Para excluirte mejor

Existe en el mundo una tendencia global a favor del diseño “desagradable” o “antidiseño” de espacios públicos, llamado también arquitectura de defensa urbana: bancos “antivagos”, “antisueño” o “anti sin techo” con materiales resbaladizos son algunos de los ejemplos.

Arquitectura y diseño en procura de la expulsión de los sin techo. Foto PUBLICO.

A nivel mundial cada vez son más las ciudades que, como Berlín, Madrid, Rotterdam o Viena, colocan bancos con apoyabrazos fijos o separaciones amplias entre los asientos para impedir que las personas se acuesten sobre ellos. Con el mismo fin Los Ángeles ha instalado bancos públicos diseñados en forma de semicilindro, sobre los que no se puede permanecer si no es sentado y con los pies en el piso. Toronto, Londres y Dublín cuentan con rampas en las paradas de ómnibus que deben servir de lugar de descanso a los que esperan, pero el alivio se limita a estar parado e inclinado hacia atrás.

Los materiales usados también son elegidos deliberadamente. Ha aumentado así el uso de sintéticos resbaladizos –que hacen caer a las personas dormidas– y el de acero inoxidable, elegido por su dureza y poca calidad aislante. No conformes con los materiales existentes, muchos gobiernos municipales experimentan con nuevas tecnologías para ahuyentar a los sin hogar.

Tokio y Osaka tienen bancos tubulares hechos de materiales sintéticos que magnifican la temperatura exterior; son más fríos que la calle en invierno y más calientes que ésta en verano. En Shanghái hay bancos con parquímetros, y hay que pagar para sentarse en ellos. Quien permanece sentado más allá del tiempo abonado es agredido por pinchos metálicos que emergen repentinamente del asiento. Pinchos similares están instalados en forma permanente en bancos de Londres, Nottingham y Tokio. Rotterdam usa pinchos en los rincones donde los hombres suelen orinar, en Lima los hay debajo de cruces y símbolos religiosos, y en Nueva York sobre extintores, hidrantes y otros dispositivos de seguridad. Los Ángeles ha permitido que los restaurantes recubran de pinchos sus contenedores de deshechos, aunque todavía no deja agregarle cianuro a la basura comestible, como se propuso en Phoenix en la década del 80.

Como no puede erradicarse a los sin techo de los espacios públicos sin políticas sociales y educativas adecuadas, costosas y largoplacistas, los bancos diseñados para no ser usados como cama son ubicados en lugares estratégicos. Suelen instalarse en parques como Yantai y Ueno, los barrios residenciales como Southwark y las zonas comerciales, como el centro de Rotterdam. Pero esconder y guetificar a los sin hogar no es más que un objetivo dentro de una estrategia más amplia que busca moldear el comportamiento humano mediante incentivos y desincentivos puestos no por las normas sino por las cosas, y discriminar a grupos específicos con soluciones arquitectónicas o tecnológicas desarrolladas exclusivamente para molestarlos.

Los desincentivos tienden en algunos casos a combatir conductas ilegales. Por ejemplo, Seúl y Linz han recubierto columnas y paredes con tejidos metálicos antiadherentes y refractarios para impedir pegatinas y grafitis. Pero el antidiseño excede largamente el fomento del cumplimiento de las normas jurídicas e intenta impedir toda conducta considerada socialmente indeseable por el gobierno de turno. Así, la ciudad de Vevey recubrió la baranda de un puente con un material que se siente como papel de lija al tacto, para que la gente no se demore allí. Es más, esta forma de diseño ambiental puede utilizarse para impedir conductas que la ley se niega a prohibir. Por ejemplo, los bancos antivagos florecieron en Estados Unidos inmediatamente después de que la Suprema Corte de Justicia declarase inconstitucional varias leyes locales contra la vagancia, a finales de los años sesenta y principios de los setenta.

FACILITAR EL CONSUMO. Y como casi todo lo que existe en el mercado, el diseño indeseable se usa también con fines comerciales. Como las mujeres que llevan tacos no suelen caminar durante horas, ciertas zonas de compras han optado por pisos de materiales muy blandos, adoquines o grandes cámaras con tapas rejilla, no aptos para tacones. Al publicitar la situación, como lo hace la ciudad de Lagos, las personas que van de compras se ponen calzado cómodo y permanecen así probablemente más tiempo en el área de consumo. Los grandes supermercados, centros comerciales cerrados y casinos tienen generalmente (también en Uruguay) una iluminación constante que dificulta notar el paso del tiempo al neutralizar los cambios de intensidad de la luz solar.

