esperado y, al mismo tiempo, nos sorprendió. Había gente que nos decía: «Fue mi banda sonora de 2021». Hay discos que me acompañan en un momento de la vida, pero estar del otro lado… Es raro, porque el disco es un representante: no estás vos. Una devolución que me sorprendió mucho fue la reseña de una persona de Estados Unidos que no entiende español, pero transmite algo muy cercano.

—Antes de grabar, estas canciones existían solamente en el momento en el que ustedes las tocaban. ¿Qué relación tienen con ellas ahora que están grabadas?

A. S. —Es como que se independizaron, tomaron vida propia. Cuando sacamos el disco, fue extraño. Sentía que estaban ahí solitas y me preguntaba: «¿En qué andarán?». Tomaron su propio curso.

E. A. —Es como si ya no nos pertenecieran. Los significados de las letras o adónde nos llevan a nosotras los distintos paisajes musicales se vuelven de otras personas y se enriquecen con otras interpretaciones, que tal vez no tienen nada que ver con lo que nosotras estábamos pensando.

—¿Qué supone tocarlas en vivo ahora que hay una referencia previa?

E. A. —Es un desafío, porque, al estar sonando en oídos externos, revivir esos lugares se vuelve difícil. En los ensayos me ha pasado de tener que recordar en qué andábamos en esos momentos. Hay algo de recorrer momentos pasados, como si fueran fotos viejas.

A. S. —Hay canciones que, cuando las toco, me doy cuenta de que son un punto particular de nuestra vida. Hay canciones que no voy a volver a hacer, porque cambié. Nunca voy a volver a tomar esas decisiones musicales, porque soy otra persona. Es interesante ese encuentro-desencuentro.

E. A. —Igualmente, aunque sean canciones que ya grabamos, hay cositas que se siguen actualizando, más cercanas a lo que somos ahora, a nuestras nuevas decisiones.

—La apuesta, entonces, es reinterpretar el disco.

A. S. —Yo creo que es algo natural. Cuando una canción cerró su ciclo, es raro que volvamos a cambiar la estructura, pero sí siento que todo el tiempo se está reinterpretando. Hay algo en la relación con la música que has tocado tantas veces: se siente estimulante, es como chivear. Yo disfruto mucho reinterpretar desde lo chiquito, cambiar el fraseo, la intención. Es algo espontáneo, que sucede según cómo nos sintamos.

E. A. —Y que mantiene las canciones vivas, porque es un riesgo que se laven con el tiempo. Entonces, es como ir moviéndolas y moviéndolas. También hay algo de retroalimentación: percibir la manera como las perciben las personas va cambiando mi forma de verlas.

—¿Esta reinterpretación es planificada antes de presentarse en público?

A. S. —No, se da en el momento. Me refiero a ciertas cosas que decido cuando toco. Por ejemplo, el final de «Lunar», la manera y las intenciones con que lo tocamos. Si bien hay una estructura pautada, siempre las variamos en vivo.

E. A. —O el medio de «Palmas». Eso también va cambiando.

—¿Qué supuso para ustedes grabar su música en el estudio?

E. A. —Nos permitió dejar impreso un momento de nuestra vida, como músicas y personas.

A. S. —Es como una introspección, un viaje muy para adentro. Nos tomamos mucho tiempo sin tocar y visitamos de nuevo las canciones. Grabar te da la posibilidad de ir al detalle, a pensar muchas cosas en las que en vivo quizás no te detenés mucho.

E. A. —En algún sentido, fue como terminar de componer.

A. S. —Sí, hubo canciones que terminamos de decidir ahí mismo, mientras grabábamos. Y también, en esto de poder salir de vos, establecés una relación distinta con la canción, inevitablemente, y podés verla desde otro lugar. Más allá de compartirlo con la gente, es lindo poder detenerse en eso.

E. A. —También fue importante decidir cómo arropar ese proceso. El disco fue grabado en una casa en la que tirábamos colchones, a pulmón. Eso también es Augura.

A. S. —Y no éramos muy sapientes en el área técnica, entonces fue todo un aprendizaje, un proceso.

E. A. —Después está el desafío de lo visual, de encontrar eso que acompañe, de entender la música también desde otros lugares, de pensar la idea de la tapa.

—¿La experiencia de escucharse desde afuera les dejó algo a la hora de presentarse en público?

E. A. —Tener el público cerca nos completa mucho. El disco ha tenido eso de acompañar a las personas en su vida diaria, y lo que va a pasar ahora es un reencuentro. Nos da mucha intriga qué va a pasar.

A. S. —Creo que es inevitable que la relación con la gente y con nuestra música cambie, pero todavía no lo puedo concientizar. A veces me pasa no tanto conmigo como con Julia y Eloísa: estoy más atenta a lo que hacen ellas que a lo que toco para sostener el contrapunto. Puedo disfrutar de otras cosas que hacen a la música por haberme escuchado desde afuera. Pero eso, cuando lo toco, no lo pienso: lo entiendo naturalmente.

E. A. —Hay una relación con soltar, onda: «Esto es lo que quedó». Y no sé si voy a poder lograr ese mismo estado en algún momento. He hecho el trabajo de dejar ir esas versiones. Porque lo que grabamos son eso: versiones que pueden ser reformuladas cada vez que las toquemos.

—¿Qué es para ustedes tocar en vivo? ¿Qué estado les gusta generar?

E. A. —Entre nosotras sostenemos una cercanía, una escucha, una atención y una amistad tan fuertes que siento que hay como un viaje con proponer la introspección, como armar un espacio para conectar.

A. S. —Tiene que ver con conectar entre nosotras y con la gente. Es reivindicar la música como encuentro y la tensión que supone el poder de la presencia. Depende de cada toque, pero cuando más disfruto es cuando siento que puedo estar presente y que el público también está presente. Y la gente que escucha escucha de verdad. A veces eso es difícil, pero cuando pasa es superpoderoso.

E. A. —Y no tenemos idea de cómo ocurre eso. Es algo que tenemos entre manos y hemos ido puliendo, pero no sabemos por qué. Tendrá que ver con que hay muchos silencios, con el poder de la palabra y con las partes instrumentales. Pero si me pongo a analizarlo mentalmente, no encuentro una respuesta.

A. S. —Nosotras tenemos una especie de compromiso, en el buen sentido. Son canciones que nos convencen realmente. Estamos muy convencidas de lo que hacemos. Lo compartimos desde ahí y eso ayuda.

—Cuando tocan en vivo, ¿cómo transcurre el tiempo?

A. S. —Por un ratito se quiebra el espacio-tiempo y nos metemos como en una cápsula. Me parece algo sano, porque yo, por lo menos, vivo el tiempo con un poco de tensión.

E. A. —Implica tener un espacio para detenerse y abrir un tiempo para escuchar y estar atenta. Toda una propuesta.

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