El pícaro y la luchadora

Reseñas de obras de teatro “Johan Padan, descubriendo América” y “Pasionarias”.

Johan Padan

Un personaje ficticio que juega con trasfondos históricos reales y una mujer real cuya vida ha dejado huellas que llegan hasta hoy animan dos obras teatrales de reciente estreno.

Johan Padan, descubriendo América (El Galpón, sala Cero), del irreverente itálico Dario Fo (Muerte accidental de un anarquista), con dirección de Marcelino Duffau, plantea un insólito paralelismo entre un pícaro de ficción que huye de Venecia en tiempos en que la Inquisición hacía de las suyas, y el mismísimo Cristóbal Colón, por más que el navegante que menciona el título se las arregle solamente para instar a los indígenas de la Florida.a luchar contra sus hispánicos opresores. El protagonista que presenta Fo, y que Massimo Tenuta encarna con la desenvoltura y el desenfado de rigor, tiene, por cierto, gracia, y se las arregla para aludir, aguijonear y desenmascarar a personajes y entidades de los cuatro hemisferios a lo largo de un texto –chispeante traducción de Susana Anselmi mediante– que Duffau y Tenuta hacen correr sin trabas en el bien aprovechado espacio donde se gana un buen lugar el músico acompañante Gabriel Chiesa, a cargo no sólo de la batería sino también de un buen número de muecas y réplicas que acierta a suministrar con envidiable manejo de los tiempos.

Pasionarias (La Candela), de Dino Armas, dirigida por Myriam Campos, muestra un reportaje a la uruguaya Julia Arévalo, la primera mujer que ocupó un cargo de senadora en Latinoamérica. El acercamiento a ese extraordinario personaje que supo combinar el inquieto llamado de la política con una ejemplar vida familiar se da a conocer con la modestia, la discreción y la humanidad que tan singular silueta femenina parecía demandar. Sin estridencias, proclamas o subrayados, el autor, a través de la nota que le hace a Julia otra mujer, va entonces detectando las facetas que convierten a esta protagonista en una figura para recordar, al tiempo que en el mismo transcurso salen a relucir momentos cruciales de pasadas décadas nacionales y universales y asoman asimismo nombres como los de Picasso y la legendaria “Pasionaria”, con quien nuestra compatriota se reuniera en memorable encuentro. Campos acata con beneplácito la cotidianidad que Armas sugiere para definir la existencia de Arévalo, logrando así un retrato creíble y muy cercano a los espectadores que se acercan a contemplar a una figura del pasado que supo abrir caminos en tantas direcciones. La hábil utilización del espacio que efectúa la escenógrafa Tesa Cruzado facilita la aparición de la Julia joven que se entromete en la acción con justificados bríos, al tiempo que las idas y venidas de la hija de la senadora en torno a su madre colorean la entrevista con los tonos hogareños que el caso reclama. La información que se trasmite paso a paso aviva el interés de una platea que, a la vez, se emociona con el descubrimiento de un ser humano genuino, el cual, sin olvidar el camino que ella y otras dos o tres mujeres supieron emprender cuando muy escasas puertas se le abrían al sexo femenino, no deja de mencionar la influencia de su padre, el perfil de su marido y el cariño por sus hijos. El estupendo trabajo de Susana Castro en el papel central resulta esencial para recrear a una mujer real que parece respirar junto a cada uno, una tarea en la cual la calidez que Cecilia Patrón aporta a la figura de su hija Alma, la solidez de Alejandra Menéndez como la entrevistadora capaz de provocar una identificación con los asistentes y la creciente participación de Valeria Odini respirando los ímpetus que la Julia joven debía reunir redondean la verosimilitud del retrato de una Arévalo que, más allá de los rótulos de cualquier partido, que ya no vienen al caso, vuelve a palpitar.

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