Todo un palo, Vol 2

En el pasado número de Brecha, Daniel Erosa disentía en su nota “Vivir sólo cuesta vida” con respecto a mi contratapa titulada “Todo un palo”, sobre el concierto de Carlos “Indio” Solari en Olavarría. Dice Erosa que el “desastroso manejo informativo” fue “lo que creó el escándalo y no los dos pobres muertos”. Uno de los “pecados” de mi nota es, según Erosa, que la misma no denuncia este hecho. No lo denuncia por dos razones. La primera es que aquella contratapa no pretendía denunciar la cobertura mediática sobre el tema sino, primero que nada, identificar posibles causas estructurales y coyunturales así como posibles responsables de lo ocurrido. Acababa de celebrarse un concierto entre irregularidades públicas y privadas, con dos muertes en el recinto mientras se desarrollaba el show, además de una docena de internados. Parecía de orden comenzar por esto antes de entrar en un eventual –y tal vez pertinente en una segunda instancia– análisis pormenorizado de la cobertura de otros medios. La segunda razón es que quien firma esta nota no opina, como sí opina Erosa, que los medios hayan creado el escándalo. Muchos medios aprovecharon la ocasión para tirar todo tipo de información sin confirmación, para magnificar algunos detalles, para convertir lo ocurrido en un circo con reminiscencias nefastas de Cromañón, algo que por otra parte no debería sorprender porque es su modus operandi habitual, pero de ahí a decir que eso fue lo que “creó el escándalo y no los dos pobres muertos” hay una distancia importante. El escándalo son los dos muertos, son los doce internados –el parte médico del Hospital Municipal de Olavarría hablaba de “fractura de maxilar inferior y quemadura en cara”, “herida de arma blanca”, “traumatismo encéfalo craneano”, “heridas cortantes múltiples” entre otras–, son los documentos firmados por los productores y el intendente a sabiendas de la sobreventa, son las puertas abiertas sin pedir entrada ni revisar mochilas, son los camiones llevando a los varados del día siguiente como ganado de vuelta a la ciudad. No son las postales que cabría esperar de una fiesta, mucho menos de una misa. El escándalo fue todo eso, más allá de que los medios hayan construido su habitual montaña de chatarra alrededor.

Para Erosa los dos muertos “se podrían haber muerto en cualquier lado, se podría decir que les llegó la hora en el recital, pero nunca que fue por culpa del show que dejaron de respirar”. Sí, se podrían haber muerto en cualquier lado, así como los otros podrían haberse fracturado el maxilar jugando al dígalo con mímica, pero en un concierto de cientos de miles de personas carente de organización aumentaron notablemente sus probabilidades. Quizás si no hubiesen entrado 150 mil personas de más los afectados hubiesen podido ser atendidos en tiempo y forma, quizás si en la puerta hubiesen cortado los tiques de la entrada y revisado las mochilas nadie hubiese terminado con heridas de arma blanca. Quizás haya sido la probabilidad remota o una mera invención de los medios, como sugiere Erosa, lo que hace que hoy estemos hablando de dos muertes en un concierto de rock. Uno se inclina por lo contrario. Dos muertes y una docena de heridos en un concierto ya es de por sí algo grave independientemente de la cobertura posterior que hagan los medios, de si la causa clínica fue un paro cardíaco, la sobredosis, la aglomeración o la picadura de un mangangá. Fallaron todas las medidas de contención –asistencia médica, seguridad– con el consentimiento de la producción. Ese es el verdadero escándalo al que pretendía acercarse de algún modo la contratapa de quien escribe. Un pasaje decía algo así como que lo que mata no es el rock sino la corrupción combinada con la ineficacia y la degradación de una gran parte de nuestra sociedad. Erosa juzgó esto como un “lindo tema para una letra de canción” y contrapuso la idea de que “vivir sólo cuesta vida”, que los muertos y heridos no tuvieron nada que ver con el show, que la muerte los estaba acechando con anterioridad. Yo diría que esa es una muy buena idea para un cuento fantástico si no fuera porque Jean Cocteau ya la usó en El gesto de la muerte.

Cuando el concierto se salió de control Solari se lamentó: “a veces se junta demasiada gente”. No, a esa “demasiada gente” la dejaron entrar sus propios productores, no se juntó de la nada. Se desprende por lógica la idea civilizada de hacer tres conciertos en lugar de uno. Ya ni siquiera se pide control sino, al menos, una medida, una sola, para volver el descontrol un poco menos peligroso. Para Erosa, sin embargo, esta propuesta es la de un “imposible rock del higienista”. El autor de esta nota desconoce semejante término aplicado al rock, pero arriesga una interpretación: el higienista en oposición al que cree en eso de romperse y aguantar. Mick Jagger sería un higienista y Pity Álvarez un antihigienista. Dice Erosa: “Es verdad que los tiempos de la virtualidad están instalados y quizás se piensa que es posible participar de estos eventos sin ni siquiera mancharse. Pero pretender asistir al ‘pogo más grande del mundo’ y esperar no ser un poco apretujado es, como dice el propio Palermo citando a Solari, intentar llamar a un gato con silbidos”. Es otra cosa la que se pretende: la seguridad necesaria y el cumplimiento de los contratos, lo mínimo aceptable. Quien escribe chapoteó en el barro y vio media docena de desmayos durante el concierto que los Red Hot Chili Peppers ofrecieron en el Lollapalooza 2014 ante 70 mil personas en el Velódromo de San Isidro. Nadie terminó muerto, sin embargo, sólo un poco manchado y apretujado. El campo estaba debidamente seccionado y la seguridad garantizada. Es mentira que vivir sólo cuesta vida. Eso sí es una buena letra para una canción, pero una pésima receta para organizar conciertos. Vivir cuesta muchas cosas, entre otras esfuerzo, algo que en el show de Olavarría faltó, amparado en esa lógica tan rioplatense de hacer las cosas “así nomás” porque si nadie se entera, pasa. Ese es el verdadero escándalo.

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