Personajes en ronda

Dos estrenos de la presente temporada disponen de media docena de siluetas encargadas de reflejar distintos comportamientos del ser humano en circunstancias tan dispares como un banquete en el que se cuelan fragmentos del clásico autor inglés, y la terapia de un grupo de pacientes con problemas de relación.

Las mujeres de Shakespeare

Las mujeres de Shakespeare (Zavala Muniz), de Carlos Schulkin, Susana Anselmi y Laura Echenique, dirigida por María Dodera, despliega la suntuosa escenografía de un banquete en el que, frente a la presentadora de marras –que interpreta una espléndida Anselmi–, hablando y cantando en inglés y español, irrumpen los actores prontos para representar el puñado de personajes femeninos que se les ha encomendado. Aunque ya vestidos con fantasiosos ropajes, a los recién llegados –una mujer y tres hombres– parece llevarles su tiempo cumplir con lo pedido, una demora que la puesta aprovecha para dejarlos juguetear, opinar y contraponer argumentos, en medio de los cuales las referencias a Shakespeare no son muchas y se pierde la oportunidad de observar realmente qué puede suceder cuando un comediante despistado encarna un gran personaje con inesperada seriedad. Las idas y venidas del sexteto se prolongan así apuntando a un objetivo que resulta difícil discernir a lo largo de un espectáculo que tampoco justifica las razones por las que se llamara a tres actores para encarnar figuras femeninas. Los esmeros formales del espectáculo y la disponibilidad del elenco hacían esperar una concreción que en esta oportunidad la inquieta Dodera no consigue delinear.

Gente normal (sala H Bosch), escrita y dirigida por Micaela Larriera, a partir del trabajo con sus actores, hace tomar asiento a una terapeuta y cuatro de sus pacientes entre los mismos espectadores. La idea es que cada uno de los analizados cuente qué le sucede e intercambie comentarios con sus compañeros a lo largo de varias sesiones, entre las cuales asoma la recreación de los difíciles vínculos que uno de los pacientes mantiene con su hija, que encarna una disfrutable Natalia Lambach. Algo excedido de duración –la puesta parece terminar más de una vez– y quizás demasiado complaciente con la utilización de vulgaridades de lenguaje, el espectáculo se beneficia con el muy buen rendimiento de los pacientes que dibujan con variedad de matices Diego González, Cristina Cabrera, Alejandra Menéndez y Rodrigo Durañona, el ingenioso aprovechamiento del nuevo espacio de la calle Gonzalo Ramírez casi Yaro y la a menudo inspirada dirección de Larriera, a quien también se la ve como actriz en Tres hermanos, que se ofrece en La Candela.

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