Padre de todos los zombies

George Romero (1940 - 2017)

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Si sólo es necesario haber filmado una obra maestra para ser considerado un maestro, entonces está bien: George A. Romero fue un maestro. La noche de los muertos vivos (1968) no es solamente un clásico insuperable del género del terror, sino un clásico del cine todo. Es curioso que la película iniciática del subgénero de los zombies haya sido además una obra coherente, cuyo blanco y negro le calzó a la perfección –sobre todo en cuestiones de longevidad; su estética le da un notable aire de atemporalidad–, y con una profundidad poco frecuente en el género. Ahora bien, a cualquier cineasta que se haya desempeñado y permanecido en el registro suele considerársele un “maestro” del terror. Cuando murió Wes Craven, hace un par de años, centenares de cronistas señalaban su calidad de “maestro”, cuando en realidad nunca en su vida logró una gran película. Ocurre lo mismo con John Carpenter, con la salvedad de que él sí, cuenta con una obra insuperable como The Thing (1982).

Pero lo cierto es que los grandes directores (los maestros de verdad) suelen correrse del terror y comienzan a explorar otros registros, a nadie se le ocurre llamar a Murnau, a Dreyer, a Polanski “maestros del horror” a pesar de que lograron obras maestras del género. Por lo general quienes se quedan en el terror se estancan, se repiten, reproducen sus propias fórmulas de éxito. Lo cierto es que Romero nunca logró llegarle a los talones a su obra iniciática, y eso que insistió con la temática de los muertos vivientes durante cinco películas más: El amanecer de los muertos (1978), Día de los muertos (1985), Tierra de los muertos (2005), Diario de los muertos (2007) y La reencarnación de los muertos (2009) son películas poco memorables, que si de algo sirvieron fue para asentar aún más la imagen del zombie en el imaginario colectivo. ¿Hay algo más? Claro que sí, otro puñado de películas de bajo presupuesto perfectamente olvidables, rescatadas de vez en cuando por algunos cultores del cine bizarro (The Crazies (1973), Martin (1976), Monkey Shines (1988) y otras).

Es verdad, los muertos vivientes ya existían de antes. Pero las primeras películas de zombies se basaron libremente en los mitos vudús de los esclavos negros haitianos, quienes creían que si un fallecido había ofendido de alguna manera a Baron Samedi, dios de los muertos, después de la muerte se convertiría en un esclavo carroñero. Es así que Hollywood utilizó esa idea para algunas de sus películas clase B: en White Zombie (1932) Bela Lugosi era el villano al mando de una legión de cadáveres desalmados, y la idea resugió con Revenge of the Zombies (1943) y Invisible Invaders (1959). Pero la primera gran película del subgénero fue I Walked With a Zombie (1943) de Jacques Tourneur, que se desarrollaba en una isla caribeña y cuyo guión fue escrito a partir de una investigación real centrada en maleficios vudús.

Pero es en La noche de los muertos vivos que Romero introdujo el concepto moderno de zombie, a pesar de que en su metraje no se pronuncie la palabra ni una vez –los personajes no saben a qué se enfrentan–. Allí surgieron algunas de las constantes que definen su comportamiento: aparecen masivamente y como una plaga, nadie los controla, y su única motivación es comerse la carne de los vivos. Eran también aparatosamente lentos y torpes, aspecto que fue cambiando conforme pasaron los años. Desde entonces, las hordas zombies funcionan como metáfora de las multitudes irreflexivas, refieren a una masa acrítica que actúa por inercia, que deambula sin principios, sin valores ni códigos de convivencia. En Dawn of The Dead, los zombies de Romero recorrían cansinamente un shopping center, toda una metáfora sobre una sociedad de muerte cerebral y mirada ausente, perdida en el consumo. Individuos apáticos, amorales, sin aspiraciones, sin objetivos aparentes, sin paradigmas que seguir o causas por las que luchar. Como ellos, los zombis no eran otra cosa que individualismo hecho pútrida carne.

Lo cierto es que Romero parió una legión, pero es probable que los muertos vivientes no se hayan vuelto populares por lo que puedan representar metafóricamente, sino por una razón mucho más básica. No debe olvidarse que las historias de terror son manifestaciones de miedos inconscientes: a lo desconocido, a la pérdida de estabilidad, a la caída del orden establecido. Y es sencillo establecer una comparación entre los fétidos y desacatados zombies y los drogadictos, los marginales, los famélicos, los lúmpenes. No es difícil dar con algunas de las expresiones más catárticas y superficiales del fenómeno zombie, –algunos videojuegos, películas clase B– para encontrar las indeseables relaciones y correspondencias. Y una de las características que más atraen de los muertos-vivos es que, en tanto indiscutible amenaza, se les puede volar los sesos masivamente, con absoluta impunidad.

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