Como si fomentar o desestimular conductas no fuese suficiente, el antidiseño funciona en muchos casos como arma discriminatoria contra grupos de población considerados indeseables, más allá de su comportamiento.

Aldi, una cadena de supermercados que opera a nivel internacional, enciende cada tanto las llamadas “alarmas mosquito”, que emiten un sonido extremadamente molesto pero ubicado en una frecuencia (17,4 quiloherzios) que mucha gente mayor de 25 años no puede oír. De esa manera espantan a los jóvenes que no consumen. Sin llegar a tal extremo, la cadena internacional de comida al paso McDonald’s pone música clásica en muchos de sus locales, porque considera que así limita la presencia de los adolescentes al tiempo estrictamente necesario para comprar y consumir. Mansfield y Nottingham instalaron luces de neón rosa en algunos túneles, no sólo por su efecto calmante sino porque esta luz resalta los defectos de la piel con acné. Entre los jóvenes y adolescentes, los más comúnmente detestados son los que andan en patineta. Por eso en Lausana, Victoria y otras ciudades son muy comunes los pinchos y barras de metal en las rampas y otras superficies lisas.

El efecto buscado es el control social, la segregación y la exclusión, la fragmentación por franjas etarias y poder de consumo dirigida a repeler a los “indeseables”, como los sin hogar y los adolescentes que hacen mucho ruido y pocas compras, y retener a los “deseables”, como los jugadores, las mujeres mayores de 25 años que usan tacos en su tiempo libre, y sus acompañantes. Quienes no pertenecen a un grupo ni a otro suelen no darse cuenta de lo que está ocurriendo, fenómeno que puede fomentar el uso del antidiseño por parte de las autoridades. Es más, dado el rechazo que muchos de estos elementos producen, su destrucción ha justificado, en Estados Unidos por ejemplo, un aumento de la presencia policial y un endurecimiento de las normas contra el vandalismo. Las acciones del grupo londinense Black Revs, que cubrió de concreto los pinchos de metal puestos por el supermercado Tesco, pueden dar lugar a represiones similares en el Reino Unido.

En términos de eficiencia, debe decirse que hay adolescentes que no escuchan las alarmas mosquito, y que muchos indigentes cargan consigo colchonetas blandas y livianas que se adaptan a superficies desparejas, los aíslan parcialmente del frío y del calor y hasta absorben el impacto de los pinchos de metal. Por su parte, los skaters suelen ver los obstáculos en las rampas como un desafío, e intentan deslizarse entre ellos con más empeño que antes. Pero el efecto psicológico es fuerte. Los perjudicados notan no sólo los elementos arquitectónicos sino también la intención de marginalizarlos que se esconde detrás de éstos. Entienden que no forman parte del “público en general” o, más concretamente, de la población objetivo a la que el gobierno quiere favorecer o al menos no desfavorecer con sus políticas.

El beneficio lo reciben los propietarios de inmuebles ubicados en barrios “defendidos”, cuyo capital se valoriza y cuya renta aumenta, y también los grupos que quieren poner distancia entre ellos y los “indeseables”. Pero incluso este beneficio es dudoso, ya que la discriminación tecnológica y arquitectónica puede, una vez aceptada, perjudicar a cualquiera. De hecho lo hace. El problema es que el diseño discrimina menos que los diseñadores. Las alarmas mosquito pueden ser escuchadas por adultos que conservan su plena capacidad auditiva. Los bancos cilíndricos, duros, con pinchos, resbaladizos, no aislantes o incluso magnificadores de temperaturas son usados no sólo por personas sin techo sino también por pasantes, trabajadores que tienen vivienda y esperan el ómnibus, o turistas.

Sin embargo en caso de accidente, los pinchos de metal instalados en el piso o en bancos, rampas y dispositivos de seguridad pueden lastimar a quien caiga sobre ellos, independientemente de su edad y poder adquisitivo.

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